Allá por el año de 1968 llegué
al mundo, sin duda tuve una suerte loca, fue en Calamocha, lugar donde viví hasta
que un día “irremediablemente” me jopé. Luego tal vez veamos el cómo y el por qué,
si voluntariamente como siempre creí o no.
Buscar un culpable de mi
marcha, sería la mayor de las tonterías, si es que lo hay o se puede llamar así:
Culpable, que no fuera uno mismo, mi propio entorno y hasta mi destino. Por de
pronto había que salir a estudiar.
Hoy la culpa de cuanto
nos ocurre, e incluso el responsable último de nuestra propia felicidad,
tienden a decirnos es el Estado, quien a “mi ver”, debe velar por uno quiera
o no y darle todo sin moverse de su casa. En suma, yo por aquel entonces no lo
sabía, pero mi felicidad estaba en el rabal de Calamocha y no en Castellón. Y
sin embargo me jope.
Echo la vista atrás y los
recuerdos en blanco y negro van tomando color conforme me veo crecer en viejas
fotografías junto a los mayores, quienes tan sabia, como tristemente nos
advertían que un día la mayoría de nosotros nos veríamos obligados a emigrar
como ellos mismos habían hecho hasta llegar allí: a la calle Escuelas de
Calamocha.
Por ejemplo, Gargallo lo hizo
escapando del hambre de la cercana Fuentes Claras, mis abuelos maternos desde un
poco más allá Torrijo, en su caso huyendo tanto de la justicia como de la
injusticia que les venía encima. Ya como sucede hoy, les fue muy difícil
alquilar una casa. El Tio Perico desde la lejana parte de Molina llego a labrar
el Rincon precedido de su buen hacer llamado por los Ruizes. Todos eran nuevos
calamochinos. Ley de vida aseguraban y no se equivocaban. En ningún lugar hay
para todos ni muy probablemente aquello que busques este. A la mayoría os
tocara joparos, como a nosotros nos tocó.
Escuchábamos constantemente
las bondades de vivir en la ciudad por parte no solo de los que allí vivían sino
también de nuestros mayores. Unos y otros aseguraban que en las capitales todo
estaba más a mano, todo era más barato y hasta había colegios donde elegir y
los maestros sabían de verdad, por no hablar de los médicos que con solo verte atinaban
cualquier diagnóstico.
Por el contrario, en el
pueblo teníamos miseria, manos emporcadas, roña y costras en las rodillas. Frio
y moscas. Gallinas y conejos en el corral. Aviar y sacar la corte los tocinos. Mientras
que la conserva, el jamón en el granero, el hortal, el aire sano y el salir a
la fresca entre otras muchas cosas no parecían contar.
Años pasaron sin sentir
nada en torno al viejo debate pueblo-ciudad, que uno creía superado a favor del
campo. Dado que la ciudad con caballerosidad siempre lleva las de perder, al
fin y al cabo, casi todos los que vivimos en ella venimos de uno u otro pueblo,
y solo podemos hablar bien de uno y otro lugar.
Sin embargo, con la
pandemia apareció de nuevo el debate que cantaba esta vez las bondades del
campo frente a la ciudad, llena por ejemplo de desconocidos, polución, ondas
electromagnéticas, prisas y ruido. Y de nuevo, medio siglo después parece
estoy en el lado equivocado y hasta preguntándome si debería joparme y regresar.
Pero el pueblo en el que
nací y al que vuelvo en cuanto puedo no es en el que viví y a veces me cuesta
reconocerme en él, en su nuevo paisaje y en sus nuevos calamochinos. Calamocha,
ha cambiado, y, en este caso, lo ha hecho para bien, y en el viven la suma de otras
personas; las que quedaron y las que llegaron.
En mi pueblo, como en la
ciudad hoy lo malo son los días de hacienda, nosotros por decir algo tenemos
polución y alta velocidad y ellos aire puro y un tren que no para. Las personas
mayores no siempre tenían razón, también se equivocaban, aunque no pueda dar fe
de ello.
(1)
Romance de la llanura,
Obra de Juan Antonio Usero 1957
El Comarcal del Jiloca, enero 2026

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