Del mismo modo que todos los caminos
conducen a Roma, todos los eclipses a lo largo de los siglos pasaron por
Calamocha. Fue allá por 1976 mientras cursaba tercero de EGB cuando recuerdo viví
el primero con Doña Ascencion como maestra.
La tele hablaba del eclipse y en clase habíamos
hecho murales advirtiendo que no se podría ver y en caso de verse nunca había
que mirar al sol a no ser a través de un cristal ahumado. Para nosotros, era
obvio: se iba a ver y nos estaban engañando, protegiendo. Por casa había
espejos y trozos para jugar a la rata por doquier, pero tal cual se necesitaba,
ahumado, ninguno.
A la altura de las cuatro esquinas se
obró el milagro. Emilio Serrano en la puerta de la ferretería junto con
Santiago el barbero de en frente, alzaban la vista al cielo tras trozos de
cristal ahumado. A ellos, como a nosotros nadie los iba a engañar, si el sol es
el mismo para todos, ¿cómo no íbamos a poder ver el eclipse desde Calamocha?
A escape nos hicieron participes de semejante
visión. Nos dejaron los cristales y dirigimos la mirada al cielo bajo su tutela
y sabiduría. Lo vi perfectamente, a pesar de que aquel año, como bien nos
habían dicho, no era visible desde España. El cristal ahumado funcionaba,
dejaba ver el sol y con él la sombra que lo ocultaba.
Días atrás hubo otro eclipse, esta vez
sí, visible desde la villa. Al cual, como aquel, por nuestro bien, le quitaron
parte del romanticismo ¡Te regalaban las gafas y te señalaban el lugar para
verlo! y como duraba un par de minutos, un suspiro, del mismo modo te
obsequiaban con una fiesta por todo lo alto. A la definitiva el eclipse parecía
lo de menos. Este cronista tras aquel de 1976 no necesitaba ver más, pero se equivocó.
Mi querido lector del futuro si un buen
día llega hasta aquí preguntándose como nos fue por Calamocha a propósito del
eclipse total del año del señor de 2026 y si merece la pena o no joparse ande
sea para verlo. Hágame caso, déjelo todo y jópese, aunque sea al fin del mundo,
como hicieron un montón de franceses y también ingleses llegando al campo de
aviación de Calamocha, habilitado como lugar de acampada y mirador.
Ver el eclipse fue maravilloso. Yo que
apenas he viajado puedo decir que por más que lo haga jamás volveré a ver nada igual.
Doy fe, los pájaros se fueron a dormir y efectivamente se hizo de noche. En ese
instante la visión del sol fue lo más bonito que jamás alcanzare a ver. Lo
efímero del momento recuerda lo evidente, estamos de paso. Apenas la luna dejo
un resquicio libre, el sol siguiendo su camino hizo que la luz volviese. Me
sentí afortunado y di en pensar en quienes no alcanzaron a verlo por un motivo
u otro.
Meses atrás, la noche del 2 al 3 de
marzo, la luna llena entro por completo en la sombra de la tierra dando lugar,
a decir de los entendidos, a uno de los fenómenos astronómicos más impactantes:
un eclipse lunar total. Para verlo ni siquiera se necesitaban gafas. Pero nadie
avisó, ni hubo fiesta, ni aun invitación a mirar la luna de sangre.
Una luna que se volvió roja completamente en las primeras horas de la noche del 3 de marzo. Doy fe de ello también, igualmente la vi desde la puerta de casa, tras dejar la de mi madre, inmenso en la mayor de las tristezas después de recibir un wasap de Maria José y una llamada de Reme.
A Francisco
Publicado en El Comarcal del Jiloca, octubre 2026











