Por aquellos días de abril del
presente lo único que le quedaba a mi madre de plena libertad era el ir unos
cientos de metros más allá de su casa a la Peluquería de Loli. Desde que puedo
recordar siempre fue cada dos semanas. Aquel sábado 18 acudí sobre las diez a
su casa a escasos metros de la mía con una hora de antelación. Era feliz, le
gustaba ser independiente, “no dar faena”. Cuando sus amigas Pilar La del
Salto o Carmen la de “Manuel El Ronquilla” le preguntaban si se aburria, respondía
no. Hablaban a diario varias veces, mi madre les llama una y otra vez y ellas
contestaban con una sonrisa. Aquel día por primera vez le ayude a vestirse. Tardamos
un montón en decidir eso que llaman outfit. Había que ponerse guapa por
el qué dirán y lo que pueda pasar y dejar la cama hecha, aunque yo fuese a
volver para lavar.
Se levanto dolorida, sin recordar que
tenía que hacerse el moño. Cuando llegue estaba viendo en La 1: Viaje al
Centro de la Tele, la voz de Santiago Segura le encantaba, “chico, no
tengo cabeza para nada” el resto de la semana veía Telecinco, “la tele
no es como antes, no vale nada, no la entiendo”. Cansada, empezaba a dejar
de salir a andar, daba la vuelta a la manzana, solía encontrarse con conocidos,
pero desde hacía tiempo no sabía decirnos quien. “Vi a tu madre, me decían
después, está muy bien”
Caminaba despacio, no hace tanto me
dejaba atrás, miraba pendiente de mí. Ahora soy yo quien mira. Cada vez echa
menos bulto, se encoje y se encorva un poco más. Si viene una voleada cierzo se
la lleva de vuelta a Calamocha. Hace la del burro aquel que decía mi padre, el
cual a lo que aprendió a vivir sin comer, se murió. Ha comenzado a quejarse “¿que
será esto, que me está pasando?” Ir a la peluquería, sus revistas, la charreta
con Loli y amigas, su hoy ya sobrehumano esfuerzo merece la pena. A la vuelta iré
a buscarla a caballo.
Le tengo preparada una sorpresa para
que se anime y en la esquina de Palancia con Rio Adra aguardan Elvira y Jesús,
de Báguena. Mi madre afortunadamente los reconoce y sonríe, se hicieron amigos
años atrás paseando, igual que conoció a tantos otros que ya olvido, (como Fina
con su carrito de la compra a modo de andador de quien fue sus ojos) o ya no
están. Se cogen del brazo, en una foto maravillosa, como si fueran al baile y
caminan hasta la peluquería. Allí la deja su amiga Elvira, sin saber que será
la última vez.
Nosotros nos sentamos a charrar, bajo
la olivera, y le regalo el manuscrito que dio lugar a No lo esperes, en
busca de la Utopía. Y me repite párrafos con acento maño y nos reímos. “Hay
que tirar para adelante” para terminar hablando de lo que trae el tiempo:
de cuanto ha perdido mi madre en estos meses que han estado sin verse. Y me da
un consejo, a pesar de tener médico y enfermera en casa, me dice que, si mi
madre no quiere comer, le haga caldo recio.
Y corro al Mercadona y compro
preparado para caldo recio. Se acabó el triste caldo de pollo de corral y jamón
de Calamocha que hasta hoy nos ha mantenido con vida y pienso que mi madre va a
reviscolar. Hago una olla para toda la semana y un terrrizo croquetas, hace ya
años mi madre olvido cocinar. La casa huele a gloria, Elvira tenía razón, tendré
que adoptarla como madre. Para todos los santos tal vez le acerque a mi padre
una sopera, aun llevando seis años muerto, con un caldo así nunca se sabe.
Finalmente, mi madre falto a causa de
la edad el pasado 20 de agosto, y vino a morir como mueren los Meléndez de
Torrijo, sufriendo un dolor atroz los últimos meses y a los 86 años, tal como
me advirtió su prima Maribel al darle la noticia.
Un diez de mayo me llamo por teléfono
por última vez, seguido olvido que tenía un hijo llamado Jesús, detrás fue mi
hermano y el resto de la familia, comenzando el terrible camino del fin de sus días
que pasaría bajo el cuidado y cariño de la familia de la Residencia Azahar del
Mediterráneo, con Teresa, su ángel de la guarda como compañera de habitación. Dejo
de andar, cerro los ojos, olvido hablar, el comer y el beber. Su rostro,
inexpresivo, visita a visita irreconocible de puro dolor solo volvió a ser el
mismo una vez muerta en la habitación del hospital de Castellón rodeada de
nosotros. Fue entonces cuando tras vencer a la vida pudo por fin sonreír.
Publicado en El Comarcal del Jiloca Septiembre de 2026








