Los pocos domingos que estamos en Zaragoza acudimos al rastro de
antigüedades en la Plaza San Bruno junto a La Seo. Últimamente se imponen los
cuadros, son modas, apenas hay libros y son vulgares, con perdón, hay muchos
libros sobre todo antiguos, religiosos, pero no el Epitome de San Roque. Libros
que deberían estar en un museo, ediciones baratas de Bestsellers a un
euro y muchas bolsas de congelar.
Me detengo frente a un montón de cuadros desparramados por el suelo. Un
señor impecablemente elegante, pregunta el precio de uno: “Hombre ha ido
usted a elegir el mejor, el más caro del artista”. “¡Qué casualidad!, siempre
me pasa lo mismo, elijo lo más caro”. Y el vendedor sigue y sigue alabando
la pintura tirada en el suelo sin dar cifra alguna, buscando entablar una conversación
imposible con el interesado quien deseándole un buen día se marcha.
Con los libros sucede igual. Todos son “ediciones originales”, los protegen
dentro de una bolsa de congelar y en lugar de pedirte un euro, te piden cinco.
Da igual que en su día lo regalasen con el periódico o en la caja de ahorros.
No compro nada.
Y nos marchamos a la exposición de la Lonja en torno a la fotógrafa
catalana Pilar Aymerich y repasamos toda la Barcelona gris de lo que se llama
el tardo franquismo y transición tan distinta a la de ahora cosmopolita y
colorista. Vermú en el Balcón del Tubo, unas bravas y un bacalao con tomate
serán lo mejor de la mañana y de camino al bus compramos empanadas argentinas en
la calle Alfonso.
Por la tarde café en el Laurel en la calle Cádiz, con Oscar Garces
Olozagarre y su hija quien pasa las horas dibujando. Es el reencuentro después
de muchos años, un marcapasos, media docena de bypass y una muerte de por medio.
Al final nos hicimos al ánimo y nos encontramos de nuevo. Nos abrazamos, nos
reímos y recordamos sin dolor aquellos años de estudiantes en la calle Latassa
donde él iba y venía al piso como uno más. José Manuel, que ya nos dejó. Javier
el Riojano a quien vi un par de veranos atrás, hablamos por navidad y el amigo
Raúl, con quien hablo a cualquier hora y que aquel día andaba con su chico por
el Pirineo. Cada año al comienzo de curso Raúl me dice si tiene o no algún
alumno calamochino, y si lo tiene ya sabe que nota debe ponerle.
Los meses de verano Oscar los pasa trabajando en el hospital como celador, y
dice haber encontrado su vocación: ayudar a los demás. Aunque eso todos lo
sabíamos. Hace algún año, cayo y se levantó después de seis bypass. Al salir
del hospital un amigo fotógrafo le hizo un retrato icónico con una copa de vino
mostrando las cicatrices: “El renacer”, se llamó y estuvo expuesta. Sigue
con los encargos como publicista, diseña etiquetas de vinos, logos y muchas
otras cosas. Nos ha traído tres cuadros que le compramos gracias a que ya no le
quedaban amigos a los que sablear. Como todo artista que se precie, no es muy
prolífico. “Nos vendría bien a tus amigos que te atropellara un tranvía en
la Plaza España, o mejor un patinete y tu obra se revalorizase” Ha sido inevitable recordar a José
Manuel y pensamos en acercarnos un día al cementerio de Ariño a charrar de aquellos
años en los que Oscar quería haber estudiado Bellas Artes en Salamanca y no
pudo, lo cual para nosotros fue una suerte, al estudiar Geografía e Historia
pudimos conocernos. A dios gracias a mí tampoco me admitieron en Empresariales.
Solo Jose Manuel parecía tener claro lo que quería ser en esta vida que tan
ingratamente se portó con él. Cuando cayó en el Pirineo, no se pudo levantar,
faltándole la suerte que nosotros tuvimos.
Oscar dice que ahora estudiaría enfermería. Pero el de Jaca es pintor y
algún día sus cuadros alcanzaran la cima del mundo y sus amigos los veremos
tirados en el suelo de La Seo, y trataremos de comprarlos y no podremos porque
no tendremos dinero suficiente para pagar al vendedor “conocido y conocedor
del artista, doctor en arte y economía” entre otras cosas.
Publicado en El Comarcal del Jiloca 28 marzo de 2025