martes, 28 de julio de 2026

En el centenario del escultor calamochino Vicente Cutando (1926-1994)

 

Vicente Cutando Pamplona nació el día 20 de enero de 1926 en Calamocha y sus primeros años transcurrieron entre juegos, asistencia a la flamante escuela inaugurada en tiempo republicano y algunos ratos pasaron también en el café que su padre tenía abierto al público en la calle Justino Bernard. Comenzó a desarrollar su vocación de escultor en los años escolares gracias al estímulo de su maestro de primeras letras Ricardo Mallén. En la inmediata posguerra aprendió dibujo académico con Ángel Novella en Teruel; enseñanzas artísticas en la Academia de San Carlos de Valencia con José Arnal, que hizo ver al chico el valor de la humildad y del estilo clásico. Los aprendizajes posteriores en la Escuela de San Fernando de Madrid, con los maestros Moisés de Huerta y Enrique Pérez Comendador, ayudaron a dar mayor intención y profundidad a los trabajos escultóricos del escolar. No le tocó vivir un tiempo fácil y, sin embargo, perseveró hasta terminar sus estudios gracias a su excelente disposición y a la obtención ininterrumpida de becas.

 En el tiempo de estudiante en Madrid confirmó ya la calidad artística de sus trabajos. Así, en el curso 1944-1945 ganó el primer premio de Estado en escultura con un desnudo de atleta; en el 1945-1946, el premio Carmen del Río con el modelado de otro desnudo masculino (Adolescente); ya egresado, en 1953, se alzaría con otro primer premio de escultura en la Exposición de Educación y Descanso. Una vez casado y con familia, lanzó su vida profesional en Teruel donde dio continuidad a una carrera que necesariamente tenía que ir en paralelo con otro tipo de empleos de pane lucrando. En 1962 trasladó su residencia a la ciudad francesa de Lille como emigrante y en las décadas setenta y ochenta pasó a vivir a la ciudad de Ávila para ocupar un puesto de profesor de Dibujo en un colegio. En las distintas ciudades de residencia alternó distintos empleos con el trabajo escultórico, que lo llevó a presentar obra y merecer reconocimientos y premios en lugares como Lille, París, Ávila o Valladolid.



Llegó a ser un escultor versátil que manejó distintos materiales: barro, madera, alabastro, escayola, bronce, piedra o porcelana. Las técnicas de la pintura tampoco le resultaron ajenas, y supo infundir a su obra anhelo de elevación. Él mismo se definió en un momento determinado como “tímido, apasionado e independiente”. El perfil de filósofo bohemio, según los que lo conocieron, no fue incompatible con su laboriosidad y sentido humano, que dejó ver en cada una de sus creaciones. Dijo en otra ocasión que “el verdadero artista debe odiar toda bajeza, toda humillación, y que digan de él lo que quieran”.

Cuando se observan algunas piezas de su producción y se leen los comentarios de la prensa de la época, se extrae como primera idea su alineamiento en el estilo clásico, sin concesiones al modernismo. María Isabel Sepúlveda, en su libro sobre el arte en la década de los años cincuenta, incluye a Cutando en el grupo de escultores aragoneses situados “en la retaguardia de la tradición académica”, que tiene como normas de referencia la tradición clásica y académica. Constata la estudiosa la admiración sentida por Cutando hacia Fidias, Miguel Ángel y Rodin. Sin embargo, a partir de la adquisición de esos fundamentos clásicos, en el tiempo de residencia en Lille, pudo elaborar una obra decantada hacia la vanguardia.

El resultado es el sello original reflejado a lo largo de su evolución artística. Destacó como retratista en bustos de arcilla y madera deudores de un clasicismo renacentista que dejaban traslucir sentimientos (empezó esculpiendo el rostro de su propio padre). En segundo lugar, y debido al magisterio de alguno de sus profesores, se convirtió en un imaginero que dio vida en piedra y en otros materiales a figuras vinculadas a la religión católica (el San Bernardo de la fuente de Gea de Albarracín, los Sagrados Corazones de Jesús de Pozondón y Molina de Aragón, el Niño Jesús para la catedral de Teruel o, en Ávila, Santa Teresa y su hermano jugando a ser ermitaños). La tercera vertiente es la de decorador de tipo moderno, manifestada en dioramas y porcelanas expuestos en la III Feria Internacional del Campo de Madrid de 1956 que homenajean a mitos del imaginario aragonés como los Amantes de Teruel o Agustina de Aragón. En las décadas siguientes, correspondientes al tiempo de Lille y Ávila, observamos trabajos en los que el artista experimenta con técnicas cercanas al expresionismo (escultura del rostro del general De Gaulle) o, incluso, al surrealismo y a la abstracción, por lo que, aun tratándose de un artista de perfil clásico, se abre a la vanguardia, como se ve, por ejemplo, en las piezas Delirium y Fecundación.

A diferencia de lo que ocurre con su tío Clemente Pamplona Blasco, periodista, guionista y director de cine, el nombre de Vicente Cutando Pamplona no suele aparecer en los catálogos y repertorios sobre las artes, cuando el trabajo por él realizado supera la calidad exigible para figurar en los estudios de la crítica. Sus hijas Pilar y María Jesús, en el homenaje-exposición que Calamocha le dedicó el 7 de diciembre de 2013, dejaron constancia del gran amor que su padre sintió por la villa del Jiloca. Tal como se lee en la esquela publicada en Diario de Teruel (20-9-1994, p. 8), sus restos volverían al cementerio del lugar de nacimiento tras encontrar la muerte en Alcalá de Henares (donde pasó los dos últimos años de vida) el día 18 de septiembre de 1994. Sirvan las líneas que anteceden como homenaje al artista en su centenario.

 

Fermín Ezpeleta Aguilar

Doctor en Filología Hispánica

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