Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

sábado, 9 de febrero de 2019

Rita Marindo. Entre el Jiloca y el rio Grande.


Amanecía
Por las calles desiertas de San Miguel del Milagro una que otra mujer enrebozada caminaba rumbo a la iglesia, a los llamados de la primera misa. Algunas más, barrían las polvorientas calles.
Lejano, tan lejos que no se percibían sus palabras, se oía el clamor de un pregonero.

JUAN RULFO, El gallo de oro
Anda ahora Rita Marindo (Creaciones Nómadas) por la tierra que vivió Frida Khalo, cantó Chavela Vargas y escribió Juan Rulfo, por el México de los olvidados Buñuel y Silvia Pinal, a caballo en el rio Jiloca y el rio Grande, ahora su tierra.

México debe ser un lugar mágnifico para vivir, una Calamocha infinita y sin fin entre el sol naciente de la Dehesa y la caida de la noche por Santa Barbara. Tierra de paso, de luz y de reflejos, de colores pálidos y sencillos, como bien se pueden observar en sus cuadros, colores a veces también rojizos, fuertes,vivos, mas cuando reflejan el corazón entre dos tierras. Cuadro que ahora preside y cuelga en casa un improvisado altar al que dar gracias cada mañana por volver a ver la luz.

Ojos, peces, trazos de cuerpos y formas por descubrir, miradas cómplices, inevitable sentirte reflejados en ellos, su pintura de frente te absorbe sin esfuerzo, debes dedicarle tan solo un instante. “Aquí hay otro corazón” dicen mis hijas al mirar uno de los cuadros, cierto digo al descubrirlo por primera vez. La mujer como centro, los peces, los pájaros, las flores, los animales, insectos, lo real y lo soñado. Plasmarlo no debe ser fácil, contar historias a través de la pintura no siempre se consigue, pero ella lo logra de un modo magnífico.

No todos vemos lo mismo al ver un cuadro, una obra por primera vez cara a cara, mas allá de lo visto a través de su Facebook, tenerlo entre tus manos, poder verlo a la luz natural es diferente, no todos veremos lo mismo, pero si todos sabemos casi a primera vista apreciar cuando algo es bonito y merece la pena, y la pintura de Rita Marindo, ciertamente lo es. Tal vez sea tan solo un pequeño lujo para México pero para Calamocha sin duda se convierte en un lujo inmenso.

Rita ahora esta en México, trabajando y aprendiendo de los mejores orfebres, jugando hoy con la plata, mañana con los ópalos, con todo aquello susceptible de ser plasmado en arte. A mi mujer y mis hijas les encanta lo que hace, yo, tal vez celoso de no tener nada, no iba a ser menos, así que el pasado noviembre en la feria de Calamocha con los cuadros que ahora ya enmarcados cuelgan en casa.

Ayer cuando fui a recogerlos a la tienda de marcos, aquí en Vall de Uxó, las mujeres que llevan el establecimiento, me dijeron: “Los hemos tenido colgados, expuestos, por que son realmente preciosos” y ellas si que saben de lo que hablan.

Rita ahora esta en México y nosotros nos quedamos como huérfanos esperando su vuelta, sin embargo, sabemos que necesita estar allí y que su obra sin duda se engrandece en aquel inmenso país.

Recuerdos y suerte















sábado, 2 de febrero de 2019

Desolación (Despoblación)

Érase una vez, hace muchísimos años, concretamente en mayo de 1976, en apariencia escaso tiempo para una vida, pero en realidad una eternidad para ese pequeño mundo al que me asomaba. Cuando a través de la puerta de casa miraba a la calle y el Barrio de las Escuelas aparecía ante mí en toda su magnitud tan gigantesco como eterno.

Pero ¡cuán equivocado estaba! me doy cuenta hoy. Que pequeño y frágil era, no yo, que seguí creciendo gracias a dios y a la suerte a partes iguales que de mí no se olvidaron, como si parece que lo hicieron con mi calle, mi Barrio, mi pueblo, se olvidaron tanto dios como la suerte. Otros ya lo vieron antes que nosotros, pero no les creímos, vieron a sus barrios nacer, vivir y desaparecer, morir en ellos la esencia de la vida que fue.

Cuando comulgues llegaras a tocar el timbre”, era algo que mi padre me había dicho tiempo atrás al verme asomado en la puerta de casa como miraba la vida pasar, cuando esta lo hacía a raudales, y trataba en vano de alcanzarlo y hacerlo sonar, vida en todas las direcciones allá donde mirase, una vida tranquila pero incesante, de gente andando de aquí para allá, a comprar, a lavar al rio, a por agua a la fuente del bosque, a dar vuelta de uno o de otro que se asomaba ya a la Cañadilla a causa de la edad, de otro que por el contrario llegaba, de civiles en pareja y solos, de sus mujeres, tímidas y sonrientes, asomándose a saludar por primera vez a un Barrio que les daba la bienvenida al Rabal y a Calamocha entera, de unos pocos coches, de muchos tractores, de tardanas caballerías y alguna oveja, muchas, tras el pastor, gayata, manta, morral y perro, y hasta vacas que apenas sabían andar camino del toro, y tocinas que salían de la corte y enjauladas las llevaban al barraco, y los camiones que subían y bajaban a la tierra heladora de la llanura de Gallocanta, vida de los zagales a las nueve, a la una, a las tres y a las cinco, ir y venir puntuales a unas escuelas rebosantes de esperanza en forma de pequeñas vidas que se abrían paso entre risas, deberes y letras, al autobús de Tornos y Bello puntual cada día en su paso a eso de las seis menos cuarto. Me aúpe sobre mis pies y de puntillas fui feliz cuando por fin pude tocar un timbre que cuando alguien lo hacía sonar conocido era, había un extraño a la puerta pues nadie lo usaba.

Pero qué sentido tenía querer alcanzarlo, querer tocar el timbre si esa y todas las puertas mirases donde mirases estaban siempre abiertas de par en par a todo el mundo de vida desbordas.

Hoy no son los recuerdos y su manifiesta subjetividad de aquel tiempo pasado indudablemente mejor para todos nosotros, la calle, el Barrio, el pueblo. Hoy día lo que ronda por mi cabeza son los objetivos y fríos números, en el momento en el que hace unos días, concretamente, el verano pasado me asome a esa misma puerta más de cuarenta años después y eche cuentas.

Cuentas de cuantos vivíamos allí aquel día de 1976 y cuantos lo hacen hoy, cuantas casas abiertas, cuantas cerradas. Despoblación lo llaman y no mienten, una palabra hoy tan de moda que realmente no queremos darnos cuentas que en nuestra vida ha estado  eternamente de moda, no nos engañemos, muchos de nuestros abuelos ya venían de otros pueblos más pequeños a otro más grande en busca de un jornal mejor, y a su vez nuestros padres ya nos contaron lo que vieron: unas quintas, las suyas, inmensas en comparación con las nuestras es lo que vivieron, quintas de las que apenas quedaba ya nadie en el pueblo cuando se hicieron mayores, ellos vieron a la gente joparse cansada de muchas cosas como de mirar al cielo, del frio en primavera y del granizo los días de siega, muerte segura de la cosecha, sin alcanzar a explicarse por qué ellos no lo hicieron, porque no se fueron. Joparse camino de la ciudad donde nadie mira al cielo donde el tiempo no cuenta.



No contare recuerdos, contare números, personas, puertas, casas, fuegos apagados, y lo haré en un día frio de invierno como hoy con el cielo cubierto, nevusquea me ha dicho hace un rato Blasco camino de la hoguera de San Antón. Salir a la calle una tarde como hoy significaba sentir como el frio moría en cada casa con su estufa encendida y el humo, ¡bendito humo! se olía por todos los rincones y te ensanchaba los pulmones con su calor. Había vida. Leña, sarmientos, troncos y ramas de los ribazos de medianiles y lindes que nunca dieron fruto y carbón que nos subían de esos pueblos de Teruel que teníamos por ricos.

Al acabar el jaleo se fue construyendo casa a casa el Barrio, sepultando las eras, la vega y la tierra y asi familia tras familia comenzaron a vivir allí, primer lo hicieron nuestros abuelos luego sus hijos, nuestros padres, y más tarde nosotros sus nietos ya en esa fecha de 1976. Hoy la esperanza de vida en España ronda los 83 años, esa es ni más ni menos la edad del Barrio, su fin está ahí.

Aquel día de 1976 tras la puerta de casa vivíamos 6 personas, hoy tan solo mis padres siguen allí, dos personas rondando esos 83 años de esperanza y día a día tratan de mantener la puerta abierta. De seis vidas a dos, el resto de las casas igual o peor, hay puertas cerradas. Muchas.

Cara Santa Barbara, donde dirigíamos la mirada cada vez que tratábamos de adivinar el tiempo o embobados veíamos el rojo anochecer de los días de verano, el cielo más bonito que jamás haya visto, se encontraban las casas de los maestros, construidas en los cincuenta, cuatro porches, ocho casas, otras tantas puertas y en aquel año contando por lo bajo daban cobijo a veinte personas. Hoy siete de sus ocho puertas están cerradas y tan solo viven dos.

Justo en frente al otro lado, tierra de nadie se levantó el Cuartel por esos mismos años cincuenta, y ¿cuánta gente vivía allí?, ¿cuántas viviendas cobijaba?, siempre fue un misterio para un niño como yo, imposible contar a tanta familia y a tanta chiquillería como iba y venía, las ventanas siempre llenas de luz, todas iguales, no dejaban adivinar nada, vivienda tras vivienda, mares de ropa tendida, ropa helada de quienes recién llegados a Calamocha veían en el sol del invierno la luz divina de su Andalucía. Su patio siempre lleno de niños jugando, gritos y vida hasta las ocho, la hora de arriar la bandera, cerrar las puertas y recluirse en su amurallado interior. En cualquier caso, no los contare.

De vuelta cara el Rabal vivían Gargallo y la Moracha, en una isla en medio de la nada, con solares unos aun por construir y otros que se levantarían en los ochenta. Su puerta lleva años, décadas, cerrada.

Justo en el centro del Barrio estaba el horno de la Tía Amparo donde ya se había dejado de masar el pan tiempo atrás, aún en aquellos días Paquito Ateza con la furgoneta lo traía al Barrio día a día y le era necesario parar tres veces de tanta gente como había, horno aquel que aún se conservaba como si de un día a otro fuese de nuevo a ponerse en marcha, en verano su fresco lo convertían en un cómodo refugio. Allí vivía Pilar la Bota y su familia, cuatro en total durante todo el año, más los días de verano la Tía Amparo y alguna de sus hijas llegaban de veraneo. Hoy con otros protagonistas la puerta sigue abierta. Cuatro.

Y calle arriba hacia la esquina de Inocencio, a quien no contaremos al mirar su portal al Rabal, nos quedaremos en casa de Valero, hogar de las bicicletas, 4 puertas al menos, con doce personas tras ellas.

De vuelta a casa desde Máximo al portal donde me asome aquel día de 1976, seis puertas abiertas dando cobijo a no menos de 25 personas.

Aquel día del siglo pasado, hace mas de cuarenta años vivíamos en el Barrio 70 personas.

Hoy la vida tan solo pasa por entre aquellas puertas y calle, a veces supongo que ni eso, los inviernos deben ser eternos, ni una alma caminando, tan solo coches, siempre fue una calle de paso, demasiados coches, un peligro para las personas mayores sin aceras donde buscar refugio y coches con prisa por llegar a quien sabe donde, en verano como todo, la vida cambia, la calle se convierte en un parquin y te lleva a no reconocerla.

Conte este pasado verano del 2018 las puertas abiertas, y las personas que hoy viven, aun después se construyó alguna casa como la de Aurelio, y luego la de Carlos, Feliciano y Jose Luis, pero los números te llevan a la desolación más absoluta, hoy viven tan solo 22 personas.

En cuarenta años el Barrio ha perdido el 70 por ciento de su población.

Despoblación llaman hoy a tal desolación como uno puede percibir. Morir para contarlo


Formula de la Desolación:

Puede parecer un cuento, pero no lo es. No es un cuento chino, ni un cuento de Calleja, ni fallan las cuentas.

Lo contado en el blog, os será fácil comprobarlo, quien quiera que cuente y aplique después la fórmula de la desolación a su calle a su barrio a su pueblo, dará lo mismo. Resultado: Despoblación.

Ya me contareis a cuanto alcanza vuestro grado de desolación vital, el mío ya va por el 70 por ciento.

sábado, 12 de enero de 2019

Una artesa, una maleta de madera y un colchón.

Fue a mediados de 1974 cuando Pablo Albajez Foz se jubiló y cerro la herrería de La Portellada. Tal cual la dejo sigue todo y sobre la fragua aun cuelga el calendario laboral de aquel año a caballo entre el blanco y negro y el color, entre las caballerías y los tractores, el momento adecuado para dejarlo sin más. La vida en un instante.

Había nacido en 1909, así que su vida como la que vivieron mis abuelos fue prácticamente la misma, salvo por el hecho del que por el pueblo de mis abuelos Torrijo del Campo el uno  y Calamocha el otro pasaba la vida en forma de rio, el "Giloca". Un milagro tras otro, sobrevivir para contarlo es el resumen de sus vidas, y fue tanto una proeza como una cuestión de suerte vivir para alcanzar a jubilarse algo prácticamente increíble para ellos, dejar de trabajar y cobrar del gobierno. Con lo poco de fiar que fueron a lo largo de sus vidas los gobiernos que pacientemente soportaron, parecía difícil de creer vivir sin trabajar.

Pablo, nuestro primer protagonista llegada la edad y a falta de padrino fue llamado a quintas y el bombo le deparo en suerte salir de su entonces tan pobre tierra como hoy rica con destino a Valencia, concretamente a la ciudad de Manises, donde la incipiente aviación daba sus primeros pasos. Allí, herrero de profesión no le falto trabajo, entre esos aviones que hoy a vista de fotografía bien parecen de hierro forjados, instrucción, guardias, imaginarias. Era todo un manitas, y buen trabajador así que pudo aprender cuanto quiso y en los ratos libres en talleres, del arte del escaqueo en la mili nadie está libre y aun sin querer se aprende, se dedicó hacer relojes para toda la familia aprovechando los aviones desguazados y sus múltiples indicadores, aun hoy cuelgan de las paredes y siguen dando la hora puntualmente.

De paseo por Manises los ratos perdidos siguiendo los pasos igualmente perdidos de los veteranos recorrió los mismos lugares que todas aquellas quintas que le habían precedido y así apareció un buen día por una destartalada paraeta, una pequeña tienda a punto de hundirse en todos los aspectos a pesar de su buena salud, con cuatro chucherías y media docena de tonterías de esas tan necesarias para los soldados del próximo cuartel de aviación. A buen seguro el tendero y él se conocerían al hablar en su lengua materna y menuda sorpresa. El dueño de aquel imperio eternamente al borde del precipicio era el mayor de los hijos de los Senante Alcober de La Codoñera, pueblo que dista de La Portellada apenas unos treinta kilómetros, distancia en aquellos años y tierra cuasi eterna. Y así comenzó la amistad entre el soldado y aquel que había emigrado en busca de vida, de una barraca, de un poco de arroz, del sol y buen tiempo padre y madre de las buenas cosechas.

El soldado Pablo afianzo la amistad con su paisano civil entre martillazos, soldaduras y relojes encontrando tiempo para tener acceso en el cuartel a algo mas que hierro y chatarra. La cocina y el almacén de víveres donde siempre, aunque poco había algo que sacar y acercar a casa del mayor de los Senante Alcober, llena de chiquillos. Escaquearse y conseguir sin duda dos de los pilares que iban unidos a los nobles tiempos en que se daba todo por la patria. En cualquier caso no nos engañemos se daba más de lo que se "recibía".

Acabado el servicio militar Pablo volvió a La Portellada y continuo con su vida en torno a la herrería en aquellos años de fondo, tan en apariencia, interesantes, días de la segunda republica en un lugar tan apartado del mundo como aquel rincón de Teruel. La amistad con la familia Senante Alcober continuaba ahora de pueblo a pueblo.

Y así entre idas y venidas, encontraría a su mujer en Valdeltormo, Flora Albajez, hija creo ahora recordar también de herrero, una forma como otra cualquiera de acabar con la competencia cercana sin hacer mal a nadie. Mientras el amigo desde Manises comenzaba a subir con el camión a por aceite a su pueblo natal, comprar y vender.

Pero un día de esos, día que por alguna extraña razón no se cansan de recordarnos una y otra vez, comenzó el jaleo, en España era sábado, pero allí tan apartados probablemente la cosa empezó el domingo o quien sabe si el lunes, y si, tal vez aquello se veía venir, pero cayo de golpe y porrazo un dieciocho de julio como otro cualquiera, el calor era lo de menos. Y aquella tan pobre como maravillosa tierra se vio castigada y ¡de qué manera! Cuanto mas pobre se es, peor para todo. Para uno hacerse una idea de cómo fueron aquellos días en esos maravillosos pueblos del Teruel mes cariños del mon baste leer La Casa del Sabinet, de Pedro J. Bel Caldú, natural de Fórnoles. El purgatorio en la tierra.

Y es ahora cuando en la historia, que tras escucharla una vez más hoy día de Reyes me decido por fin a escribir por temor a que sea olvidada y a que las muchas versiones que ya voy escuchando con el paso de los años me hagan dudar de todo, aparece el verdadero protagonista de esta historia hecha recuerdo, Don Antonio Senante Alcober, mosén, cura, escolapio, rector, muchísimas cosas a la vez, quien nació en La Codoñera en 1903, hermano de aquel tendero de Manises que dio en conocer el soldado Pablo mientras cumplía con la patria.

Aunque pueda parecer una contradicción, lo mejor para conocer la vida del padre Senante sea leer un extracto de la necrológica que con motivo de su muerte publico Jesús Lopez Medel en el Diario ABC el lunes 29 de enero de 1996

Padre Antonio Senante

El pasado lunes 22 de enero falleció en Zaragoza el padre Antonio Senante, Escolapio nacido en 1903, y perteneciente, por tanto, a la generación sacerdotal del 27, como monseñor Tarancón, don Casimiro Morcillo, el padre Llanos, el padre Aguilar, el beato Escrivá, el cardenal Bueno Monreal, etc

El padre Senante, licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Zaragoza había estado en los colegios de Peralta, Logroño, Alcañiz y Calasancio y fundador del de Soria. Hablaba y enseñaba varias lenguas. Explico geografía, latín, historia.

Fue preceptor en el colegio de Escolapios de Daroca, de Antonio Mingote, quien paso la infancia primera en Daroca. Mingote y el padre Senante mantuvieron una relación de mutua compresión y gratitud. El padre Senante, como iniciador, promotor, profesor y amigo de Mingote, guardaba los dibujos de este, como si fueran "hijos" suyos. No fue al azar, o casual, este magisterio sobre Mingote, porque de la mano del Escolapio salieron otros pintores y escultores aragoneses famosos.

Fue capellán de las Madres Dominicas de Daroca cuando estaba de novicia "Sor Teresita del Niño Jesús" religiosa navarra, hoy en proceso de Beatificación.

El padre Senante, a sus 92 años, seguía celebrando misa, "haciendo" y contando chistes. Llevando la alegría a sus exalumnos. Y cantando jotas. En la pasada navidad, una gripe le llevo a un estado senil y angelical: hablaba y hablaba de Dios, de sus ex alumnos de sus hermanos sacerdotes.


A nuestro ensotado protagonista la guerra le pillo en casa a caballo entre Alcañiz y La Codoñera, y como en casa, ya se sabe, en ningún sitio, si ha de venir una guerra, sin duda que nos pille en casa y no en ningún otro lado. Sin embargo, fue mala suerte para él y para tantos otros y sin duda, lo peor que le podía pasar pues aquella zona se mantuvo fiel a la diosa república, a la utopía.  Y para alguien que como el que siempre vistió una sotana raída, los días que llegaban no parecían demasiado alentadores, sotana la cual debió correr a guardar a la espera de tiempos mejores.

Me contaba Miguel, de quien luego hablare, mientras comíamos en L´Arrosseria del amigo Sergio aquí en la calle San Vicente de Castellón hoy día de Reyes, una vez más la historia de lo que vino a continuación a propósito del padre Senante, y que yo recordaba de otra forma, con otros detalles, pero que en el fondo ya da lo mismo por que a uno la vida se le va en un instante, y al padre Senante, ese instante le llegaría allí entre su gente "republicana" de toda la vida metida de lleno en la vorágine de la guerra dispuestos arreglar el mundo comenzando por Teruel, porque Teruel, todo sea dicho de paso tradicionalmente siempre se queda atrás, siempre pierde el tren, y aquella ocasión no querían perderlo, querían cambiar la historia y ponerse a la cabeza en este caso de la utopía.



Pablo Albajez volvió a ser soldado, "republicano convencido" como vecino de La Portellada, baste ver el grafiti de la fragua, "Viva la Republica", no era cuestión de que alguien pudiese dudar ni de él ni de nadie de su alrededor, si la tierra era republicana ellos también lo eran, y la bata de proletario de toda la vida como primer uniforme no deja duda alguna de su revolucionaria forma de pensar, si bien no era tonto y no se fue a la guerra hasta que no tuvo mas remedio que ir de invitado, esto es, por obligación.

Feliz parece en la foto, felices los dos y muy probablemente convencidos del triunfo final, remendando material de guerra sin parar, gran fotógrafo sin duda, y ya eran menester ganas para ir tirando fotos que no tiros por aquel recóndito Teruel, aquel que disparo la cámara, un artista. Si las fotos hablasen, nos dirían que en ese momento a Pablo lo único que le preocupaba era como ayudar, que hacer en suma con su amigo el padre Senante. Construir un agujero tras el fuego de la fragua era ya la única solución que veían, y en ello andaban cuando apareció el artista dispuesto a retratarlos, un lugar seguro donde refugiar al cura cercado por los "suyos" dispuestos los muy leales a hacer méritos frente al salvador ejercito llegado de Barcelona dueño y señor de aquellas tierras destinadas a ser las primeras en alcanzar la gloria de la utopía.

Recuerda Miguel el punto final de aquella historia justo en el momento en el cual en La Codoñera fueron en busca del "saco de carbón" con el fin de llevárselo, darle matarile y dejarlo tirado en una cuneta como si tal fuese un saco de carbón caído de un camión a la espera de ver quien se acercaba a recoger tan preciado botín. Alguien sabia que ese día el padre Senante andaba escondido en la casa familiar, la casa de sus padres y ahí fueron a buscarlo. Y con el tiempo justo se enteraron, tan justo que no había lugar donde esconderse que no fuera a ser descubierto, con lo cual, despedirse era ya lo único sensato que se podía hacer, ni aun tiempo para rezar había, pues pondrían la casa patas arriba y lo encontrarían. Ya estaban en la puerta de casa los que venían a buscarlo cuando a la familia lo único que se les ocurrió, como en un mal chiste de humor negro, fruto de la desesperación fue esconderlo en una artesa del patio de entrada a la vista de todos. Y allí se metió pensando en buena lógica que ya tenia hasta el ataúd para subir al cielo.

No fue cosa de un rato si no de toda una vida, los rebuscadores llegaron y dejaron sus trastos sobre la artesa, junto a la entrada de la casa, allí se instalaron y allí hablaron y decidieron que hacer mientras iban y venían. No dejaron títere con cabeza, lo revolvieron todo, la casa patas arriba y las de al lado también por si se había escapado por los tejados o quien sabe si por las gateras, gritos y carreras de un lado a otro, juramentos y "mecagoendios traer al saco carbón que está aquí" por parte de los iluminados cabecillas.
Pero el saco carbón, que lo vio y escucho todo, no apareció. Nadie miro en la artesa que tenian a sus pies, mientras pacientemente esperaba el final. "Sal de una vez tan solo queremos que puedas ir al cielo y ser feliz"

Termina Miguel esta parte de la historia con el convencimiento de que aquello fue obra de dios, pues tan a la vista como estaba resulta imposible que nadie reparara en abrir la artesa, donde, aunque a duras penas, bien cabía una persona. También piensa Miguel, que simplemente nadie de entre quienes fueron a buscarlo y debían mirar, miro en la artesa porque todos sabían que estaba allí y allí querían que siguiera. No recuerda que ocurrió después, ni como cruzaría las líneas camino de la zona nacional en busca de libertad, tal vez termino en Calamocha, andado las noches como ocurre con los protagonistas del libro de Pedro J Bel Caldú, en su huida desde aquella tierra al frente de Portalrubio y de allí a un lugar seguro y como dios manda: Calamocha, después Zaragoza.

Y ¿quién es Miguel?, la persona que todo esto recuerda y que ya tiene más de ochenta años, y tantas veces nos ha hablado del padre Senante y contado mil y una anécdotas suyas, unas vividas junto a él, otras escuchadas a sus mismos protagonistas.

Miguel fue el único hijo del matrimonio tal vez oficiado en su día por el padre Senante entre Pablo el herrero de La Portellada y Flora de Valdeltormo. A quien eso de la fragua, el humo, los martillazos, no le gustaban gota, vamos que no pisaba la herrería ni poco ni mucho para desesperación de su padre que veía en el zagal el fin de sus días, sin oficio ni beneficio preocupado por quien iba a heredar un oficio como aquel heredado a su vez de sus abuelos. Eso de trabajar parecía no ir con él crio, en cambio resultaba aplicado en la escuela.

El padre Senante entre idas y venidas atento a todo, se dio cuenta y espero pacientemente a que el pequeño Miguel cumpliese los catorce años y terminase la escuela, y sin más se presentó aquel verano como venía haciendo todos en la casa de La Portellada a dar vuelta de la familia más que de los amigos y les dijo a Pablo y Flora que le comprasen al mozo una maleta de madera y un colchón y que llegado septiembre volvería y se lo llevaría con él para que viese mundo y aprendiese, y asi en adelante donde fuera uno iría el otro, uno enseñando y otro aprendiendo. Y qué otra cosa se podía hacer en aquella tierra sino emigrar o cuando menos salir a estudiar. Pablo comprendió que la marcha del hijo sería el final de un modo de vida que muy probablemente ya no llevaba a ningún sitio, mientras Flora pensaba que tal vez dios le diese un hijo cura de modo y manera que tenía más que segura la salvación.  Si se me hace cura, te sacare de la artesa, le debió decir cariñosamente Pablo cuando los vio marchar, mientras el padre Senante se despedía con un irónico "será lo que dios quiera", y Miguel demasiado pequeño para hablar, pensaba, "hare lo que me de la gana", como así fue. El caso es que permanecieron juntos de una u otra forma el resto de sus días que fueron muchos.

Miguel creció y aprendió junto al padre Senante de internado en internado arrastrando la maleta y el colchón de uno a otro. Primero Alcañiz, después Soria y finalmente Zaragoza. Nada dotado en este caso para las artes ni oficios, ni aun las simples manualidades, ni dibujo, ni escultura, ni aun fotografía, otra de las pasiones del padre Senante, Miguel sin embargo destaco en las ciencias, los números eran los suyo amen de cantar jotas.

Allí en Soria se saco el titulo de Magisterio a indicaciones del padre Senante, de modo que a la mañana del día siguiente en que le dieron el titulo comenzó a dar clase en los escolapios. Pero en el aula no todo eran números y aunque no era como estar en la fragua, se aburría, de modo que entre uno y otro encontraron la solución en preparar las oposiciones de entrada en la Caja de Ahorros de Soria. Por supuesto aprobó. Dios estaba de su parte.

Comenzó entonces a trabajar en la Caja por las mañanas y también algunas tardes en las que recorría los pueblos de Soria ejerciendo de comercial en busca del dinero que había bajo los colchones con especial atención a las artesas, las tardes que tenia libres el padre Senante no dudaba en invitarle a dar clase de repaso en el internado donde seguía viviendo a cuerpo de rey año tras año.

Aquellos días de Soria acabaron para ambos cuando al padre Senante lo trasladaron a Zaragoza y misteriosamente a Miguel también. El padre había hablado previamente con el señor Sinués, y ¡que no haría por Miguel!, para que le buscase un soriano en Zaragoza dispuesto a marchar a su tierra y así cambiarse uno por otro, y de tal modo ambos llegaron al charco de donde ya no se moverían ni uno ni otro.

Y se aposentaron en el Calasancio de la calle Sevilla donde Miguel vuelta a empezar por la mañana a trabajar en la caja y por las tardes a dar clases y después de cenar hacer la primera imaginaria hasta dejarlos a todos acostados y en perfecto estado de revista las instalaciones. Seguía viviendo a cuerpo de rey, pero todo cansa. Un día se armo de valor, y le dijo al padre Senante que dejaba el internado y las clases y se marchaba a una pensión en la calle Mayor de buena reputación a la que le había echado el ojo.  Necesitaba tiempo, espacio y alejarse de tanta sotana y santo varón, si bien el padre le dijo "no te pienses que por irte a otra parte me voy a olvidar de ti o te vas a olvidar de mi". Del todo imposible.

Allí conoció a Gloria su mujer, hija de un hombre de los de antes, Don Paulino, uno de esos hombres que solo el "Giloca" pudo dar, de tan múltiples oficios conocidos como desconocidos, emprendedor, tratante, echado para adelante, lo que fuera menester y ande fuese ir, sol y sombra, soldado del bando nacional encargado de la conquista del Bajo Aragón, a quien ahora se la iban a devolver, del Poyo y del Cid nada más y nada menos al mando en ese momento de la pensión, Miguel lo mismo que hizo su padre años atrás, Pablo al casar con la hija del herrero de Valdeltormo y así terminar con la competencia, saco cuentas y pensó que casándose con la hija del dueño la pensión seria gratis. Pensado y hecho llamo al padre Senante y oficio la boda. Luego llegarían los bautizos, las comuniones y ahí estaba siempre el cura de la artesa para oficiar, contar chistes, cantar jotas y de paso charrar en su lengua materna con el que para el era como "su hijo".

Recuerdan que el padre Senante era extraordinario en todo, dibujante, pintor, fotógrafo, conversador, contador de chistes, jotero, siempre el primero para todo. Una vez "retirado" visitaba con frecuencia la casa de Miguel, la calle Mayor, ya se sabe, a un paso del Pilar hizo que se viesen un día si otro también, y los domingos a comer y recordar. Mientras los días de hacienda pasaba para ayudar en los deberes a Raquel y Mayte, las hijas de Gloria y Miguel. Recuerda Raquel que venia dispuesto a comerse el mundo y ayudar en las tareas de la escuela pero antes se sentaba en el sofá y de allí no se movía sin parar de hablar, mientras tomaba un café con leche y madalenas, y cantaba las excelencias de las madalenas a la hora de acompañar el café con leche, aseguraba que no había manjar igual, mientras Gloria le recriminaba que solo daba faena, que no ayuda nada y que con tanto hablar sus hijas no podían hacer los deberes y cuando fueran mayores el ya no estaría para hacer favores, y lo remataba con la cantinela de siempre "y a usted no le da vergüenza salir a la calle con una sotana tan raída, como es posible que le dejen salir con semejante saya". A lo cual el padre día tras día respondía, que a su edad, si de joven no lo habían hecho nadie se iba a fijar en el y que en la residencia eran de su misma opinión la sotana estaba para pegarle fuego, pero el discrepaba. Hacia cuenta de darles la extremaunción a todos y por tanto una tras otra gastar las sotanas que atesoraba en el armario.

Ya en sus últimos días el padre Senante vivio en el Colegio Cristo Rey, de vez en cuando Miguel, quien por aquel tiempo vivía encerrado en su propia artesa dados que año tras año iban a buscarlo los mandamases de traje y corbata y le decían "Señor Miguel, salga y vea mundo, jubílese, es por su bien, queremos que disfrute y sea feliz"   de modo que cada dos de enero era destinado a una nueva sucursal como un simple cajero, igual que hiciera el de la sotana Miguel no salió hasta verse a salvo cumplidos los 65 años, un héroe para sus compañeros que lo despidieron con honores. Miguel se pasaba a ver al padre Senante y cuando al de la saya raída se le hacia el rato tan largo como el pasado en la artesa lo llamaba por teléfono y le decía: "Miguel vendrás a por mí, y me sacaras de aquí, me llevaras al Pilar". Y Miguel acudía a su llamada y lo llevaba a la basílica.

El padre Senante decía que al Pilar había que ir a dar las gracias, no a pedir, que tanta gente como iba y pedía era imposible que fuese atendida por dios, mientras que dando las gracias es más fácil llegar a él.

Gracias

lunes, 17 de diciembre de 2018

Una imagen de aquel 17 de diciembre de 1963 en Calamocha y mil palabras




Por aquellos días en que llegamos a los 30 bajo cero en el Campo de Aviación de Calamocha, junto al valiente del soldado Tutu, estábamos otros muchos más y hoy quiero recordarlos, el fue como ya te dije el primero que vio lo que marcaba el termómetro en la garita del Campo de Aviación y el primero que la apuntaría donde tuviese mandado. Ya sabes que en el ejercito todo se apunta montones de veces y así lo haría él donde fuese hasta que siguiendo la cadena de mando, de Valencia a donde pertenecíamos finalmente llegase a su destino dentro del ejercito, que cualquiera sabe que seria Madrid, y quedo así registrada en el Boletín del Servicio Meteorológico Nacional del Ejercito del Aire, como ya puede verse, menudo día aquel según se puede leer, - 11 bajo cero de máxima y - 30 bajo cero de mínima, que pasamos en el Campo.

Pero también sucedieron otras muchas cosas en el día a día, no todo fue el frio de aquella noche que durante años olvidamos y que apenas tienen importancia, cosas dignas de recordar. Te cuento.

Había un cabo primero llamado Cano y un sargento, que vivían allí mismo en las casas del campo, que pena da hoy ver todo y yo como subía y bajaba todo los días al pueblo era el chico los recados para ellos, y bajaba las medias de sus mujeres para que en el Rabal, las Mantecas les cogieran los puntos.

Había entre nosotros un civil llamado Sahuquillo y la máxima autoridad era un Brigada, llamado Román Diaz de Greñu quien vivía en la pastelería de Clemente Catalán que era su suegro, allí en la Calle Real y muchas veces pasaba a buscarme por casa y me subía con el en la moto “Serafin, me decía, te voy a cortar el pelo”.

El guarda era Pascual Agudo, que estaba en el radiofaro para emitir la radiofrecuencia y Rafael Alpuente estaba de ayudante y al tanto de que el grupo de electricidad funcionase para cuando en días así de frio y nieve no nos quedábamos sin luz. 

Como chico de los recados también me encargaba de comprar en el pueblo, cada semana en una tienda, ordenes son ordenes, había que repartir, el pan una semana en la Morería en Ateza y otra semana en la otra, y era una barra de pan por persona lo que me hacían comprar, y la carne y todo igual, repartido entre todas tiendas, para tener a todo el mundo contento.

A veces mataba mi madre en casa un conejo o un pollo y yo lo subía y los de Valencia nos hacían paella para todos, y que buena estaba, y para la Virgen de Loreto, patrona de la aviación, menuda fiesta se preparaba, el diez de diciembre con todo el frio se celebraba y se invitaba a los padres de los soldados y subían gente del pueblo a cocinar. Me acuerdo que siempre llamaban a la Tía Marceliana, la madre de Isaías, por que los soldados no estábamos para cocinar ese día, bota va, bota viene.

No se hacían guardias al estilo de otras milis, había unos cuantos Mauser tapados con una manta, pero ni los tocábamos, el mantenimiento del campo lo hacían las ovejas de tío Isidro Corcuera que era quien lo tenia arrendado y se lo comía. Que tiempos tan felices, a pesar del frio.

Antes que yo por allí pasaron Inocencio Casamayor, Paco y José Algas, y otros, y hace unos años nos juntamos todos y nos fuimos a cenar al Fidalgo. Al licenciarme en mi lugar llegaron Tena y Jose Luis Ibáñez del pueblo, y allí hicieron la mili

Luego también recuerdo, que no todo era frio, que va, que nos trajeron un Chevrolet americano, y nos pegábamos por conducirlo, era una pickup una camioneta que circulaba en millas, de gasolina con seis cilindros, y en la que cabíamos todos, bajando del VOR, la pusieron, menos mal que no yo no iba a 120 millas por hora y lógicamente se pegaron una leche de campeonato al enderezar una curva cuando se les fue, pero no les paso nada.

Luego nos mandaban gasolina para los coches y aviones y se guardaba allí en los hangares y compraban la leña en Valencia como si en Calamocha no hubiera, los militares ya se sabe, cumplen ordenes, y era de algarrobo, nos llegaba el camión y luego la subíamos a lo de Lucia para cortarla y poder meterla en la estufa que había en la sala donde teníamos la tele y donde pasábamos las horas, allí nos refugiábamos todo, y el primero que llegaba pillaba sitio, y el que venga detrás pues a estilo tropa, cada uno se jode cuando le toca, por muchos galones que llevase. 

Luego estaba el barracón con las camas, y mantas, allí no había estufa. Y cuando aburridos de todo y sin faena nos entonábamos subíamos a lo alto del faro a cantar. Y los días de nieve, el tío Pascual sacaba el balastro, una tabla de tablear la tierra y sin machos ni nada, los soldados sin conocimiento nos poníamos a tirar para abrir paso y quitar la nieve. 

Y poco más te puedo contar, aquel día la temperatura que se tomo en Calamocha, fue de – 30 grados bajo cero y que hiciese frio no fue noticia, y ahí estaba, en el ejercito se guarda todo, escrita tal y como la vio el Soldado Tutu.

Serafin Catalan 





La noche del frio


CASTELLON Domingo 8 de enero de 2018

Cumplí el servicio militar como voluntario en aviación. Fueron dieciocho meses. Me incorpore en Valencia, Tercera Región Militar, en septiembre de 1962 y jure bandera en Xirivella tras lo cual me destinaron al Campo de Aviación de Calamocha, donde llegue el 20 de octubre de 1962, licenciándome el 20 de marzo de 1964. El año de la helada, el 17 de diciembre de 1963 yo estaba allí.

Éramos unos veinte soldados, en realidad, diez y diez, pues un mes estábamos de servicio y otro de permiso. Cada soldado tenia su trabajo dentro del normal funcionamiento del campo y necesidades del ejercito. Y entre esos trabajos estaba el de tomar la temperatura, siguiendo las indicaciones de la Región Militar.

Yo tenía asignado oficialmente el trabajo de defensa química, así tal cual lo digo y cuando aterrizaba un avión, debía estar atento con los extintores por si había un incendio. Vi llegar tres avionetas en toda mi mili. Entre ellas la de Don Luis Polo Julve, o al revés los apellidos, no lo recuerdo, un Coronel de Aviación que era de Torrijo y "aparcaba" allí la avioneta y luego se subía al pueblo en coche.

Un soldado por turno se encargaba de tomar la temperatura cada mañana en la estación meteorológica que había en una garita en el centro del Campo de Aviación donde estaban los controladores de meteorología de cara a los aviones, y se media cada día a las seis de la mañana.

Los meteorólogos eran soldados como yo que una vez habíamos jurado bandera los mandaban a Viveros en Valencia para hacer un curso de seis meses de meteorología, y así cuando volvían a Calamocha eran ellos los responsables de la garita y de tomar la temperatura y todo lo relacionado con ello según los reglamentos.

En mi turno aquel año del hielo, era el Tutú, quien estaba de servicio y por tanto era el encargado de tomar la temperatura, el era un soldado de la parte de Valencia representante de los detergentes Tutú en la vida civil, de ahí su apodo, del nombre ya no me acuerdo. El fue lógicamente el primero allí en ver lo que marcaba el termómetro la noche del hielo en el campo de aviación y al ver los 30 grados bajo  se fue corriendo como pudo lleno de emoción y frio desde la garita de la que aun hoy  pueden verse los cimientos, al edificio principal a contar lo que veía. Y los pocos que estaban allí fueron a ver lo que marcaba el termómetro, aquellos 30 bajo cero del 17 de diciembre de 1963 allí en la garita del ejercito del Campo de Aviación de Calamocha.

El VOR paralelamente en aquellos tiempos se iba poniendo en funcionamiento poco a poco y así desde uno o dos años antes de aquel día del frio, a principios de los sesenta, cuando ya se decidiera cerrar el radiofaro del Campo de Aviación de Calamocha, lugar donde poco a poco había ya casi tantos civiles como soldados, comenzó a funcionar paralelamente, de modo que ya hasta el final  convivieron los dos. Bastante tiempo aún pues mi quinta no fue la ultima en hacer la mili en Calamocha, aun hubo otra y probamente otra más. 

Entre los soldados también estaban los choferes, y su destino consistía en bajar a Calamocha con el Citroën y coger a los trabajadores civiles del VOR y llevarlos y traerlos, pues allí estaban presentes las veinticuatro horas del día en tres turnos para el control de los aviones ya por radio, así que cada ocho horas había que ir a llevarlos y traerlos. Mientras el horario del Campo era de seis a diez de la noche.

El día de la helada, llegue al Campo a las nueve de la mañana y subí en bicicleta, aprovechando los rastros entre el hielo del Citroën, la noche de antes baje andando a casa y casi no llegue, había veinte centímetros de nieve, por eso helo tantísimo aquella noche, me tape con todo lo que pude, tan solo se me veían los ojos, las cejas y las pestañas se me helaron, no podía cerrar los ojos cuando entre en casa y corrí a calentarme al fuego.

Aquella mañana al llegar, todos estaban comentando los 30 bajo cero, como vieron la temperatura y como se convencieron de lo que veían de lo que marcaba el termómetro de la garita del Campo de Aviación de Calamocha aquel 17 de diciembre de 1963 Que hiciese frio no fue noticia y alcanzar los 30 bajo cero, algo que nunca se te olvida.

SERAFIN CATALAN
El soldado encargado de la defensa química en la actualidad Suyo es el recuerdo
Emplazamiento de la garita meteorológica

Emplazamiento de la garita meteorológica


viernes, 2 de noviembre de 2018

Mesa y mantel

Eran los últimos días de la abuela ella y todos lo sabían así que no dejaban pasar ocasión alguna, cualquier escusa era buena para compartir una vez más la familia mesa y mantel. Un domingo cualquiera de un verano olvidado ante una mesa grandísima al fresco de la cochera y el calor de sus moscas nos sentamos a comer. En un momento de esos en los que dicen ha pasado un ángel, se hizo el silencio, y la abuela desde el centro de la mesa dijo: Ya no importa nada, que todo paso y quien mas perdió fue quien murió, pero en acabar de comer guardáis el mantel en el cajón de la cómoda donde ha estado siempre junto con lo demás y lo dejáis estar, y aunque yo ya no este no lo volváis a usar. La ropa blanca de ese cajón la trajo vuestro abuelo cuando la guerra se acababa y se iban a tomar Barcelona, de aquellos pueblos de la parte de Alcañiz, ande vas con eso le dije, en alguna casa lo echaran en falta, yo no lo quiero, si hubiera sabido de quien era le habría hecho devolverlo. Así que guardarlo o mejor pegarle fuego, aun siendo bueno, seria de una casa grande, ya todo apolillado no merece la pena seguir recordándolo"



La casa del Sabinet. Historia de una familia de derechas. Pedro J Bel 2007
Decidido a leer todo cuando tenga en letra impresa la palabra Calamocha, compre el libro y una vez localizado el autor en la red, le escribir preguntado el por qué:
"Mi tío Luis Bel, entonces estudiante de medicina, después de salir de Cambriles (cueva donde se escondió al comenzar la guerra) fue incorporado al ejército nacional y destinado al hospital militar de Calamocha como auxiliar sanitario. En el libro lo trato muy de pasada. Me encantará que lo leas, pero si sólo es por las referencias a Calamocha no vale la pena. Si es por las historias que cuento sí"
Tanto por Calamocha como por las historias que cuenta merece la pena leer el libro escrito por Pedro J. Bel Caldú quien a decir de su blog https://pedro2013dotcom.wordpress.com nació en Fórnoles (Teruel) el 1 de enero de 1945. Escritor aficionado desde su jubilación, estudio en el Seminario de Zaragoza los ciclos completos de Humanidades y Filosofía y el ciclo incompleto (dos cursos, de cuatro) de Teología. Licenciándose en Derecho en la Universidad de Barcelona, ciudad donde reside. Activo en las redes y bloguero también ha escrito La Caverna. Sociedad secreta Donde desarrolla una de las historias que contara en el libro que nos ocupa.
Don Pedro nos hablara de muchas cosas, con su familia como protagonista y con los años del jaleo de fondo, es decir, la Guerra Civil, y lo hará como lo hicieron con nosotros nuestros abuelos, contando lo que vieron y vivieron en este caso sus familiares, y por ende todo un pueblo, unos y otros, a derecha e izquierda de una comarca que vivió en primera persona la revolución anarquista que llegaba desde Barcelona. Aquello solo fue el principio de lo que estaba por llegar.
A veces me preguntaba como habrían sido aquellos días, meses, años, la eternidad de la guerra en uno de esos pueblos del Bajo Aragón presa de la utopía, del paraíso que tan bien nos siguen vendiendo aun hoy en día, de la anarquía, del comunismo en contraposición a lo que de algún modo conocía por la familia que vivió toda la guerra en la Calamocha de la otra España. Ahora ya lo sé, el libro ha respondido a todas las preguntas que pudiera hacerme.
El titulo es valiente, no corren hoy tiempos propicios para casi nada y menos aun para presumir de ser o haber sido una familia de derechas, lo cual se convierte en un aliciente mas para leer de principio a fin el libro que de estar novelado seria toda una gran obra, y aun sin estarlo lo es, ya que, al relato de los hechos por el autor, y a su minuciosa investigación se une el relato de primera mano por parte de los propios protagonistas que dejaron escrito en verso lo que vivieron.
Todo ello reflejado de un modo objetivo, al menos hasta donde es posible tratándose de recuerdos familiares, lo cuales en ningún momento parecen hayan sido escritos ni como justificación de nada de lo hecho, ni como venganza frente a terceros pues no es necesario ni lo uno ni lo otro cuando uno narra lo vivido.
Llegará la guerra con su revolución anarquista al pequeño pueblo de Fórnoles, ya previamente el autor nos habrá situado en el escenario echando la vista atrás y contándonos la historia de la familia y del pueblo. Con aquel verano del 36 comenzara la pesadilla para prácticamente todos, que lo que es fiesta para unos será luego dolor y viceversa.
La familia de Don Pedro, una familia normal, católica como todas hasta ese verano, y que venia apostando por el progreso del pueblo carecía sin embargo del entusiasmo revolucionario, tan es así que ira quedando progresivamente aislada y señalada. Hasta el punto en que se verán obligados a dejar su casa, su pueblo y marchar a esconderse en una cueva a donde poco a poco irán llegando otras personas en su misma situación, perdido todo cuando menos salvar la vida.

Sin embargo, para las casi treinta personas que alli se esconderán procedente de diversas familias, la cueva aun siendo lugar seguro no lo será si la guerra se alarga, ver su vida truncada, sus casas y sus tierras expropiadas les llevara a salir de ella e iniciar la huida hacia la zona nacional camino de un lugar seguro donde poder entrar a formar parte de su ejército salvador y poder volver para conquistar su pueblo.

Y es lugar seguro, esa meta a alcanzar cruzando la zona republicana y el frente no era otro que Calamocha, llegar una día a Portalrrubio, ya zona nacional y de allí a la seguridad de la Comandancia de la Guardia Civil de Calamocha, desde donde al parecer se había coordinado su fuga.
A pesar de todo para ellos la guerra acababa de comenzar.
Muy recomendable su lectura, da igual que uno sea de Fórnoles o de Calamocha, sea zurdo o diestro, hay cosas que conviene conocer, recordar y divulgar. Aun en lo trágico.
Como bien decía Pla poco más o menos, hay historias que mejor leer que haber vivido.