Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

miércoles, 5 de junio de 2019

Retorno fugaz

En la fotografía, sobre el puente romano, a su resguardo, a los pies del rio Jiloca, acunado por sus aguas, bajo la protección de las choperas, un artista ejemplar: JOSE LAPAYESE BRUNA (Calamocha 1899- Madrid 1982) en una de sus visitas a la tierra que le vio nacer.
 
Retrato de familia y mucho más, pues todos nos podemos ver identificados y reconocernos a nosotros mismo, toda una pequeña gran obra de arte, cuya sola visión te envuelve en la tranquilidad y recuerdos del lugar, cuarto de estar de todos nosotros los calamochinos.

Todos, en algún momento hemos vuelto al pueblo, con prisa, sin tiempo para nada, a veces por compromiso, pero no hemos podido evitar dejar de pasar por uno u otro lugar, como el puente o la fuente, marcharnos sin verlos seria como no haber estado.
 
Xiloca, Colecciones de Arte, Nº2
 

 
 
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
¡Oh corazón falaz, mente indecisa!

¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocóse en nada
¡memoria, ciega abeja de amargura!
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué fuiste!
Retorno fugaz, Juan Ramon Jiménez
 

jueves, 16 de mayo de 2019

El Comarcal del Jiloca XX Aniversario


Desde el origen de frio

El Comarcal del Jiloca celebra su XX Aniversario

Fue mi padre, aún hoy lector empedernido de viejos periódicos, quien nos enseñó amar la diaria letra impresa en aquellos años de la vida tranquila, cuando los periódicos iban de una casa a otra, olvidado su primer dueño, con noticias que parecían eternas y se leían sin importar la fecha de su publicación. Sus enormes hojas, sus dobles imposibles, su áspero tacto, su olor, las manos tras su lectura manchadas de tinta y el quedarte dormido entre ellas, abrazado a sus hojas, al mundo entero, eran en su conjunto todo un placer difícil de olvidar.

Fue después mi madre, quien, de un modo inesperado, consolido nuestro amor por los periódicos. Tuvo un trabajo ciertamente privilegiado como limpiadora del instituto y allí a la hora de la merienda junto con sus amigas Trini y Pili devoraban algo más que un sano tentempié, devoraban conocimiento en forma de periódicos. Los indultaban, rescatados de la papelera y les daban una nueva vida, los leían a matacaballo y tanto si había algo interesante como si no, la mayoría de las veces se los llevaban a casa. Mi madre volvía sobre las diez y decía las palabras mágicas, “Os traigo el periódico”, ¿el Heraldo, o el Lucha?, preguntábamos. Y si añadía: “Sale Calamocha” La felicidad era absoluta.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces para todos y muchos otros periódicos hemos tenido entre nuestras manos, de comprar y leer casi a diario durante los años de estudio, cualquier cabecera servia, a lector de suplementos de fin de semana conforme me hice mayor y comencé a trabajar. Ha cambiado también y de qué manera en apariencia la vida misma, ha llegado internet, lo inmediato, lo aparentemente gratis, y con ello las prisas y la “barra libre”, y sin duda, lo peor de todo es que hoy las noticias que traen resultan tan efímeras y tan poco creíbles que se torna imposible encontrarlas. Malos tiempos para la prensa escrita.

La pregunta hoy seria: ¿queda algún periódico que se pueda leer?, que te haga sentir en buena medida lo que en su día fue el papel. La respuesta, afortunadamente para aquellos que nacimos o viven a orillas del Jiloca es, sí. Somos unos afortunados.

Es en estos momentos de celebración cuando me doy cuenta de que realmente de aquellos primeros días en los que leer cualquier periódico era un auténtico placer, tan solo nos queda en casa EL Comarcal. Su imprescindible lectura es casi una cuestión de necesidad vital, su compra es obligada cada vez que vuelvo por Calamocha, otras veces lo encargo desde la distancia, y ello me resulta el mayor de los placeres, y suelo comprar dos ejemplares, porque con uno, no tengo bastante, y los compro junto a otros periódicos en los cuales, aunque escasamente, aun confió, y todos salvo un ejemplar de El Comarcal se los doy a mi padre sin leer, y me vuelvo a Castellon con mi comarcal bajo el brazo, lo mismo que con el cañao y el jamón, y llego a casa y lo dejo sobre la mesa, y pasan los días, y las semanas y por fin lo leo, y me quedo feliz dormido entre sus hojas, al tiempo que me llegan recortes ya de números más nuevos de una u otra noticia al correo, y leo su portada en la red. El Comarcal en su conjunto me devuelve la esperanza en el papel impreso, y ese milagro del que podemos disfrutar, se torna imposible dejar de amarlo. Milagro que discurre paralelo al rio de nuestra vida, al Jiloca, entre Monreal y Daroca, abrazando a todos y cada uno de esos maravillosos pueblos que conforman algo mas que una imaginaria comarca, un modo de vivir.


Felicitar a José Antonio Vizárraga, artífice de todo esto resulta obligado, de hecho, todos deberíamos hacerlo sin dudarlo, y animarle al tiempo a continuar con ese trabajo como artesano del papel, que tiene también algo si no todo de héroe, agradeciéndole así, tantos momentos de lectura como nos ha dado, como el hecho de haberse convertido en altavoz de una tierra que como el mismo periódico parece sobrevivir en un milagro continuo.

Felicidades y gracias, por tantos buenos momentos, a pesar de que a veces las noticias, los hechos, que no por conocidos dejan de sorprendernos, no sean los que nos gustaría leer, 20 años quizás no sean nada, pero si lo son para la tierra del Jiloca, ¡por dios!, ha cambiado hasta el tiempo meteorológico en estas dos décadas, el sol a veces parece otro y el frio nos ha abandonado. La hemeroteca si algún día tenemos acceso a ella, dará buena cuenta de todo, y sin duda debe ser todo un paraíso del tiempo compartido, un placer de lectura.

Finalmente, como lector, seré egoísta, los lectores, debemos serlo, ¿cuándo nos sorprenderá con una nueva novela?, cuándo podremos ver sus películas en la pantalla grande, o en el patio de las monjas, una noche de esas en las que estemos todos, también los que un día nos marchamos y encontramos cada quince días en la lectura de El Comarcal un lugar para volver a vivir lo que fuimos, una esperanza de continuidad.

Felicidades, gracias y recuerdos

 

lunes, 1 de abril de 2019

Rey D´Harcourt, hoy un "calamochino" más



Acabo ahora de leer en una tarde de primavera fría y lluviosa, el libro que lleva por título El Coronel Rey D´Harcourt, el héroe defensor de Teruel, asesinado y después humillado. Prologado por don Fernando Rivera Rey D`Harcourt, nieto del protagonista del libro escrito por Fernando Martinez de Baños, quien entre otras muchas cosas, ha publicado con anterioridad otros muchos libros siendo Doctor en Historia por la Universidad de Zaragoza y Master en Relaciones Internacionales. El libro que nos ocupa ha sido publicado por la Editorial Delsan-Historia hace tan solo unos días en Zaragoza. Don Fernando es ademas militar, Coronel de Artillería retirado.


Desde hace unos años, Domingo Rey D´Harcourt, (Pamplona, Navarra, 1885 - Pont de Molins, Gerona, 7 de febrero de 1939) es un "calamochino" más por descansar sus restos entre nosotros, allí donde están los mejores calamochinos, en el cementerio de la villa. Un lugar sin duda tranquilo, entre el sol del amanecer de la Dehesa y la puesta del mismo por santa Bárbara, patrona de la Artillería, al abrigo del cierzo, la nieve y el hielo de antaño.

Al menos dos preguntas antes de continuar: una ¿quien fue el coronel Domingo Rey D´Harcourt? Y otra, por qué debemos conocerlo, mas allá de que hoy sea para nosotros un calamochino más.

La respuesta esta en lo escrito por Martínez de Baños, documentado y ameno, dentro del horror que supone leer el discurrir de los hechos, muerte, hambre, guerra, dolor, y muy didáctico, pues al final nos cuenta no solo lo ocurrido, si no también lo que pudo ocurrir de un modo sencillo, como lo hacían nuestros mayores, a nosotros que ya tenemos una edad cuando nos hablaban, siempre a petición nuestra, de aquellos días del jaleo, y lo hacían sin rencor alguno, aquello paso y nunca debía repetirse nos advertían, la persona, la vida, estaba siempre por encima de todo, "quien mas perdió es quien murió", concluían con tristeza. Puede leerse incluso como si de una novela se tratase dado que no es un texto militar en si, en cualquier caso, no es una novela histórica, si no real, y dura.








Voy a cometer el acto más heroico de mi vida, me voy a rendir” Fueron las palabras del Coronel a su esposa a comienzos de 1938 cuando por fin los republicanos pudieron tomar Teruel, única capital de provincia que lograrían conquistar.

De un modo sencillo diremos que se encontraba el coronel entre la espada y la pared, allá por el invierno de 1937 camino de 1938 de modo que podía haber muerto como un héroe ante los suyos, a la postre vencedores. Y haber muerto solo, tal y como lo dejaron, sitiado a merced del ejercito republicano, sin ayuda, esa ayuda prometida que nunca llegaba, podía haber disparar hasta la ultima bala y morir.


Muerto de tal forma inmediatamente habría tenido honor y gloria y más tarde calles, avenidas y plazas. Al menos por un tiempo, por unos años, por unas décadas, pues ahora las placas rodarían por el suelo. O bien podía rendirse. Me pregunto qué habría hecho yo.

En cualquier caso era consciente de que el resultado final para él siempre seria el mismo. La muerte. De estas condiciones solo quedo yo excluido, a mi que me fusilen” diría al rendirse y asegurar las condiciones, valga la reiteración, de los suyos, militares y civiles frente a los sitiadores.

Pero hay una gran diferencia entre dejarse matar por la propia gloria, arrastrando a todos cuantos te rodean y rendirse, a sabiendas de terminar corriendo la misma suerte, la de la muerte. Pues con su rendición salvo la vida de sus soldados, y civiles, cientos, miles, asediados, por el frio, el miedo y el hambre, sin armas, sin apoyos, condenados a una muerte casi segura. Y ese hecho le honra, y deberíamos honrarlo.







No es el libro una biografía, ni un estudio de la Batalla de Teruel, si no un poco de todo o en realidad algo mas, pues en sus paginas podemos leer la vida del coronel Rey D´Harcourt desde su llegada a Teruel hasta su muerte. Leeremos así con todo lujo de detalles la toma de la pequeña capital por el ejercito republicano, su defensa, los movimientos de unos y de otros, táctica y estrategia militar, hasta el mismo momento de la rendición. 


Es entonces cuando quizás la obra se vuelve mas personal, mas emotiva, mas sencilla de seguir y por tanto de leer, y ya la empatia hacia el coronel y los suyos es total, también hacia otros muchos protagonistas, en su ir y venir de una lado a otro, ahora ya como prisioneros, mientras los suyos ya hablaban de ellos como cobardes, traidores... Podía el coronel tal vez pasarse a las filas republicanas, servir en un canje de prisioneros, huir a Francia, pues ni entre los suyos iba a estar seguro. Mejor leamos el libro. De un lugar a otro, de una cárcel a otra, de unos captores a otros, quien no conozca el final, que no siga leyendo.

Al final, el coronel y sus hombres, murieron por así decirlo en la orilla. Ya con el ejercito nacional a uno o dos días de tomar el control de Cataluña, a un paso de Francia y ahí la reflexión final aportada por el autor de la mano de la familia da que pensar y mucho de que sucedió en realidad aquel 7 de febrero de 1939


Quien y por que le ato finalmente junto a su buen amigo el Obispo Polanco juntos presos del primer al ultimo dia, único protagonista de la historia que no sufrió la represión franquista por así decirlo. Quien les ordeno a todos subir a los camiones.Quien los mando parar. Quien en suma les asesino y por qué, ¿por ser soldados del bando nacional o por haberse rendido?

A leer.

PD Mi recordado Fernando, mi otrora Cto. ha sido un placer volver a leerle, mi mas sincera felicitación por el libro, por su rigurosidad, cariño y sabias palabras a la hora de tratar la guerra, y en especial a las personas, la vida misma.

JESUS LECHON
Otrora, Soldado de Biblioteca AGM 95º3
A sus ordenes. 







viernes, 1 de marzo de 2019

El Premio


Aquel pariente al parecer, aunque lejano lo era por una y otra rama de la familia y solía algún que otro día al volver de trabajar pasar por la puerta de casa. Alto, flamenco y buen mozo caminaba a pasos agigantados con la cabeza siempre baja, vigilante la vista al suelo, como si no viese del todo bien y necesitase mirar por donde pisaban sus largas y firmes zancadas, invariablemente con nosotros y con todos cuantos se cruzaban en su camino, alzaba la cabeza se giraba y saludaba. A todo el mundo sonriente decía hola y adiós enseñando su radiante y completa dentadura amarilla, tal vez del tabaco, con sus dientes y su sonrisa tan grandes como él. Nunca se detenía hablar, seguía su camino con la chaqueta o el gabán, según el tiempo que nos llegaba del cielo, bajo el brazo camino de casa.

¿De verdad es pariente?, siempre pasa como la Isabelita, corriendo. Me llamaba la atención que nunca hiciese un alto frente a la puerta de casa, lo normal era lo contrario, la gente pariente o no se paraba unos instantes a charrar de lo que traían aquellos días de la vida tranquila además del frio o el bochorno.

¿Y para que quieres que se pare? La respuesta tajante y seca te daba aún más que pensar. No hay nada de que hablar, el está bien, nosotros igual y si un día él necesita algo o nosotros lo necesitamos, todos estaremos para lo que haga falta. Años mas tarde cuando oí cantados los versos de Labordeta lo entendí mejor: “Por qué no nos ven hablar, dicen que no nos queremos.”

Que hoy recuerde solo lo necesitamos una vez, y, por cierto, me lo perdí, supe que fue el quien arreglo aquella emergencia en casa en medio del frio, la nieve y el hielo de un día de enero de hace muchísimos años en que vino a visitarnos la guadaña, día de tristeza. “Ha sido cosa del pariente, el dará razón por nosotros”, dijo mi tío.

Contaba mi padre la historia de aquel pariente reducida al absurdo, a un solo hecho, a una anécdota, como si un día por matar a un perro por accidente te cargasen para toda tu vida con el sambenito de “mataperros”, y aun la recuerda de vez en cuando pero ahora soy yo quien con frecuencia la cuenta, sin embargo, todavía no sé muy bien por qué pues aún desconozco cuál es el sentido final, de hecho nunca lo he sabido, y a estas alturas de la vida de todos, tampoco me importa demasiado, cierto que no hubo tiempo ni ocasión alguna de pararnos un día y recordar

Así y todo desconozco si su fin fue despertar entre nosotros el sentido de no dejarnos. Aquella frase tan repetida por nuestras abuelas, “maño, que no te ganen, tu no te dejes nunca, tienes que ser el primero en todo, y algún día subir a la luna” o simplemente, ¿quién sabe? advertimos con ella de que hay ciertas situaciones en la vida, momentos, en los cuales no merece la pena dar ni un paso.

La de aquel pariente fue buena, cuentan que una noche en un pueblo cercano a orillas del Jiloca no lejos de Calamocha él y los de su recua andaban de verbena despidiendo a un amigo que pronto a casarse en aquel mismo pueblo había invitado a toda la cuadrilla compuesta como aquel que dice de toda la quinta. Y la jarana en blanco y negro de aquellos años, ya se sabe era algo extraordinario a todas caras, era otra historia, no faltaba humor, y eso que hoy se llama corrección política la había a raudales en tanto que ni se conocía ni era menester. Para dar y regalar de todo.

En algún momento de la noche entre pasadobles, rumbas de Peret y alguna de Karina un mozo del pueblo aquel de cuyo nombre no quiero acordarme a la cabeza de la quinta de la novia cuentan que subió al escenario para pregonar lo evidente, empezaba lo bueno, y se abría el concurso habitual de tales noches en el que se iba a elegir no a la reina del baile, eso solo pasaba en la películas, no en la vida real,  si no al más feo del baile.

En cualquier caso, no era necesario correr apuntarse pues todos santos varones asistentes, con especial atención a los solterones en la senda de llegar a mozo viejos estaban apuntados. Puestas las miras en todos y cada uno de ellos del primero al último, todos los hombres entraban a forma parte del concurso. Supongo que a continuación la banda de música, que tampoco sería de muy lejos, atacaría sin piedad el éxito de aquellos años de Los Sirex, “Que se mueran los feos”. Y la noche siguió.

Ya camino del alba, con la pista y el cielo echando a clarear, los mozos del pueblo subieron de nuevo al escenario tras deliberar un buen rato cuando ya era evidente que el sol se les echaba encima y los gatos dejaban de ser pardos, al ver que los de Calamocha optaban por volver a casa subieron por fin para hacer público el resultado, y asi proclamar ganador al más feo entre los feos de entre los asistentes al baile.

Tras reconocer y hacerse de rogar que la cosa había estado reñida y que no había sido nada fácil optaron por hacer público y notorio el nombre de campeón de los feos, y del subcampeón, pues tan reñida como había estado la cosa no bastaba con uno. Y ese fue el error y de ahí vino el problema.

Con el fallo del jurado se desato el escándalo en cuanto que el pariente supo que le habían dado el segundo premio no le sentó nada bien.

Alto fuerte y formal, sonriente y animador total de la pista de baile el pariente alzo la mano y pidió subir al escenario cuando supo que le había ganado un mozo del pueblo, el cual ya estaba sobre el escenario disfrutando de las mieles del éxito. Cuentan que no hubo forma de pararlo, nadie quería líos de entre sus amigos y menos en un pueblo que no era el suyo, pero no pudieron sujetarlo, y así consiguió por fin llegar, subir al entablado y ante el silencio se coloco a la par del ganador y dirigiéndose al público y en especial al jurado pidió que los mirasen bien a los dos,  y pregunto si estaban seguros de lo que veían y creían haber visto, asegurando que allí sin duda alunga el más feo de entre los feos era el, y que bien entendía que tal vez al no ser del pueblo no le diesen el primer premio pero que no había duda de que allí el mas feo, era el de Calamocha, bajo los focos insistió y concluyo “Si no hubiese estado seguro de ganar ya me habría marchado a casa”

Y fue así como al hacerse de día consiguió callar y acobardar a todo un pueblo y al mismo tiempo ser coronado como ganador moral, la razón estaba de su parte.

Fue una noche épica sin duda y todo un triunfo para la familia, una muestra total de competitividad, un “no dejarse” llevado hasta el extremo, una lucha denodada por hacer prevalecer la verdad de uno.Pero, ¿Mereció la pena?


sábado, 9 de febrero de 2019

Rita Marindo. Entre el Jiloca y el rio Grande.


Amanecía
Por las calles desiertas de San Miguel del Milagro una que otra mujer enrebozada caminaba rumbo a la iglesia, a los llamados de la primera misa. Algunas más, barrían las polvorientas calles.
Lejano, tan lejos que no se percibían sus palabras, se oía el clamor de un pregonero.

JUAN RULFO, El gallo de oro
Anda ahora Rita Marindo (Creaciones Nómadas) por la tierra que vivió Frida Khalo, cantó Chavela Vargas y escribió Juan Rulfo, por el México de los olvidados Buñuel y Silvia Pinal, a caballo en el rio Jiloca y el rio Grande, ahora su tierra.

México debe ser un lugar mágnifico para vivir, una Calamocha infinita y sin fin entre el sol naciente de la Dehesa y la caida de la noche por Santa Barbara. Tierra de paso, de luz y de reflejos, de colores pálidos y sencillos, como bien se pueden observar en sus cuadros, colores a veces también rojizos, fuertes,vivos, mas cuando reflejan el corazón entre dos tierras. Cuadro que ahora preside y cuelga en casa un improvisado altar al que dar gracias cada mañana por volver a ver la luz.

Ojos, peces, trazos de cuerpos y formas por descubrir, miradas cómplices, inevitable sentirte reflejados en ellos, su pintura de frente te absorbe sin esfuerzo, debes dedicarle tan solo un instante. “Aquí hay otro corazón” dicen mis hijas al mirar uno de los cuadros, cierto digo al descubrirlo por primera vez. La mujer como centro, los peces, los pájaros, las flores, los animales, insectos, lo real y lo soñado. Plasmarlo no debe ser fácil, contar historias a través de la pintura no siempre se consigue, pero ella lo logra de un modo magnífico.

No todos vemos lo mismo al ver un cuadro, una obra por primera vez cara a cara, mas allá de lo visto a través de su Facebook, tenerlo entre tus manos, poder verlo a la luz natural es diferente, no todos veremos lo mismo, pero si todos sabemos casi a primera vista apreciar cuando algo es bonito y merece la pena, y la pintura de Rita Marindo, ciertamente lo es. Tal vez sea tan solo un pequeño lujo para México pero para Calamocha sin duda se convierte en un lujo inmenso.

Rita ahora esta en México, trabajando y aprendiendo de los mejores orfebres, jugando hoy con la plata, mañana con los ópalos, con todo aquello susceptible de ser plasmado en arte. A mi mujer y mis hijas les encanta lo que hace, yo, tal vez celoso de no tener nada, no iba a ser menos, así que el pasado noviembre en la feria de Calamocha con los cuadros que ahora ya enmarcados cuelgan en casa.

Ayer cuando fui a recogerlos a la tienda de marcos, aquí en Vall de Uxó, las mujeres que llevan el establecimiento, me dijeron: “Los hemos tenido colgados, expuestos, por que son realmente preciosos” y ellas si que saben de lo que hablan.

Rita ahora esta en México y nosotros nos quedamos como huérfanos esperando su vuelta, sin embargo, sabemos que necesita estar allí y que su obra sin duda se engrandece en aquel inmenso país.

Recuerdos y suerte















sábado, 2 de febrero de 2019

Desolación (Despoblación)

Érase una vez, hace muchísimos años, concretamente en mayo de 1976, en apariencia escaso tiempo para una vida, pero en realidad una eternidad para ese pequeño mundo al que me asomaba. Cuando a través de la puerta de casa miraba a la calle y el Barrio de las Escuelas aparecía ante mí en toda su magnitud tan gigantesco como eterno.

Pero ¡cuán equivocado estaba! me doy cuenta hoy. Que pequeño y frágil era, no yo, que seguí creciendo gracias a dios y a la suerte a partes iguales que de mí no se olvidaron, como si parece que lo hicieron con mi calle, mi Barrio, mi pueblo, se olvidaron tanto dios como la suerte. Otros ya lo vieron antes que nosotros, pero no les creímos, vieron a sus barrios nacer, vivir y desaparecer, morir en ellos la esencia de la vida que fue.

Cuando comulgues llegaras a tocar el timbre”, era algo que mi padre me había dicho tiempo atrás al verme asomado en la puerta de casa como miraba la vida pasar, cuando esta lo hacía a raudales, y trataba en vano de alcanzarlo y hacerlo sonar, vida en todas las direcciones allá donde mirase, una vida tranquila pero incesante, de gente andando de aquí para allá, a comprar, a lavar al rio, a por agua a la fuente del bosque, a dar vuelta de uno o de otro que se asomaba ya a la Cañadilla a causa de la edad, de otro que por el contrario llegaba, de civiles en pareja y solos, de sus mujeres, tímidas y sonrientes, asomándose a saludar por primera vez a un Barrio que les daba la bienvenida al Rabal y a Calamocha entera, de unos pocos coches, de muchos tractores, de tardanas caballerías y alguna oveja, muchas, tras el pastor, gayata, manta, morral y perro, y hasta vacas que apenas sabían andar camino del toro, y tocinas que salían de la corte y enjauladas las llevaban al barraco, y los camiones que subían y bajaban a la tierra heladora de la llanura de Gallocanta, vida de los zagales a las nueve, a la una, a las tres y a las cinco, ir y venir puntuales a unas escuelas rebosantes de esperanza en forma de pequeñas vidas que se abrían paso entre risas, deberes y letras, al autobús de Tornos y Bello puntual cada día en su paso a eso de las seis menos cuarto. Me aúpe sobre mis pies y de puntillas fui feliz cuando por fin pude tocar un timbre que cuando alguien lo hacía sonar conocido era, había un extraño a la puerta pues nadie lo usaba.

Pero qué sentido tenía querer alcanzarlo, querer tocar el timbre si esa y todas las puertas mirases donde mirases estaban siempre abiertas de par en par a todo el mundo de vida desbordas.

Hoy no son los recuerdos y su manifiesta subjetividad de aquel tiempo pasado indudablemente mejor para todos nosotros, la calle, el Barrio, el pueblo. Hoy día lo que ronda por mi cabeza son los objetivos y fríos números, en el momento en el que hace unos días, concretamente, el verano pasado me asome a esa misma puerta más de cuarenta años después y eche cuentas.

Cuentas de cuantos vivíamos allí aquel día de 1976 y cuantos lo hacen hoy, cuantas casas abiertas, cuantas cerradas. Despoblación lo llaman y no mienten, una palabra hoy tan de moda que realmente no queremos darnos cuentas que en nuestra vida ha estado  eternamente de moda, no nos engañemos, muchos de nuestros abuelos ya venían de otros pueblos más pequeños a otro más grande en busca de un jornal mejor, y a su vez nuestros padres ya nos contaron lo que vieron: unas quintas, las suyas, inmensas en comparación con las nuestras es lo que vivieron, quintas de las que apenas quedaba ya nadie en el pueblo cuando se hicieron mayores, ellos vieron a la gente joparse cansada de muchas cosas como de mirar al cielo, del frio en primavera y del granizo los días de siega, muerte segura de la cosecha, sin alcanzar a explicarse por qué ellos no lo hicieron, porque no se fueron. Joparse camino de la ciudad donde nadie mira al cielo donde el tiempo no cuenta.



No contare recuerdos, contare números, personas, puertas, casas, fuegos apagados, y lo haré en un día frio de invierno como hoy con el cielo cubierto, nevusquea me ha dicho hace un rato Blasco camino de la hoguera de San Antón. Salir a la calle una tarde como hoy significaba sentir como el frio moría en cada casa con su estufa encendida y el humo, ¡bendito humo! se olía por todos los rincones y te ensanchaba los pulmones con su calor. Había vida. Leña, sarmientos, troncos y ramas de los ribazos de medianiles y lindes que nunca dieron fruto y carbón que nos subían de esos pueblos de Teruel que teníamos por ricos.

Al acabar el jaleo se fue construyendo casa a casa el Barrio, sepultando las eras, la vega y la tierra y asi familia tras familia comenzaron a vivir allí, primer lo hicieron nuestros abuelos luego sus hijos, nuestros padres, y más tarde nosotros sus nietos ya en esa fecha de 1976. Hoy la esperanza de vida en España ronda los 83 años, esa es ni más ni menos la edad del Barrio, su fin está ahí.

Aquel día de 1976 tras la puerta de casa vivíamos 6 personas, hoy tan solo mis padres siguen allí, dos personas rondando esos 83 años de esperanza y día a día tratan de mantener la puerta abierta. De seis vidas a dos, el resto de las casas igual o peor, hay puertas cerradas. Muchas.

Cara Santa Barbara, donde dirigíamos la mirada cada vez que tratábamos de adivinar el tiempo o embobados veíamos el rojo anochecer de los días de verano, el cielo más bonito que jamás haya visto, se encontraban las casas de los maestros, construidas en los cincuenta, cuatro porches, ocho casas, otras tantas puertas y en aquel año contando por lo bajo daban cobijo a veinte personas. Hoy siete de sus ocho puertas están cerradas y tan solo viven dos.

Justo en frente al otro lado, tierra de nadie se levantó el Cuartel por esos mismos años cincuenta, y ¿cuánta gente vivía allí?, ¿cuántas viviendas cobijaba?, siempre fue un misterio para un niño como yo, imposible contar a tanta familia y a tanta chiquillería como iba y venía, las ventanas siempre llenas de luz, todas iguales, no dejaban adivinar nada, vivienda tras vivienda, mares de ropa tendida, ropa helada de quienes recién llegados a Calamocha veían en el sol del invierno la luz divina de su Andalucía. Su patio siempre lleno de niños jugando, gritos y vida hasta las ocho, la hora de arriar la bandera, cerrar las puertas y recluirse en su amurallado interior. En cualquier caso, no los contare.

De vuelta cara el Rabal vivían Gargallo y la Moracha, en una isla en medio de la nada, con solares unos aun por construir y otros que se levantarían en los ochenta. Su puerta lleva años, décadas, cerrada.

Justo en el centro del Barrio estaba el horno de la Tía Amparo donde ya se había dejado de masar el pan tiempo atrás, aún en aquellos días Paquito Ateza con la furgoneta lo traía al Barrio día a día y le era necesario parar tres veces de tanta gente como había, horno aquel que aún se conservaba como si de un día a otro fuese de nuevo a ponerse en marcha, en verano su fresco lo convertían en un cómodo refugio. Allí vivía Pilar la Bota y su familia, cuatro en total durante todo el año, más los días de verano la Tía Amparo y alguna de sus hijas llegaban de veraneo. Hoy con otros protagonistas la puerta sigue abierta. Cuatro.

Y calle arriba hacia la esquina de Inocencio, a quien no contaremos al mirar su portal al Rabal, nos quedaremos en casa de Valero, hogar de las bicicletas, 4 puertas al menos, con doce personas tras ellas.

De vuelta a casa desde Máximo al portal donde me asome aquel día de 1976, seis puertas abiertas dando cobijo a no menos de 25 personas.

Aquel día del siglo pasado, hace mas de cuarenta años vivíamos en el Barrio 70 personas.

Hoy la vida tan solo pasa por entre aquellas puertas y calle, a veces supongo que ni eso, los inviernos deben ser eternos, ni una alma caminando, tan solo coches, siempre fue una calle de paso, demasiados coches, un peligro para las personas mayores sin aceras donde buscar refugio y coches con prisa por llegar a quien sabe donde, en verano como todo, la vida cambia, la calle se convierte en un parquin y te lleva a no reconocerla.

Conte este pasado verano del 2018 las puertas abiertas, y las personas que hoy viven, aun después se construyó alguna casa como la de Aurelio, y luego la de Carlos, Feliciano y Jose Luis, pero los números te llevan a la desolación más absoluta, hoy viven tan solo 22 personas.

En cuarenta años el Barrio ha perdido el 70 por ciento de su población.

Despoblación llaman hoy a tal desolación como uno puede percibir. Morir para contarlo


Formula de la Desolación:

Puede parecer un cuento, pero no lo es. No es un cuento chino, ni un cuento de Calleja, ni fallan las cuentas.

Lo contado en el blog, os será fácil comprobarlo, quien quiera que cuente y aplique después la fórmula de la desolación a su calle a su barrio a su pueblo, dará lo mismo. Resultado: Despoblación.

Ya me contareis a cuanto alcanza vuestro grado de desolación vital, el mío ya va por el 70 por ciento.

sábado, 12 de enero de 2019

Una artesa, una maleta de madera y un colchón.

Fue a mediados de 1974 cuando Pablo Albajez Foz se jubiló y cerro la herrería de La Portellada. Tal cual la dejo sigue todo y sobre la fragua aun cuelga el calendario laboral de aquel año a caballo entre el blanco y negro y el color, entre las caballerías y los tractores, el momento adecuado para dejarlo sin más. La vida en un instante.

Había nacido en 1909, así que su vida como la que vivieron mis abuelos fue prácticamente la misma, salvo por el hecho del que por el pueblo de mis abuelos Torrijo del Campo el uno  y Calamocha el otro pasaba la vida en forma de rio, el "Giloca". Un milagro tras otro, sobrevivir para contarlo es el resumen de sus vidas, y fue tanto una proeza como una cuestión de suerte vivir para alcanzar a jubilarse algo prácticamente increíble para ellos, dejar de trabajar y cobrar del gobierno. Con lo poco de fiar que fueron a lo largo de sus vidas los gobiernos que pacientemente soportaron, parecía difícil de creer vivir sin trabajar.

Pablo, nuestro primer protagonista llegada la edad y a falta de padrino fue llamado a quintas y el bombo le deparo en suerte salir de su entonces tan pobre tierra como hoy rica con destino a Valencia, concretamente a la ciudad de Manises, donde la incipiente aviación daba sus primeros pasos. Allí, herrero de profesión no le falto trabajo, entre esos aviones que hoy a vista de fotografía bien parecen de hierro forjados, instrucción, guardias, imaginarias. Era todo un manitas, y buen trabajador así que pudo aprender cuanto quiso y en los ratos libres en talleres, del arte del escaqueo en la mili nadie está libre y aun sin querer se aprende, se dedicó hacer relojes para toda la familia aprovechando los aviones desguazados y sus múltiples indicadores, aun hoy cuelgan de las paredes y siguen dando la hora puntualmente.

De paseo por Manises los ratos perdidos siguiendo los pasos igualmente perdidos de los veteranos recorrió los mismos lugares que todas aquellas quintas que le habían precedido y así apareció un buen día por una destartalada paraeta, una pequeña tienda a punto de hundirse en todos los aspectos a pesar de su buena salud, con cuatro chucherías y media docena de tonterías de esas tan necesarias para los soldados del próximo cuartel de aviación. A buen seguro el tendero y él se conocerían al hablar en su lengua materna y menuda sorpresa. El dueño de aquel imperio eternamente al borde del precipicio era el mayor de los hijos de los Senante Alcober de La Codoñera, pueblo que dista de La Portellada apenas unos treinta kilómetros, distancia en aquellos años y tierra cuasi eterna. Y así comenzó la amistad entre el soldado y aquel que había emigrado en busca de vida, de una barraca, de un poco de arroz, del sol y buen tiempo padre y madre de las buenas cosechas.

El soldado Pablo afianzo la amistad con su paisano civil entre martillazos, soldaduras y relojes encontrando tiempo para tener acceso en el cuartel a algo mas que hierro y chatarra. La cocina y el almacén de víveres donde siempre, aunque poco había algo que sacar y acercar a casa del mayor de los Senante Alcober, llena de chiquillos. Escaquearse y conseguir sin duda dos de los pilares que iban unidos a los nobles tiempos en que se daba todo por la patria. En cualquier caso no nos engañemos se daba más de lo que se "recibía".

Acabado el servicio militar Pablo volvió a La Portellada y continuo con su vida en torno a la herrería en aquellos años de fondo, tan en apariencia, interesantes, días de la segunda republica en un lugar tan apartado del mundo como aquel rincón de Teruel. La amistad con la familia Senante Alcober continuaba ahora de pueblo a pueblo.

Y así entre idas y venidas, encontraría a su mujer en Valdeltormo, Flora Albajez, hija creo ahora recordar también de herrero, una forma como otra cualquiera de acabar con la competencia cercana sin hacer mal a nadie. Mientras el amigo desde Manises comenzaba a subir con el camión a por aceite a su pueblo natal, comprar y vender.

Pero un día de esos, día que por alguna extraña razón no se cansan de recordarnos una y otra vez, comenzó el jaleo, en España era sábado, pero allí tan apartados probablemente la cosa empezó el domingo o quien sabe si el lunes, y si, tal vez aquello se veía venir, pero cayo de golpe y porrazo un dieciocho de julio como otro cualquiera, el calor era lo de menos. Y aquella tan pobre como maravillosa tierra se vio castigada y ¡de qué manera! Cuanto mas pobre se es, peor para todo. Para uno hacerse una idea de cómo fueron aquellos días en esos maravillosos pueblos del Teruel mes cariños del mon baste leer La Casa del Sabinet, de Pedro J. Bel Caldú, natural de Fórnoles. El purgatorio en la tierra.

Y es ahora cuando en la historia, que tras escucharla una vez más hoy día de Reyes me decido por fin a escribir por temor a que sea olvidada y a que las muchas versiones que ya voy escuchando con el paso de los años me hagan dudar de todo, aparece el verdadero protagonista de esta historia hecha recuerdo, Don Antonio Senante Alcober, mosén, cura, escolapio, rector, muchísimas cosas a la vez, quien nació en La Codoñera en 1903, hermano de aquel tendero de Manises que dio en conocer el soldado Pablo mientras cumplía con la patria.

Aunque pueda parecer una contradicción, lo mejor para conocer la vida del padre Senante sea leer un extracto de la necrológica que con motivo de su muerte publico Jesús Lopez Medel en el Diario ABC el lunes 29 de enero de 1996

Padre Antonio Senante

El pasado lunes 22 de enero falleció en Zaragoza el padre Antonio Senante, Escolapio nacido en 1903, y perteneciente, por tanto, a la generación sacerdotal del 27, como monseñor Tarancón, don Casimiro Morcillo, el padre Llanos, el padre Aguilar, el beato Escrivá, el cardenal Bueno Monreal, etc

El padre Senante, licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Zaragoza había estado en los colegios de Peralta, Logroño, Alcañiz y Calasancio y fundador del de Soria. Hablaba y enseñaba varias lenguas. Explico geografía, latín, historia.

Fue preceptor en el colegio de Escolapios de Daroca, de Antonio Mingote, quien paso la infancia primera en Daroca. Mingote y el padre Senante mantuvieron una relación de mutua compresión y gratitud. El padre Senante, como iniciador, promotor, profesor y amigo de Mingote, guardaba los dibujos de este, como si fueran "hijos" suyos. No fue al azar, o casual, este magisterio sobre Mingote, porque de la mano del Escolapio salieron otros pintores y escultores aragoneses famosos.

Fue capellán de las Madres Dominicas de Daroca cuando estaba de novicia "Sor Teresita del Niño Jesús" religiosa navarra, hoy en proceso de Beatificación.

El padre Senante, a sus 92 años, seguía celebrando misa, "haciendo" y contando chistes. Llevando la alegría a sus exalumnos. Y cantando jotas. En la pasada navidad, una gripe le llevo a un estado senil y angelical: hablaba y hablaba de Dios, de sus ex alumnos de sus hermanos sacerdotes.


A nuestro ensotado protagonista la guerra le pillo en casa a caballo entre Alcañiz y La Codoñera, y como en casa, ya se sabe, en ningún sitio, si ha de venir una guerra, sin duda que nos pille en casa y no en ningún otro lado. Sin embargo, fue mala suerte para él y para tantos otros y sin duda, lo peor que le podía pasar pues aquella zona se mantuvo fiel a la diosa república, a la utopía.  Y para alguien que como el que siempre vistió una sotana raída, los días que llegaban no parecían demasiado alentadores, sotana la cual debió correr a guardar a la espera de tiempos mejores.

Me contaba Miguel, de quien luego hablare, mientras comíamos en L´Arrosseria del amigo Sergio aquí en la calle San Vicente de Castellón hoy día de Reyes, una vez más la historia de lo que vino a continuación a propósito del padre Senante, y que yo recordaba de otra forma, con otros detalles, pero que en el fondo ya da lo mismo por que a uno la vida se le va en un instante, y al padre Senante, ese instante le llegaría allí entre su gente "republicana" de toda la vida metida de lleno en la vorágine de la guerra dispuestos arreglar el mundo comenzando por Teruel, porque Teruel, todo sea dicho de paso tradicionalmente siempre se queda atrás, siempre pierde el tren, y aquella ocasión no querían perderlo, querían cambiar la historia y ponerse a la cabeza en este caso de la utopía.



Pablo Albajez volvió a ser soldado, "republicano convencido" como vecino de La Portellada, baste ver el grafiti de la fragua, "Viva la Republica", no era cuestión de que alguien pudiese dudar ni de él ni de nadie de su alrededor, si la tierra era republicana ellos también lo eran, y la bata de proletario de toda la vida como primer uniforme no deja duda alguna de su revolucionaria forma de pensar, si bien no era tonto y no se fue a la guerra hasta que no tuvo mas remedio que ir de invitado, esto es, por obligación.

Feliz parece en la foto, felices los dos y muy probablemente convencidos del triunfo final, remendando material de guerra sin parar, gran fotógrafo sin duda, y ya eran menester ganas para ir tirando fotos que no tiros por aquel recóndito Teruel, aquel que disparo la cámara, un artista. Si las fotos hablasen, nos dirían que en ese momento a Pablo lo único que le preocupaba era como ayudar, que hacer en suma con su amigo el padre Senante. Construir un agujero tras el fuego de la fragua era ya la única solución que veían, y en ello andaban cuando apareció el artista dispuesto a retratarlos, un lugar seguro donde refugiar al cura cercado por los "suyos" dispuestos los muy leales a hacer méritos frente al salvador ejercito llegado de Barcelona dueño y señor de aquellas tierras destinadas a ser las primeras en alcanzar la gloria de la utopía.

Recuerda Miguel el punto final de aquella historia justo en el momento en el cual en La Codoñera fueron en busca del "saco de carbón" con el fin de llevárselo, darle matarile y dejarlo tirado en una cuneta como si tal fuese un saco de carbón caído de un camión a la espera de ver quien se acercaba a recoger tan preciado botín. Alguien sabia que ese día el padre Senante andaba escondido en la casa familiar, la casa de sus padres y ahí fueron a buscarlo. Y con el tiempo justo se enteraron, tan justo que no había lugar donde esconderse que no fuera a ser descubierto, con lo cual, despedirse era ya lo único sensato que se podía hacer, ni aun tiempo para rezar había, pues pondrían la casa patas arriba y lo encontrarían. Ya estaban en la puerta de casa los que venían a buscarlo cuando a la familia lo único que se les ocurrió, como en un mal chiste de humor negro, fruto de la desesperación fue esconderlo en una artesa del patio de entrada a la vista de todos. Y allí se metió pensando en buena lógica que ya tenia hasta el ataúd para subir al cielo.

No fue cosa de un rato si no de toda una vida, los rebuscadores llegaron y dejaron sus trastos sobre la artesa, junto a la entrada de la casa, allí se instalaron y allí hablaron y decidieron que hacer mientras iban y venían. No dejaron títere con cabeza, lo revolvieron todo, la casa patas arriba y las de al lado también por si se había escapado por los tejados o quien sabe si por las gateras, gritos y carreras de un lado a otro, juramentos y "mecagoendios traer al saco carbón que está aquí" por parte de los iluminados cabecillas.
Pero el saco carbón, que lo vio y escucho todo, no apareció. Nadie miro en la artesa que tenian a sus pies, mientras pacientemente esperaba el final. "Sal de una vez tan solo queremos que puedas ir al cielo y ser feliz"

Termina Miguel esta parte de la historia con el convencimiento de que aquello fue obra de dios, pues tan a la vista como estaba resulta imposible que nadie reparara en abrir la artesa, donde, aunque a duras penas, bien cabía una persona. También piensa Miguel, que simplemente nadie de entre quienes fueron a buscarlo y debían mirar, miro en la artesa porque todos sabían que estaba allí y allí querían que siguiera. No recuerda que ocurrió después, ni como cruzaría las líneas camino de la zona nacional en busca de libertad, tal vez termino en Calamocha, andado las noches como ocurre con los protagonistas del libro de Pedro J Bel Caldú, en su huida desde aquella tierra al frente de Portalrubio y de allí a un lugar seguro y como dios manda: Calamocha, después Zaragoza.

Y ¿quién es Miguel?, la persona que todo esto recuerda y que ya tiene más de ochenta años, y tantas veces nos ha hablado del padre Senante y contado mil y una anécdotas suyas, unas vividas junto a él, otras escuchadas a sus mismos protagonistas.

Miguel fue el único hijo del matrimonio tal vez oficiado en su día por el padre Senante entre Pablo el herrero de La Portellada y Flora de Valdeltormo. A quien eso de la fragua, el humo, los martillazos, no le gustaban gota, vamos que no pisaba la herrería ni poco ni mucho para desesperación de su padre que veía en el zagal el fin de sus días, sin oficio ni beneficio preocupado por quien iba a heredar un oficio como aquel heredado a su vez de sus abuelos. Eso de trabajar parecía no ir con él crio, en cambio resultaba aplicado en la escuela.

El padre Senante entre idas y venidas atento a todo, se dio cuenta y espero pacientemente a que el pequeño Miguel cumpliese los catorce años y terminase la escuela, y sin más se presentó aquel verano como venía haciendo todos en la casa de La Portellada a dar vuelta de la familia más que de los amigos y les dijo a Pablo y Flora que le comprasen al mozo una maleta de madera y un colchón y que llegado septiembre volvería y se lo llevaría con él para que viese mundo y aprendiese, y asi en adelante donde fuera uno iría el otro, uno enseñando y otro aprendiendo. Y qué otra cosa se podía hacer en aquella tierra sino emigrar o cuando menos salir a estudiar. Pablo comprendió que la marcha del hijo sería el final de un modo de vida que muy probablemente ya no llevaba a ningún sitio, mientras Flora pensaba que tal vez dios le diese un hijo cura de modo y manera que tenía más que segura la salvación.  Si se me hace cura, te sacare de la artesa, le debió decir cariñosamente Pablo cuando los vio marchar, mientras el padre Senante se despedía con un irónico "será lo que dios quiera", y Miguel demasiado pequeño para hablar, pensaba, "hare lo que me de la gana", como así fue. El caso es que permanecieron juntos de una u otra forma el resto de sus días que fueron muchos.

Miguel creció y aprendió junto al padre Senante de internado en internado arrastrando la maleta y el colchón de uno a otro. Primero Alcañiz, después Soria y finalmente Zaragoza. Nada dotado en este caso para las artes ni oficios, ni aun las simples manualidades, ni dibujo, ni escultura, ni aun fotografía, otra de las pasiones del padre Senante, Miguel sin embargo destaco en las ciencias, los números eran los suyo amen de cantar jotas.

Allí en Soria se saco el titulo de Magisterio a indicaciones del padre Senante, de modo que a la mañana del día siguiente en que le dieron el titulo comenzó a dar clase en los escolapios. Pero en el aula no todo eran números y aunque no era como estar en la fragua, se aburría, de modo que entre uno y otro encontraron la solución en preparar las oposiciones de entrada en la Caja de Ahorros de Soria. Por supuesto aprobó. Dios estaba de su parte.

Comenzó entonces a trabajar en la Caja por las mañanas y también algunas tardes en las que recorría los pueblos de Soria ejerciendo de comercial en busca del dinero que había bajo los colchones con especial atención a las artesas, las tardes que tenia libres el padre Senante no dudaba en invitarle a dar clase de repaso en el internado donde seguía viviendo a cuerpo de rey año tras año.

Aquellos días de Soria acabaron para ambos cuando al padre Senante lo trasladaron a Zaragoza y misteriosamente a Miguel también. El padre había hablado previamente con el señor Sinués, y ¡que no haría por Miguel!, para que le buscase un soriano en Zaragoza dispuesto a marchar a su tierra y así cambiarse uno por otro, y de tal modo ambos llegaron al charco de donde ya no se moverían ni uno ni otro.

Y se aposentaron en el Calasancio de la calle Sevilla donde Miguel vuelta a empezar por la mañana a trabajar en la caja y por las tardes a dar clases y después de cenar hacer la primera imaginaria hasta dejarlos a todos acostados y en perfecto estado de revista las instalaciones. Seguía viviendo a cuerpo de rey, pero todo cansa. Un día se armo de valor, y le dijo al padre Senante que dejaba el internado y las clases y se marchaba a una pensión en la calle Mayor de buena reputación a la que le había echado el ojo.  Necesitaba tiempo, espacio y alejarse de tanta sotana y santo varón, si bien el padre le dijo "no te pienses que por irte a otra parte me voy a olvidar de ti o te vas a olvidar de mi". Del todo imposible.

Allí conoció a Gloria su mujer, hija de un hombre de los de antes, Don Paulino, uno de esos hombres que solo el "Giloca" pudo dar, de tan múltiples oficios conocidos como desconocidos, emprendedor, tratante, echado para adelante, lo que fuera menester y ande fuese ir, sol y sombra, soldado del bando nacional encargado de la conquista del Bajo Aragón, a quien ahora se la iban a devolver, del Poyo y del Cid nada más y nada menos al mando en ese momento de la pensión, Miguel lo mismo que hizo su padre años atrás, Pablo al casar con la hija del herrero de Valdeltormo y así terminar con la competencia, saco cuentas y pensó que casándose con la hija del dueño la pensión seria gratis. Pensado y hecho llamo al padre Senante y oficio la boda. Luego llegarían los bautizos, las comuniones y ahí estaba siempre el cura de la artesa para oficiar, contar chistes, cantar jotas y de paso charrar en su lengua materna con el que para el era como "su hijo".

Recuerdan que el padre Senante era extraordinario en todo, dibujante, pintor, fotógrafo, conversador, contador de chistes, jotero, siempre el primero para todo. Una vez "retirado" visitaba con frecuencia la casa de Miguel, la calle Mayor, ya se sabe, a un paso del Pilar hizo que se viesen un día si otro también, y los domingos a comer y recordar. Mientras los días de hacienda pasaba para ayudar en los deberes a Raquel y Mayte, las hijas de Gloria y Miguel. Recuerda Raquel que venia dispuesto a comerse el mundo y ayudar en las tareas de la escuela pero antes se sentaba en el sofá y de allí no se movía sin parar de hablar, mientras tomaba un café con leche y madalenas, y cantaba las excelencias de las madalenas a la hora de acompañar el café con leche, aseguraba que no había manjar igual, mientras Gloria le recriminaba que solo daba faena, que no ayuda nada y que con tanto hablar sus hijas no podían hacer los deberes y cuando fueran mayores el ya no estaría para hacer favores, y lo remataba con la cantinela de siempre "y a usted no le da vergüenza salir a la calle con una sotana tan raída, como es posible que le dejen salir con semejante saya". A lo cual el padre día tras día respondía, que a su edad, si de joven no lo habían hecho nadie se iba a fijar en el y que en la residencia eran de su misma opinión la sotana estaba para pegarle fuego, pero el discrepaba. Hacia cuenta de darles la extremaunción a todos y por tanto una tras otra gastar las sotanas que atesoraba en el armario.

Ya en sus últimos días el padre Senante vivio en el Colegio Cristo Rey, de vez en cuando Miguel, quien por aquel tiempo vivía encerrado en su propia artesa dados que año tras año iban a buscarlo los mandamases de traje y corbata y le decían "Señor Miguel, salga y vea mundo, jubílese, es por su bien, queremos que disfrute y sea feliz"   de modo que cada dos de enero era destinado a una nueva sucursal como un simple cajero, igual que hiciera el de la sotana Miguel no salió hasta verse a salvo cumplidos los 65 años, un héroe para sus compañeros que lo despidieron con honores. Miguel se pasaba a ver al padre Senante y cuando al de la saya raída se le hacia el rato tan largo como el pasado en la artesa lo llamaba por teléfono y le decía: "Miguel vendrás a por mí, y me sacaras de aquí, me llevaras al Pilar". Y Miguel acudía a su llamada y lo llevaba a la basílica.

El padre Senante decía que al Pilar había que ir a dar las gracias, no a pedir, que tanta gente como iba y pedía era imposible que fuese atendida por dios, mientras que dando las gracias es más fácil llegar a él.

Gracias