sábado, 27 de febrero de 2021

Nunca

Aland Ladd era el actor preferido de mi padre y este solía decir cuando leíamos su nombre en los créditos iniciales que ninguna película en la que actuase podía ser mala. Menos aún una obra maestra como Raíces Profundas. En ella el rubio actor al marcharse del rancho obligado por las circunstancias a la pregunta de la mujer protagonista “¿no volveremos a verte nunca?” responde: “nunca es demasiado tiempo”.

Ha llegado febrero dejando atrás el frío y situándonos a nosotros mismos en apariencia en medio de la nada. Mes de obligado paso hacia el sol primaveral y el esperado renacer de la vida. Ecuador del año sanroquero a seis meses del pasado agosto y del venidero ¡Queda hoy todo tan lejos!

Tan lejos que el pasado y el futuro convierten el gris presente en un camino yermo de tránsito obligado y terrible. De zancadas minúsculas y cansadas del que a escape y en vano queremos jopar. Por más que corramos no avanzamos y nos llega a parecer que no hay final ni descanso. Ni más aliciente que el ver acabar la pandemia. Lo cual ciertamente sucederá, ¿pero cuando? Triste consuelo este pues no sabemos la fecha. Lo mismo les ocurrió a quienes nos precedieron y vivieron la peste de finales del siglo XIX y la gripe española de comienzos del XX ¿Quién iba a pensar que padeceríamos y nos sentiríamos como ellos? Dichoso patrón San Roque ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Nos preguntamos a diario quienes aún tenemos fe en ti. ¡Tambores, carracas, matracas, los santos encerrados, guardados y sordos a cuanto nos ocurre! Ansiamos ver el final y poder volver.

Sin apenas recuerdos de la Calamocha del pasado año, sin fotos que volver a mirar, consciente de los saludos perdidos e igualmente de las conversaciones que ya nunca tendrán lugar. Caras que ya no encontraré, sonrisas perdidas, abrazos imposibles ausentes todos los besos del mundo. Sin poder acercarme a dar vuelta de nada ni de nadie. Ni de la casa donde nací ni del cementerio donde mi padre espera. Meses convertidos en años, horas en días. Un año que serán dos si no tres y el número de contagios publicado a diario a media tarde dando fe de que el pueblo se desangra.



Supongo lejos de ser el único calamochino de la diáspora, habrá otros muchos en mí misma situación. Alejados del pueblo algunos pasamos los días viendo viejas cintas del oeste tarde tras tarde para olvidar el presente y el futuro más cercano. Y no teniendo pasado reciente como no tenemos todo se complica aún más. En mi caso siento como cada día me distancio un poco más. A veces hasta me olvido de dar vuelta de la red y ver cómo va el pueblo tras el negro enero a pesar de lo mucho que nevó. La radio, la televisión, el comarcal han pasado a un segundo plano y me olvido de llamar a unos y otros. De saludar y de preguntar, “¡Hola! ¿cómo va todo?” Todo porque tengo miedo de escuchar lo que no quiero oír, que uno y otro está contagiado, que anda aquel por Teruel que ayer tarde enterraron a uno más y lo peor de todo que no haga cuenta con volver porque esto no se acaba.

Siento por instantes como me alejo de Calamocha sin importarme y no es así. No quiero que sea así, quiero volver como si nada hubiera sucedido, ¿un imposible? lo sé, pero lo quiero. Que el agua de la Fuente del Bosque, nacimiento de todo lo calamochino, nunca se pudo beber, lo sé, pero la bebi. El caso es que me falta algo y me sobra cansancio. Unos meses más, otro año más de confinamiento y miedo y tal vez habré dejado de ser calamochino, comenzado a olvidar.

Y es que yo, Calamocha, sin ti, en realidad no soy nada y a veces me parece que ya nunca vaya a volver a verte, ¡cuánto te echo de menos!, no verte sonreír, no poder abrazarte. Y aunque ya nada vaya a ser como antes yo quiero volver y caminar entre tus calles y puertas mayormente cerradas. Recordar y dar lugar a nuevos recuerdos que vuelva con los días el futuro a ser lo más parecido posible al pasado. A los días felices que nos diste.

Publicado en El Comarcal del Jiloca 19 febrero 2021 


sábado, 30 de enero de 2021

Una suerte loca

Paso el Tío Vitos a casa de mis abuelos en el Peirón. Era mi padre un crio, lo recordaba a menudo, le tiro mano al porrón, se sentó y a escape comenzó a cascar de lo que traía el tiempo. La boda en segundas nupcias de aquel vecino mozo, viudo y sin hijos con una viuda de la comarca. “Ha tenido una suerte loca, a mi ver ella tiene tres hijos ya criaos, listos para ponerlos a trabajar y aviar la casa. Auge, una suerte loca, y además flamenca”. Pues algo así es lo que nos ha pasado a los nostálgicos amantes de los recuerdos a caballo entre el blanco y negro y el color con la publicación del libro Así en la tierra como en el suelo.

A cualquiera de nosotros los caminos nos llevan antes que a Roma a La Yunta en la provincia de Guadalajara a ribazo de Teruel y Zaragoza. Tierra de Castilla por donde se ponía el sol las tardes de verano cuando los mayores a la fresca nos contaban historias de aquellos lugares de donde unos procedían y otros habían sentido hablar.

La Yunta, en medio tal vez del todo y de la nada, del bullicio y trajín de antaño al silencio de hoy parece encontrarse en un emplazamiento ciertamente privilegiado justo a tiro piedra de Calamocha, Monreal, Daroca y Molina de Aragón, centro mismo por tanto de todo nuestro mundo conocido a la par que desconocido y al cual con la certeza de ver y sentir cosas maravillosas a escape puede uno joparse. Yo lo hare este verano, peregrinare a La Yunta y estaré de vuelta a la hora de la cena, o tal vez me quede allí.

Ha sido tras la lectura llovida del frio cielo castellano de Así en la tierra como en el suelo escrita por José Antonio Floría Martinez (La Yunta 1958) y editada por Círculo Rojo en octubre de 2019 cuando me he dado cuenta que allí en el pueblo donde nació su autor se encuentra la tierra santa mas cercana a todos nosotros, tierra de recuerdo, capital de lo que un día fuimos y vivimos en mayor o menor medida quienes nos hemos hecho mayores sin pretenderlo. Obligada se torna su lectura y visita, el paseo por la calle Cantarranas y el cristo del Guijarro.



Ha escrito José Antonio un libro redondo, maravilloso de principio a fin, balsámico, terapéutico, medicinal. Prácticamente de carácter “bíblico” para todos y cada uno de nosotros que nacimos y vivimos a lo largo de aquella década en cualquier lugar de los nombrados y alrededores. Tenemos en su lectura esa suerte loca de poder vernos reflejados entre sus páginas al cien por cien, su familia como la nuestra, sus vecinos como los nuestros, su tierra, nuestra tierra, sus recuerdos, nuestros recuerdos.

Pero aún hay más, nuestra suerte no acaba ahí. En un montón de breves capítulos, cada uno con un recuerdo y algo más, risas, citas y refranes bajo una escritura magnífica donde tienen cabida de manera magistral todas y cada una de esas palabras que forman parte de nuestro habla más familiar, esas, a todos nos ha pasado, que cuando alguien ajeno aquellas tierras las oye por primera vez te pone cara rara y hasta te acusa de no saber hablar, siendo como hablamos un español tan rico y florido como el que nos enseñaron y se la devuelves con la mayor de las sonrisas y un simple: “búscala en el diccionario”

Lo dicho una suerte loca, José Antonio no solo ha escrito el libro que a muchos de nosotros heridos por las letras y los recuerdos nos hubiera gustado escribir, sino que ha escrito aquel libro que a todos aquellos que vivieron aquellos días cuando el pan tenia corteza y miga y el vino era negro les gustara leer al tiempo que les devolverá la esperanza en ese mundo que no deja de tambalearse a nuestros pies entre baguettes y caldos.


viernes, 1 de enero de 2021

Que estás en el cielo

Van pasando los días y el tiempo, esa gran mentira, ni lo cura todo ni es el olvido, es más, me recuerda a diario que tú que tanto nos enseñaste y nos dio a leer ya no estas entre nosotros. Que te marchaste subiendo a mediados de marzo al último de uno de tus amados trenes esta vez a empujones. Obligado, encañonado por el cruel destino de la guadaña de aquel villano de tu alabada trilogía negra Monsieur Cambremer a propósito de quien un día te comenté: “Don Paco al final de la historia podías desvelar su origen como nacido en Albónica. Seria divertido”. Tu respuesta fue maravillosa: “Por dios Jesús, en Calamocha solo hay buena gente. Un canalla así no puedo hacerlo uno de los nuestros”. Guadaña revestida de pandemia contra la cual luchaste hasta caer derrotado en agosto. Me lo recuerda en especial el teléfono cuando lo enciendo y echo en falta tus correos, mensajes en las redes, consejos, complicidad. Siempre estabas ahí.

Decías Maestro que una novela con ciento y pico páginas bastaba. Pero en cambio de la vida no nos dio tiempo hablar, ¿qué decir de ella en la realidad o en la literatura?, ¿cuándo hay bastante?, tal vez nunca. Te quedaba tanto por escribir, leer y vivir. Te imagino ahora sentado a la diestra de Agapito dispuesto a escuchar las historias que ya no podrás contarnos, para después con calma darte un paseo por el cielo y escribir uno de esos maravillosos libros de viajes que amabas: “¡Sr Rubio! Si usted supiera lo que yo tengo olvidado, ¡menuda novela habría escrito!, por donde quiere que empiece, escuche esta es buena: ¡Hay que joder al mundo y dejarlo contento! Por cierto, ¿por qué ha venido tan pronto? ¿Qué ha sucedido?”

Querido Jon Lauko que estas en los cielos. Te echo de menos yo y unos pocos calamochinos, tal vez muchos. Aquellos que leímos Barrendero Enterrador Ferroviario y aquellos que quisieron leerte y ya no podrán. También se acuerdan de ti en Caminreal ¡cuánto te gustaba escribir de la niñez en el pueblo que tuvo la suerte de verte nacer! Y los de Albarracín, te echan en falta, ¡qué ciudad! Protagonista absoluta de El Jardín de los Naranjos o El Sable de la Dinastía, dos títulos para una misma obra, las editoriales y sus caprichos, escenario de la mejor de tus novelas aunque siempre me decías que preferías la protagonizada por el Nazareno con quien ahora charras en el cielo. Y en San Sebastián, Donostia, ¿pero hay algún lugar donde no te vayan a echar de menos?, Madrid, Estación Paris y ¡cómo no! en tu Barcelona querida ahora huérfana de tu razón, El Parque de Cișmigiu, todas ellas juntas en Cancán.

¿Recuerdas? hablamos en enero y nos deseamos un feliz 2020 por fin pudiste contarme lo que tanto deseabas. “He encontrado editor. Este año volverá a ver la luz Barrendero Enterrador Ferroviario y tú la presentaras en Calamocha y Navarrete”. Y hablamos un buen rato y nos reímos y por fin íbamos a conocernos. Volverías a San Roque y allí estarías con tu laúd para tocar el bolero y yo dispuesto a presentar la mejor novela posible y te dije “La presentaremos en el cementerio un atardecer al caer el sol y si nos los prohíben nos iremos al Amariello con la familia de Agapito, (“Saltaremos la tapia, te apresuraste a contestar, nos situaremos al margen. Calamocha nos pertenece”)”. “Calamocha es la excusa para todo” dijiste una vez en la televisión local, te hacía sentir bien, como a mí y a tantos otros, el pensar que un día fueses a volver.

Y comencé a releer la novela y aun la tengo sobre la mesa. Al no saber de ti te llame y tenías el teléfono apagado. Luego tu hija Gabriela me fue contando lo que no quería oír, que estabas escribiendo tus últimas páginas, difuminándote como en uno de tus dibujos, que te jopabas para siempre. Querido Maestro, nos vemos en el cielo. 


(Autorretrato)

A Jon Lauko, seudónimo de Francisco Rubio Montaner,

(Caminreal 1948- Barcelona 2020)

 

 

viernes, 4 de diciembre de 2020

Entre el frio y la soledad

Dicen en el pueblo, da lo mismo en cual que a uno y otro lado del país surcado por el Jiloca se oye por estas fechas la misma cantilena: “En los inviernos de hoy no hace el frio de antes”, de modo que ya no es menester asomarse a la calle antes de echarse al catre y mirar al cielo pues ya no caen aquellos hielos que lo dejaban todo pardina. Uno puede dormir tranquilo, demasiado incluso. En el caso concreto de Calamocha todo parece indicar que jamás se helara el Santo Cristo. En cambio, a falta de frio la soledad revestida de tristeza lo envuelve todo.

Si se pudiera medir dicha soledad más allá del típico ¿cuántos quedáis en el pueblo en invierno? Esta marcaría un nuevo y triste récord cada año. Del calor y el bullicio del verano a la nada. La vida y la muerte propia y de nuestra tierra en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, si a uno le dan a elegir entre el frio de cuando en Calamocha había tan sólo dos estaciones, la de tren y la del invierno y en la mayoría de los pueblos solo esta última, entre el frio o la soledad, ¿qué elegir? Días llevo tratando de contestar y no lo tengo claro. Culpa en parte de Sara Beltrán quien desde Radio Calamocha me recomendó la lectura de las brillantes páginas escritas por David Izquierdo Marin con Ojos Negros como protagonista de fondo. Ha sido llegar el fresco acordarme de sus libros y leerlos uno tras otro, un total de tres.




Los días y el halcón, Los radios de la bicicleta y En un palmo de tierra, conforman por orden de lectura la trilogía. Si el maestro Jon Lauko decía que para una novela con ciento y pico páginas era suficiente aquí tenemos tres sobrados ejemplos, no es necesario escribir más, aunque nos sepan a poco, además nosotros los de pueblo jugamos con ventaja pues todo cuanto leemos de un modo u otro lo hemos vivido y lo estamos sufriendo. El vendaval de recuerdos y escalofríos que nos va a producir te hace volver una y otra vez a lo escrito y a lo vivido. Suficiente.

El azar esta vez me llevo a leer siguiendo el orden concebido por el autor y fue un momento mágico cuando leí de tirón la primera parte de la trilogía, Los días y el halcón, en realidad el final de esta. En ella Alejandro ya anciano y Sebastián joven, viven la soledad de un pueblo resignado a morir. Páginas realmente magnificas de un sobrecogedor relato lleno de frio, de soledad, de tristeza, de la realidad de eso que se ha dado en mal llamar la España Vaciada, de un pueblo que muere, mientras sus piedras quedarán ahí y sus puertas cerradas darán paso a casas hundidas llenas de recuerdos olvidados, lugar donde hasta el cementerio parece vacío.

Los radios de la bicicleta nos llevaran al calor de un pueblo lleno de vida, a la infancia de Alejandro, a su amigo Cosme, al descubrimiento de la muerte y la emigración. Al nacimiento de su vocación como maestro a la guía de un abuelo inquieto, un granero mágico y al vuelo del halcón, guardián de la vida y los recuerdos. En apariencia siempre es el mismo y desde el cielo se convierte en testigo de cuanto acontece, como un dios que ya no ampara tal y como cantó Labordeta nos recuerda que pudiendo volar a cualquier parte ha elegido quedarse.

En un palmo de tierra se halla todo nuestro universo, una gran novela, historia de amor incluida, en unas pocas páginas. Alejandro ya adulto asiste al nacimiento de Sebastián, presente, pasado y futuro, la vida lenta de Pla, diario de una vida ya perdida, conversación, paseos, la emigración sigue como el vuelo del halcón. Lo dicho de principio a fin un placer para los sentidos. Soledad.

 Articulo publicado en El Comarcal del Jiloca

miércoles, 25 de noviembre de 2020

El Bello, el Apuesto, el Mentiroso y mi pobre tía

 Así que un día hicieron el apaño y nos presentaron, y aquí la tonta, no sé ni cómo llamarme no es que cayera rendida en sus brazos, pero casi, para que nos vamos a engañar, a mi familia se le veía tan contenta, hasta le pude perdonar a él y a los míos, que aquel primer día me dijese la primera verdad al tiempo que la primera mentira: “Tengo dos hijos”.

El vivía en Toulouse, y yo en Graulhet y empezamos a vernos y la cosa tiraba para adelante ni bien ni mal, pero ahí seguíamos, él quería que me fuese a vivir a su casa y yo que de la mía no salía ni me iba a vivir con nadie sin tener los papeles del divorcio arreglados, que se olvidase, que yo no era de esas, era la excusa que ponía vamos, pensando si acertaba o no y creyendo que el divorcio nunca llegaría.

El caso es que llego, la beata de la madre de mi marido, aquella mujer estaba siempre metida en misa, y luego no te daba ni los buenos días, se empeño en que debíamos firmar y se acabo. Ya no tenía excusa, estaba entre la espada y la pared, mi casa y mis hijos y mi trabajo o la segunda oportunidad con Antoine, y los papeles cuando los tuve, la diálisis ya de Jean Pierre en Toulouse, y un poco todo, pero la mayor culpable yo, lo deje una vez más todo y nos fuimos a vivir con él.

Total dos o tres años tonteando, no recuerdo si en ese tiempo había estado yo en su casa de Toulouse, en su piso vaya, o no… pero que llegamos allí los tres, entramos y la mierda que había no te la puedes imaginar, y por más que te cuente no te harías una idea jamás.

Para empezar, tenía cuatro hijos, dos de cada mujer y un primo hermano, de los chiquillos de eso que te hace pensar si no será hijo también de alguna otra fulana como yo, todos allí viviendo, sentados en el sofá con los pies en la mesa, aun me hierve la sangre de recordarlo,…

”Pasa, pasa, cariño, en esta casa hace falta una mujer”.  Estaba yo allí en la puerta pensando si entrar o no, con las maletas, con los chiquillos, viendo lo que había dentro y yo miraba para atrás y pensaba, pero si no tengo a donde ir, si lo he dejado todo, …Un follón de cojones vaya, yo solo hacía que ver a tu abuela a la Rosa pensando en que lo diría al verme,…Con mis padres no se podía contar, no podía ir a su casa, para ellos Antoine era una persona decente con poca suerte, como yo, trabajador… “Ale, Jean Luc cierra la puerta y pasa a dentro”, era el pequeño de todos y estaba como yo, pues eso, acojonao.

Aquella casa daba miedo, todo manga por hombro, que los metiera en vereda me decían mis padres, y el Antoine también, pero eran ya mayores, y unos zánganos desustanciaos de padre y muy señor mío, de los que antes se mueren de sed que se levantan a por un vaso de agua, de los que no comen por no guisar, y de los que por más que guises o limpies no puedes darles gusto y guarros como el que más, un despropósito total… “Cariño cuanto te quiero, cada día más” me decía Anotine. Coño, lo mismo que yo a ti, pensaba.

De tripas corazón y a echar para adelante, a ver qué pasaba y si la cosa no cambiaba, a joparme en cuanto pudiera, pero de ama de casa, de eso nada, eso es lo que el Antoine quería, “tú en casa como una reina me decía”.

Me subía por las paredes, aquello era inaguantable, pero no había otra cosa, no conocía a nadie, y yo en casa con semejante escaparate no podía estar, así que empecé a buscar trabajo, medio a escondidas, y no sé cómo surgió pero el caso es que lo encontré y el primer sito donde trabaje aquí en Toulouse, la primera gente, buena de verdad que conocí fueron los Judíos.

Trabaje durante algo más de dos años en la casa de un Judío, allí si que era yo la Reina con permiso de su mujer, casado él con una española nacida en Marruecos con la misma gracia y salero que Imperio Argentina, la Piquer y toda Andalucía junta, que yo misma vaya. Tenía la voz más bonita del mundo y cantábamos las dos mano a mano las coplas de España un día si otro también…aquellos momentos, cuando estaba en su casa trabajando eran los únicos de felicidad que tuve durante esos meses, dos años largos como te cuento, aunque no podía dejar de pensar, quitarme de la cabeza la merde en la que entre unos y otros y yo solita me había metido.

En la casa, en la sinagoga, trabaje y gane cuanto quise, hasta el día que ya, no pude más y me marche, encontré trabajo en lo mío, de cortadora en un fábrica de curtir en la otra punta de Toulouse, quería alejarme de todo de lo bueno y de lo malo y con un inmenso dolor, como cuando deje la casa del Registrador en Calamocha, me marche, ellos, la verdad, me ayudaron en todo cuanto pudieron y sintieron mi marcha.

 En aquellos años del apuesto Antoine, hubo tiempo para todo y hasta fuimos dos veces a España, la segunda ya cuando todo se acababa, de camino a Calamocha, entramos a Barcelona, siempre era al revés, pero estaba todo pensado, lo tenía todo pensado vamos, y allí dejamos en el Pasaje de los Ciudadanos a Jean Luc con sus primos que eran de la misma edad más  menos, “que se quede el chiquillo” y al sinvergüenza del Antoine le falto tiempo para salir corriendo con el coche y dejarlo allí.

A ese botarate le gustaba España más que a mí, y solo pensaba en la fiesta, en tu casa, tus abuelos, la familia, ya lo tenían guipao,… ni bueno, ni malo ni sí ni no, no engañaba a nadie… pero como me decía tu abuela, “Maña tu eres la que te duermes con él, así que tu veras”. Vamos que si la cosa no iba por donde tocaba, porque una cosa es la fiesta y otra distinta la vida diaria, ya estaba tardando en darle una patada en el culo.

Pero claro, la familia que va hacer, pues nada, callar y adelante, no les caía ni bien ni mal, al fin y al cabo lo veían cuatro días, pero a todas luces se daban cuenta, que era un don nadie, un impresentable de tres al cuarto, y que una se merecía algo mejor.



Cuando volvimos aquella segunda vez, ya teníamos los días contados, pero una se aferra, se aferra, y al final cree que todo es culpa suya y que si lo deja, malo y si se queda peor… había pasado el tiempo y parecía a ojos de todos que todo era maravilloso.

Mentira todo. No estaba dispuesta a pasarle ni una, busque, como te digo, el trabajo en la fábrica, encontré un piso, todo con los chiquillos a escondidas y pensé, un día de estos me dará un motivo, tendré una excusa que me sirva para contentar a la familia y adelante… Y me la dio, ya lo creo que me la dio.

Una tarde vino con un amigo, su amigo del alma me dijo, yo ni lo había sentido, para hacer no sé qué cosa en casa si cambiar un grifo o qué y así hablando, un momento que nos quedamos el amigo y yo a solas que se había bajao a comprar algo que les hacía falta, me dice “que hijo más aplicado tienes”, lo decía por Jean Luc que estaba estudiando, mientras los otros armaban jaleo, y añadió, “pero ya me ha dicho Antoine, que tu otro hijo es un holgazán, un vago, un perdido que solo da faena”…

En eso sonó el timbre, y le dije, mira ese es mi hijo, ve a verlo tú mismo… Y el amigo, que se pensaba vete a saber qué, fue y abrió la puerta, era Jean Pierre que volvía de la diálisis, ayudado por los chicos de la ambulancia, apenas se tenía en pie, y a continuación mi gran amor, Antoine.

Al amigo le cambio la cara, no lloro de vergüenza, pero casi, me pidió perdón una y mil veces perdón, “créeme, lo conozco desde niño, sé que es un sinvergüenza que la vida de los demás no va con él, se que miente en todo cuanto hace y habla, pero siempre lo creo”. El Antoine ni se enteraba, para el todo era una fiesta, quédate a cenar le decía, quédate, pero el hombre, termino y se marcho, no sin antes decirle a mi querido Antoine  algo así como “eres el hombre más afortunado del mundo, tienes una mujer, que la verdad, no te mereces, espero que no le mientas nunca, como haces con todos nosotros” y se fue…

La cena fue tranquila, después de la tempestad viene la calma, y hablamos hasta tarde, que todos mienten era su excusa, y que tener algún secreto era la salsa de la vida. Y cuál es tu secreto conmigo, le pregunte, como el que pregunta, cómo estas. La sorpresa fue tremenda.

Tu amiga Lola, me dijo sin inmutarse, durante más de dos años la tuve de querida, eso sí, se apresuró a tranquilizarme, antes de conocerte a ti.

Te puedes imaginar, aquello fue morir en vida, como si me hubieran matao allí mismo, me quede muda, paralizada, ni llorar podía. Lo único que acerté a decir fue: “No nos haremos viejos juntos tu y yo”.

Estuve días sin dormir, jamás lo hubiera imaginado, con mi me mejor amiga, y ella, y, todos, todos lo sabían, menos la tonta, menos yo,… a saber si se verían o no cuando ya estaba conmigo, piensa lo que quieras, me lo presento mi amiga para tenerlo cerca, para controlarlo… ¿O tal vez me mentía una vez mas?

A dios gracias, que ya tenía todo previsto para marcharme y apenas una semana después le dimos la patada y nos fuimos, porque si me coge sin trabajo ni piso, aquel día me muero, eso sí, antes le habría matao eso o me tendría que haber ido obligada por la decencia a hacer la calle, aquella situación era indecente, horrible, atroz.

La fecha en la que deje a Antoine, El Bello, El Apuesto, El Mentiroso no la puse yo, la dicto el Notario, no había papeles, no había nada de por medio, pero aquel día, yo quería que fuese el ultimo, no verlo jamás, como así ha sido, así que esa mañana, la recordare siempre…

“Cariño cuanto te quiero, la verdad que he tenido suerte en conocerte, vaya almuerzo me estas preparando, cuanto te quiero” me decía mientras desayunaba el café que le hacía cada mañana porque yo en la cama ya ni entraba y parada no me estaba, todo lo deje bien limpio.

Le prepare aquel día pan tumaca amb tortilla, vamos, como si nada, que se fue a trabajar contento de verdad, hasta le di un beso, más contento, “tira cabrón”, yo solo hacía que recordarme del día en que llegue y la visión de tu abuela diciéndome de todo por tonta, ahora también, me acordaba de ella y de Casimiro que me diría aquello de “maña, que cojones tienes”… Así que se marchó y yo pensando, ya verás cuando vuelvas, la patada en los cojones que te vas a llevar.

Se marcho a trabajar y los chiquillos bajaron a buscar al Notario y al camión que ya estaba en la calle esperando y que además hacían de testigos. El Notario levanto acta de todo lo que me lleve, todo lo mío, unos pocos muebles, la vajilla, ropa, firmo y le dejo una copia a Antoine…

Y se acabó, no dijo ni mu, ni pregunto ni me fue a buscar ni echo nada en falta, nada suyo me lleve.

El en cambio el a mi casi se me lleva por delante.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Aquel abrazo


Recuerdo con cariño la tarde de abril del año 2017 radiante de primavera y vida bajo el sol anunciador del final de los hielos cuando al terminar de pronunciar el pregón de la semana santa baje las gradas y Julio Marin fue a mi encuentro y me felicito con un abrazo. Me sentí en el cielo. Después de tanto esfuerzo supe que lo había hecho bien, si como decía Pla “hay momentos que valen una eternidad”, aquel fue uno de ellos. Echar la bulla a todos calamochinos en especial aquellos que aprovechan esos días para escaquearse, hablar de lo mío y finalmente pregonar que creo en dios fue maravilloso, sin duda mereció la pena.

Acompañe unas veces a Julio y otras a Héctor en casi todas las procesiones les escuchaba, charrábamos cuando se podía y la amistad de tiempo atrás se fue consolidando, si bien Héctor no tardo en joparse sin poder despedirlo como dios manda, con un adiós, un abrazo y un puñado de recuerdos para Sergio mi compañero de armas en Alcorisa. Con Julio siguieron mientras se pudo las primaveras, los viernes santo antes de la procesión, los sanroques, los correos, los wasaps y aquella mañana del pasado mayo cuando le llame para decirle que salíamos para Calamocha y que a la tarde nos veríamos en el cementerio en el entierro de mi padre. Julio hizo sonar las confinadas a la par que calladas campanas tocando a muerto, y lo despidió con un entrañable responso a pie de nicho entre el sol la lluvia y la soledad. Gracias una vez más.

A finales del pasado mes de septiembre en un ir y venir al pueblo me acerque a despedirme de Julio. Mi madre me había avisado tiempo atrás: “a mi ver dicen que el cura se jopa, mira que son desustanciados los de Teruel, o quien mande, después de tantismos años lo echan a otro lado, ¿qué les costaba dejarlo aquí?, ya ira a escape con los años, menuda sanantonada. Ya le escribirás y te despedirás, o le llamas, no te vaya a pasar la del otro”. Nada que añadir una madre siempre tiene razón y se le debe obediencia. A buen seguro para él resulte “una faena” de dimensiones bíblicas, pero en cualquier caso, todos sabemos que tal hecho va con el cargo es predecible y hasta esperable después de tanto tiempo. ¿O no era tanto?



En el despacho parroquial, presidido por un simple y bonito cristo manco crucificado, tal y como ahora mientras el recién llegado coge las trochas queda el pueblo por un tiempo, del todo entrañable, renovada la casa años atrás no había vuelto a ella. Aquel lugar de las reuniones de las primeras juntas de semana santa donde reposaban los viejos libros a un paso del fuego purificador mitigador del frio de la estufa, aquellos donde consta el bautismo del primer Lechón siglos atrás, por buen nombre Domingo, de profesión pobre. Quinientos años después aún no hemos salido de pobres y seguimos honrando así a la familia. Charramos un rato apresuradamente en cualquier caso poco, aquel viernes frio anunciador del final del verano y sus días entre nosotros de Julio al pie del Jiloca hace ya un par de semanas, después de quince años se marchaba, ¿solo quince? Si.

Se va a la parroquia de San Julián en Teruel y de propina a la Merced y como no hay dos sin tres también a la diócesis y sus papeles, siguiendo los pasos de su predecesor en la villa Alejandro Tena quien a su vez habrá dejado todo camino de Castellón. ¡Vaya!, los caminos del señor a veces son más que caprichosos. Bromeo con Julio y sus predecibles pasos: Entonces en unos años nos vemos en el Centro Aragonés de Castellon que anda ahora celebrando el centenario.

Entonces nos abrazaremos, que pena no poderlo hacer aun teniendo a dios de nuestra parte, mejor dejarlo para otra ocasión, para dentro de unos años en Castellón.

 

Adiós y gracias una vez más por todo Julio y no pases frio, dicen que por Teruel hace muchísimo, un abrazo ya nos contaras que tal el jamón.


Articulo publicado en el Comarcal del Jiloca 30 octubre 2020