Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

viernes, 21 de septiembre de 2018

El Otro Barrio


Aunque fui a nacer en el Barrio de las Escuelas por estas mismas fechas hace ahora tan solo cincuenta años. Los primeros meses de mi vida vine a vivirlos en El Otro Barrio, fueron tan solo dos o tres años que ya nadie alcanza a saber con seguridad cuanto tiempo fue, ni aun importancia tiene. Hasta que por fin un día nos trasladamos a vivir al Barrio, a la casa de mis abuelos, casa que ya era de mis padres.

Fueron aquellos unos instantes de mi vida de los que no tengo ni un solo recuerdo propio, todos son adquiridos, contados por mis padres, familia y aledaños, recuerdos que junto con un par de fotografías de aquella hoy vieja y entonces digamos nueva casa, es lo único que hay. Casa aquella, cosa extraña sin portaladas ni cochera abierta a la calle, pintada su fachada de un blanco inmaculado casi en su totalidad rematado con un zócalo azul marino, colores de los cuales el tiempo ha ido dando buena cuenta, tal cual aún puede verse hoy. Mismos colores que eligieron luego mis padres para la fachada de la casa de mis abuelos una vez reformada de arriba abajo y lucida la piedra original a cemento y tierra, vieja fachada desde el mismo día en que la levanto aquel caprichoso albañil de Caminreal que tan buen gusto tenia a decir de mi abuela Rosa a mediados de los cuarenta una vez acabada la guerra. Fechas aquellas en las que las casas del Barrio una tras otra se fueron levantando confiando sin equivocarse quienes nos precedieron en que llegaban otros tiempos.

¿Por qué le dicen Barrio si tan solo es una calle? Era la pregunta a la que siempre respondimos de la misma manera. Porque lo es. ¿Y qué más da? después de tanto tiempo como llamemos o no a las cosas, más aún a aquellas que tienen vida y más todavía si seguimos llamándolas como siempre se han llamado.

Así la calle de las Escuelas siempre fue el Barrio, la Calle Nueva el Otro Barrio, como si ella misma fuese el otro mundo, la eternidad, y la calle Ensanche, el Tercer Barrio, simplemente porque después del uno va el dos y luego el tres y más allá de la eternidad no está claro que haya nada ni para bien ni para mal. Fue al acabar el jaleo cuando uno tras otro se fueron levantando los Barrios y así una calle dio paso a la otra y esta a otra hasta un total de tres que conformaron el universo de nuestra niñez.

Aquellas tierras de eras y vega fueron convertidas en casas mientras el secano permanecía eternamente yermo, nada nuevo. Poco a poco todo se fue poblando y vivía tanta gente en cada calle que conformaban un Barrio en sí. ¡Qué grande llego a ser el Rabal! Calle Ramon y Cajal su calle principal, el Rabal de Calamocha. Así la llamaron a petición de los propios vecinos, quienes no dudaron en invitar al mismismo Don Santiago a su inauguración, aquello iba a ser algo grande, un premio nobel en Calamocha, finalmente por motivos de salud no pudo asistir y mando una carta de agradecimiento según pude leer días atrás. Cuanta vida tras sus muros y en sus calles guardo el Barrio Alto hasta hace tan solo unos años. Nosotros mismos en la Calle Escuelas teníamos por un lado el callejón de los Condas que partía el Barrio en dos, y por otro y más allá, los maestros y hasta los civiles, muchos de ellos tan de paso que nadie los recuerda, venga gente y mas gente, vacías las calles de coches llenas de zagales jugando.

Supongo que el Otro Barrio se llamó la Calle Nueva por que vino después de las Escuelas, pero nunca comprendí muy bien porque el Tercer Barrio se llamó el Ensanche supongo que a imagen y semejanza del ensanche barcelonés que salía en los libros del colegio, eso sí con décadas de retraso y más aún cuando aquel Tercer Barrio era una calle de principio a fin recta y más nueva, por el contrario el Otro Barrio, el segundo, cara el rio era y es estrecho y luego se va ensanchando.
De pequeño cuando iba a por la leche las noches de invierno y giraba el cuartel a veces daba miedo llevar la vista al final de la calle donde se ensanchaba cara la costera con el Santo Cristo a oscuras o medio oscuras, el fin del mundo mismo y el infierno sin más las noches de hoguera cuando para Santa Lucia o tal vez San Antonio, el Otro Barrio se llenaba o eso me parecía a mí de hogueras y trápala, sin importar el mucho frio

Los ya pasados días del Santo Cristo fui de un Barrio a otro como cuando era niño, me falto tal vez eso si la bicicleta ¿cómo era posible que lográsemos circular por las aceras de un Barrio a otro? sin caernos y apostatásemos por ello, me flato también alcanzar a poner pie en el Tercero, el cual por cierto me pareció estaba lejísimos y no me atreví a llegar hasta él. Sentí por primera vez que mi pequeño universo de la infancia comienza a parecerme infinito. Del Primero al Segundo por el Cuartel o por la esquina de Inocencio con sus árboles e inmensa acera allí donde comenzó el Pilero, una y otra vez, camino de casa de Joaquín.

Fue entonces cuando los recuerdos aparecieron mientras entre todos quemada ya la hoguera intentábamos revivir aquellos días que nos son imposibles de alcanzar, aquellos días de la perdida niñez.



Aunque el Guardia Civil seguía vestido de verde era fácil ver que aquello no era el uniforme habitual, iba también descubierto sin tricornio y sudaba como todos, de modo que desde la calle parecía una persona normal y hasta agradable a la vista, mucho más agradable que cuando atravesaba el Barrio junto a la pareja, capa y mosquetón camino del Minino y más allá del Peirón los días de invierno. A su marcha, era evidente que aquello no era lo suyo, a su marchica y poco a poco con unas enormes tijeras de podar en la mano y otras más pequeñas a mano para los troncos gordos, esquilaba al tiempo que emparejaba los setos que desde hacía años orlaban el cuartel. Tenía de este modo el civil un aspecto más normal, por decirlo de alguna manera fácil de entender se le veía jodido, mas humano, mas accesible, unos y otros que pasaban por allí no perdían la ocasión de saludarlo y animarle. 

Buenos días Señor Guardia. Buena falta le hacía y venga que ya no le queda nada y a la tarde cuando baje el calor a regar, que no le falte agua, que se emboten bien. Este Capitán está en todo. Lo va a dejar usted como un vergel

Buenoz diaz zeñor, muchas gracias, me lo habrá mandado el Capitán, pero esto zeño zerá cosa de la Capitana que le gustan mucho las flores. Que faena maz mala ¡No se acaba nunca!

Las ramas recién cortadas caían sobre la acera y dejaban una alfombra verde conforme avanzaba el guardia en servicio de poda que unía los dos Barrios, todos los setos a la misma altura le daban un aspecto señorial al rojo edificio del cuartel, donde Emili Bayo situó el final de su novela Tan tuyo como tu muerte, los arbustos de las atalayas una vez podados terminaban de darle una imagen casi mágica. En la faena al civil de turno se le iba todo el día y a la tarde aún de uniforme antes de arriar la bandera y cerrar las puertas a eso de las ocho, otros salían y le echaban una mano, limpiaban, regaban y charraban con quienes por la calle pasaban y admiraban el trabajo.

Los días de poda a la hora de pasar al Otro Barrio a casa la Teresa a por la leche, aprovechaba y creo recordar, si bien la mayoría de las veces solo recordamos lo que nos hubiera gustado haber vivido, caminaba sobre la minúscula acera pasando la mano por lo alto de los arbustos recién podados, olía a verde, a tierra, a vida y yo con tal que alcanzaba a ver lo que había al otro lado seguía mí camino, resultaba tranquilizante hacer aquello mientras me cegaba el sol de la tarde que se ponía. Al pasar junto a las puertas con respeto y miedo a partes iguales me separa de la acera no fuese a ser que me llamasen la atención, un momento después ya en el Otro Barrio volvía a tratar de alcanzar los setos, pero allí, la distinta orientación y el nivel del suelo hacía que fuesen casi inalcanzables para un niño mientras oía a las civilas, siempre en grupo caminar al otro lado en mi misma dirección, charraban alegremente con su cariñoso acento y yo aligeraba el paso para llegar antes que ellas cuando ya saliesen a la calle junto a los viejos cubos de basura, aquellos bidones metálicos cortados en dos con sus cuatro asas con todos los gatos del Rabal y algún  perro en armonía allí sentados aguardando la cena. A la espera de la leche, guardaban silencio, Teresa nos despachaba a escape y en medio de tanta faena como tenia, lo que menos parecía apetecerle era dar conversación, por el contrario, si Miguel aparecía por el patio o la cocina, no dejaba perder la ocasión de provocarlas.

Cuando estos días atrás recorrí ese mismo camino pensé que muchos de aquellos setos seguían allí desde el primer día, dicho de otro modo, eran más viejos que yo, pero hoy resulta evidente que todo es distinto a como lo conocí y asimismo bastante impersonal, a ratos hasta feo y triste, aunque feo no creo que sea la palabra, pero de bonito vi ya más bien poco. Ahora hay una valla, otros arbustos, setos de otras clases que semejan a cipreses, tierra sin nada y todo a tajo parejo, sin podar, a la espera de que llueva, a la espera como todos, del fin de sus días. Hasta la acera me pareció que no era la misma por donde de crio con la lechera en la mano caminaba hacia el Otro Barrio al atardecer, me pareció del todo imposible que nadie nunca haya podido hacer uso de ella. Hoy en buena parte es un camino de tierra de apenas dos palmos, hasta el rojo del ladrillo de su otrora regia fachada me resulto de un blanquecino fantasmal, cuasi mortal.



Camino de los restos de la hoguera me pare por un momento frente a la casa del Otro Barrio donde dicen vivimos, la luz hoy amarilla de nuestras calles antes era blanca, y eso lleva años despistándome. Así, la noche de hoy no es como yo recuerdo las noches de la infancia, es distinta, aquella luz blanca, convertía la noche de la calle en un lugar donde el tiempo parecía detenerse, invitaba a quedarse quieto a la fresca en verano y charrar y contemplar, o andar con suma tranquilidad en invierno dejando que el frio te hiciese sentir vivo frente al azul oscuro del cielo despejado, cielo raso de hielo, visibles sus estrellas. Ahora el amarillo brilla con fuerza y te ciega, te obliga a bajar la cabeza y hasta te impide levantar la vista para ver las estrellas sea invierno o verano. ¿Qué recordar frente a la casa?

Si recuerda mi hermano algo, el corral, un columpio que nos construyo mi padre aprovechando un árbol o tal vez bajo la viga de la bardera, los cubanos entre los que jugábamos. La calle y los amigos de su misma edad, cuando todos los barrios rebosaban vida, Manuel, Ernesto y la foto en un caballo de juguete sobre la acera, Pedro un año mayor. Pero todo nos lo han contado. Once días después de nacer yo, nació Joaquín, pasé con mi madre a su casa a verlo y fue el primer amigo que tuve. Entonces vivía a unos metros de donde luego viviría, también de alquiler bajo una sencilla y majestuosa fachada de piedra aun visible.

Por aquellas fechas justo unos años antes mis bisabuelos la Tía Martina la navarretina y el Tío Perico el Royo habían vendido la casa justo a unas puertas de donde ahora vivíamos, era la casa donde paso los veranos su nieta Pilarin, la Boneta, y su bicicleta, también tenía una avioneta pero eso ya lo conté y aquel es su Barrio, siempre lo será y lo recuerda. “Aún conoceré al bisnieto” decía el Tío Perico y así fue, nació mi hermano, lo conoció y como esos pocos afortunados que pueden elegir cuando morir, se dejó morir, con la navarretina pasaría algo similar, nací, me conoció y se marchó.

La Tía Matea su cariño y sonrisa como la abuela de unos y de otros y la casa de la Tía Presen con la puerta siempre abierta para que nuestras madres nos pudiesen llevar a ver los machos los días de las pataletas y comer allí en la cuadra. Caballerías, vacas, ovejas, en aquella calle siempre hubo de todo, solares yermos donde explorar, casas de piedra que aun hoy están y que a nuestro juicio nos resultan monumentales, casi cual catedrales. Queremos que nada cambie, también queremos que quienes en ellas vivieron, vuelvan. A ellos y a ellas a quienes ya casi ni acertamos a recordar ni aun poner cara ni nombre tratamos de ver la pasada noche de la hoguera, casas grandes, casas pequeñas, viejas y nuevas y la Casa de Serrano con el camión que entraba y salía poniendo fin a una era. Hubo un año que allí en el almacén de Serrano entrando por el muelle al llover se celebro la verbena del Santo Cristo, era un Barrio inmenso. ¡Cuanto por recordar y que bonito nos sigue pareciendo todo aquello que hoy creemos ver que esta en sus últimos días!

Quieto frente a la casa donde viví los primeros años de mi vida trate de recordar, de imaginar mis primeros pasos, mis primeros paisajes por así decir, yo y la casa, la casa y yo, el lugar donde dicen vivimos el ultimo terremoto que se dejó sentir en Calamocha cuando recuerda mi madre, la cuna en la que yo dormía se movió del sitio, mi madre lo vivió a mí me lo han contado y ahora yo lo cuento, dicen que así es la vida.

Allí quieto sin importarme la amarilla luz cegadora que hoy hay frente a la de entonces, deje de oír la música, me distraje, trate de verme allí años atrás fuera y dentro de la casa, pero nada, no pude recordar absolutamente nada, tan es así, que para mí es como si jamás hubiera vivido allí. Sentí pena de mí mismo si nada que recordar de un Barrio tan bonito como aquel. El Otro Barrio el del más allá, el de la eternidad.

Finalmente, oí mi nombre desde la esquina de Serrano y me marché, aquello parecía no tener sentido.

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