Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

domingo, 1 de octubre de 2017

El Barrio. Entre maestros y civiles. Capítulo 3 (Un final)

Y así fue, en unos meses, “desaparecieron”.

 LOS ULTIMOS DE FILIPINAS

Los últimos días vividos entre maestros y civiles hallaron refugio en la primera puerta del primer porche, en casa Doña Pilar, y en torno a ella giraron y tuvieron su fin, todos aquellos días recordados, cuando a ella le llego la jubilación y a nosotros los dorados años de estudiantes en Zaragoza, el Barrio pareció cerrarse a los ojos de alguien como yo que sigue intentando ver lo mismo cada vez que vuelve a la casa donde nací. Aparco el coche, bajo y llevo la vista hacia todas y cada una de las casas que fueron la mía en los años de la niñez, para perderme en la ventana de la casa de Doña Pilar donde su hija coloco la pegatina de Naranjito aquella que a todos nos dieron el año de mundial en la escuela, esa pegatina, hace tan solo unos meses, tal vez días, comida por el sol, desapareció. Desde que se marchó Doña Pilar su casa ha permanecido vacía…. El Barrio ya es otro.

Me pregunto cuando acabo todo, cuando aquel Barrio se convirtió en otro, sin llegar a cambiar, cuando comencé a echarlo de menos, y por que dónde estaba, me jope, un día me marche, y ya no pienso en volver, “vosotros un día u otro, os tendrías que jopar de aquí”, nos lo decían los mayores, y en nosotros sonaba como la más dura de las sentencias, tendríamos que irnos de Calamocha, precisamente nosotros, los jóvenes, los únicos que habíamos nacido allí.

No se equivocaron, uno a uno, prácticamente todos nos marchamos. No sabría responder ya a casi nada, sigo volviendo de vez en cuando, salgo a la puerta, miro a uno y otro lado y me siento en la acera a esperar que una y otra puerta se vaya abriendo, y vaya acercándose uno y otro al rolde que decía Gargallo, y charrar, y ver quien asoma y viene paseando por el Rabal o el cuartel… y ver ponerse le sol por Santa Barbara y las estrellas una vez que se ha hecho de noche, y algún que otro murciélago cruza el Barrio mientras en el cielo una luz parpadea, el avión de las doce que va de Madrid a Barcelona, o al revés, que más da ya todo


PASAR MIEDO

Un buen día en la fresca, un anodino día de verano, Doña Pilar comento, tarde o temprano, tendré que bajarme de la bici, me hago mayor, voy a sacarme el carné del conducir...¿qué les parece?.

Tras el silencio y el consabido asombro por parte de todos, llego el apoyo unánime del rolde hacia Doña Pilar, no podía ser de otra manera, redios que Tía, tiene más cojones que una burra capada, es como nosotras. Comenzaba así una de las luchas más épicas que haya llevado a cabo nadie en el Barrio jamás.

La teórica, nadie esperaba menos de ella, fue coser y cantar, pero aprobar la práctica, su examen, nos tuvo a todos en vilo durante meses y meses toda una eternidad, batalla a batalla para ganar una guerra, en Teruel no hay una calle decente concluía, todo costeras y revueltas.

Guerra la cual un buen día en un recóndito lugar de la ancha y llana Castilla donde residía alguien que había vivido años atrás en el Barrio, tuvo su fin. Aparco la bici y empezó a conducir. Todo un ejemplo.

Y ahora, conociéndola, cuando nos pregunte ande vamos y nos diga, sube que te llevo, como le vamos a decir que no. A nuestra edad, después de tantismo como hemos visto y pasado aún vamos a saber lo que es pasar miedo.

CIRCO

Estoy recordando otras cosas, cosas que nunca he olvidado, mirando desde la puerta de casa hacia el cuartel y las casas de los maestros, como aquella vez que mi abuelo Casimiro nos llevó al circo, yo como el gran cobarde que siempre fui estaba entusiasmado, allí mismo en la puerta de casa, había un circo y como en todos los circos, había leones, tigres, elefantes, monos… quería verlos, pero mentía, y si se escapaban, que haríamos… los civiles tendrían que matarlos… y que era peor encontrarse por una calle, un león o un tigre, si ya las vacas que pasaban camino del toro me daban miedo.

Mi abuela dijo que nos llevaría mi abuelo, que a ella esas cosas de las comedias, bien le gustaban, pero el circo, era para los zagales, y mientras mi abuelo estuviera con nosotros no estaba ni en el Minimo ni en lo de Santos, fumando… así que nos llevó con un montón de gente rabal arriba, el circo. Al verlo me pareció enorme, estaba instalado en la avenida Estación Nueva en el solar aquel vacío frente a la casa de los curros, donde durante años hubo un camión abandonado en el que tanto jugamos. Y yo de la mano no me soltaba y miraba a todos lados y pronto se corrió la voz, no había leones, ni tigres ni elefantes… ni siquiera monos… para mí fue un descanso, ya podía entrar tranquilo sentarme y disfrutar… Eran unas sillas rarísimas, yo nunca las había visto, a escape se plegaban si no tenías cuidado te caías y el escenario estaba en el centro sobre una tarima asi que había que alzar la cabeza para ver algo…En cualquier caso, no me libre y pase un miedo terrible, salieron unos trapecistas, que se balanceaban de un lado a otro, andaban por la cuerda floja, … y no había red…  en cualquier momento podían caerse … Por fin salieron los payasos y recuerdo reírme un montón hasta que sacaron un piano y comenzaron a tocar la melodía de “palomitas de maíz” y alguien salió hacer un numero mortal, sin red… y yo, cerré los ojos a la espera de que acabase y mi abuelo dijese sin quitarse el cigarro de la boca de irnos a casa, mientras buscaba en el bolsillo de la americana de pana el paquete de Celtas para encenderse otro cigarro con el que ya se le acababa y así no gastar la piedra del mechero, a casa que ya estaba bien de tanto sufrir y padecer…  Al entrar al Barrio, apagaría el cigarro… maño, no digas que me hemos fumado.



SUE HUBBELL “UN AÑO EN LOS BOSQUES”

Ya en los ochenta, corrió la noticia de casa en casa, allá en el Barrio, Doña Pilar se había vuelto loca, loca de remate, loca de atar, como una cabra…Se confirmaba lo que ya todo el mundo sabia. Yo entonces, ni yo ni nadie, lo sabía, de hecho, lo he conocido recientemente, gracias a un libro que recomendó Chabier en su blog, y que hace unos días termine de leer, Doña Pilar decidió seguir los pasos de Sue Hubbell, aunque tal vez fuese al revés, así en algún momento llego un día, en el cual se sentó a recapacitar, se levantó, y hablo para decirnos que había decidido dejarnos y marcharse en busca de una vida sencilla en la naturaleza.

Niña te has enterado de la marcha que ha cogido la tía esta, si tendrá poco conocimiento, pues no dice que se va del Barrio… y que no va a esperar a jubilarse como todos, será desustanciada, y donde va a estar mejor que aquí. La Carmen no salía de su asombro, y mi abuela tampoco, déjala estar, coño ya está dejada, que haga lo que quiera, pues eso, esta tía tiene más cojones que una burra capada, más que conocimiento, si dijeras que se va a un piso como se han ido las demás, con su calefacción, pues aun tira que te va.

Sue Pilar llevaba ya tiempo dándole vueltas a la cabeza, Calamocha le agobiaba, quizás desde que en parte dejo la bici y el coche le dio una mayor libertad fue pensando en el trajin calamochino devenido de repente en una gran ciudad donde a mitad de mañana no se podía ir por ningún sitio… la escuela, el instituto con toda la comarca rondando, los días de mercado, gente de un lado para otro. Sue Pilar, ya no aguantaba más, había decidido dejarnos, y tenía dos opciones, a la hora de abandonar la ciudad y marcharse al bosque en busca de la tranquilidad que ya entonces se empezaba a echar de menos, o bien se iba cara la Cañadilla con los pies por delante o bien tiraba para el otro lado y se marchaba hacia La Rambla Rija donde había decido construir su casa.

LA FRESCA

He pensado como dicen ustedes, dirigiéndose a Perico y Gargallo, de la gente joven que yo también un día tendré que joparme del Barrio y dejar mi casa, y no creo que me equivoque pero siempre será mía, nadie se meterá en ella, ya solo quedo yo como aquel que dice, y Doña Josefina mientras estos estudien aguantara, pero ya todos se han ido, y los que vienen, se alquilan un piso, así que me voy allí a lo alto de la Rambla Rija a construirme una casa, con su gloria para el invierno, y vivir allí cuando este jubilada, porque si no tengo algo, en cuanto me jubile me iré a Zaragoza y yo allí no sabré estar más que lo justo, y no quiero que me pille sin nada sin un lugar donde poder volver, así que haremos la casa y con ya se conducir iré y vendré, aguantando esta casa tanto como me permitan. Qué les parece la idea, a ustedes que se conocen las trochas de todos lados. Sera como volver a vivir en Anento o en Lechón.

Perico no tardo en preguntar, en que campo exactamente, y no tardó en dar su aprobación por mucho que lloviese, o aquello fuese una rambla, Sue estaría a salvo. Y a escape Gargallo fue a lo práctico, … Pues conmigo no cuente, yo soy muy poca cosa, y cuando se quede a dormir no me llame para que la acompañe, no vaya a ser que entre alguno.

Sue Pilar se rio a carcajadas y agradeció el ofrecimiento a la vez que tranquilizo a Gargallo, entonces usted a un cree que yo estoy de buen ver y que mejor me cierre la ventana si alguna noche me quedo sola… Me ha hecho usted la mujer más feliz del mundo.

Hombre pues si, faltaría más, la otra noche mismo que tarde en salir a la fresca era porque en la tele estaba hablando la Lola Flores y decía que, aunque ella ya esta vieja y gorda y lo tiene todo fuera de sitio, no hay día en que el Pescadilla no mueva la cola… Fíjese usted, la de culos que nos hemos perdido por tontos…



CIEN DUROS

El cuatro latas del gitano, lleno de papel y cartón, estaba aparcado contra la acequia de los huertos, cara Santa Bárbara, el campo aquel que labraba Miguel el Trimoto, frente a la puerta del cuartel, el gitano, enrome, hablaba pausadamente casi llorando, con un Guardia Civil, mano a mano.

El silencio al caer la tarde en aquellas calles era tal, que aun sin querer te enterabas de todo, yo iba de paso a casa la Teresa a por la leche, y aquella extraña pareja, hablaba sin parar, una vez uno, otra vez otro. A aquel pobre gitano la emoción le desbordaba, pero el civil no cedía, quería que aquel billete de cien duros, quinientas pesetas, un dineral para la época, que el gitano le había traído, se volviese de nuevo con él.

Finalmente, el gitano metió el billete en su cartera… Déjame al menos, le dijo, que pode yo los arbustos, esos que tan mala vida empezaban a llevar y que rodeaban la valla de ladrillo del cuartel, vamos hombre no me jodas, le dijo el civil, me lo han ordenado a mí, yo me jodo y los podo…guárdate el dinero para casa, hombre.

Días antes, el gitano, recogiendo papel y cartón con el cuatro latas se había quedado sin gasolina en la ribera, allá donde vendían las cerezas, en Burbaguena, … y el Guardia Civil de paisano, camino del cuartel, al verlo, paro y le presto, en realidad le dio, aquellas quinientas pesetas, que días después le fue a devolver…Si no fuera por usted aun estaría allí, nadie le quiere prestar a un gitano, y menos de otro pueblo. Pobrecico decía la Amada, que volvía ya con la leche de casa la Teresa de cara al Barrio.

 “UN AÑO EN LOS BOSQUES”

Todo el material lo he comprado en Hernández, bien cerca de casa, y he pedido que me lo lleve José María. Aquellas palabras pronunciadas por Sue Pilar en la calma de una noche de fresca sonaron como lo que eran, una sentencia a trabajos forzados.

Mi padre cargaba el Pegaso Comet matricula TE2838A y nosotros lo esperábamos a la altura del puente Ratero, donde hacían dedo los que subían a Tornos y alrededores de Gallocanta cuando se saltaban alguna clase del instituto para subirnos a la caja en dirección a la Rambla Rija, llegar, descargar y merendar… Mi hermano, Tolo, Pedro, Jose Luis, y hasta algún día vendría Vicente Carajillo, con gran visión de futuro, con tal de tratar de subir nota una vez llegado el curso, subimos a descargar el camión, capitaneados una de las veces por mi Tío Blas, único enamorado de la idea. Estos franceses son unos desustanciados, dedica mi abuela de su hermano, quien veía con buenos ojos, el volverse a España y poner fin a su exilio, más concretamente a la Rambla Rija a vivir.

Terminada la obra, Sue Pilar viviría en el Barrio durante el curso, y a ratos los fines de semana y veranos en un lado y en otro, según le daba la gana. Así no tardo en descubrir los placeres de la vida en el campo, y trato de hacernos participe de su entusiasmo desbordante.

Sue Pilar requirió de unas cuantas lecciones de agricultura a mata caballo según avanzaba el calendario, de las cuales tomo buen detalle, si bien siempre se reservó el derecho a innovar con el fin de poder aportar su granito de arena a la lógica evolución del hortal calamochino. Pronto se planteó por su parte la posibilidad de coger dos cosechas de patatas, fallido el intento por su conservación de un año para otro, probo con coles y espinacas a fin de que aguantase el invierno, maldijo la borraja y sus pinchos, en esa variedad aun sin inventar, suave como el terciopelo, maldijo la lluvia acida de la central de Andorra que quemo sus primeras cosechas, ¿será verdad tanta mentira?, y mantuvo una durísima batalla con toda clase de lechugas el trabajo requerido y el escaso beneficio, pues tan a escape como se plantaban se espigaban, y es que a veces, no hacía caso de los consejos y quería correr mucho, Doña Sue, debe usted plantar un puñao de lechugas cada quince días, no todas a la vez… Comenzaron a llegar excedentes de toda clase que bien aprovecharon los tocinos y gallinas. Debí hacerme una corte para los tocinos y un pitañar para las gallinas se lamentaba. Sabe lo que hago Doña Rosa, tengo tantas lechugas y tantas patatas del año pasado, que me cuezo las lechugas con patatas, que le parece la idea.

Aún recuerdo la cara de mi abuela, preparando la comida en la cocina cuando Doña Sue le comento su hallazgo, había inventado las acelgas con patatas, pero sin acelgas, es decir con lechuga, mi abuela se volvió lentamente hasta que le pudo ver y Doña Sue que le miraba complacida esperando su aprobación, temblo de miedo y tan solo recibió un escueto. Redios que sanantonada, vamos no me joda.Y mi abuela siguió a lo suyo, cocinando.  Mujer es que todo me hace duelo.

Entonces Doña Sue, visto que no había descubierto nada, y que de ser aquello un manjar mi abuela, que más tarde confeso, en otros tiempos haber cocinado alguna vez su ocurrencia, reparo en mí, apoyado en la fregadera frente al cesto de las patatas, venga tu muchacho, que un par de años te jopas de aquí, no te estés parado, que eso ya está hirviendo, agarra esas patatas, lávalas, pelalas, cortalas a cachos y a la sopera, venga tu una y yo otra, ya verás que pronto aprendes.  Y aquel dia aprendi.




LA VALLA DEL CUARTEL

Un dia llegue al Barrio desde el Rabal, y me di cuenta, los guardias habían levantado de la noche a la mañana una valla, unos postes amarillos y una tela metalica, imposible de saltar para un niño, en realidad, para cualquiera, la vista se me iba hacia Santa Barbara ya no se veía el cuartel y frente a él, las casas de los maestros, ya prácticamente vacías, … aquella parte del Barrio moria.

Ya estábamos en el instituto a un paso de marcharnos para no volver, primero a Zaragoza y luego, vete a saber donde, Castellon en mi caso. Y la casa de Doña Josefina, donde antes viviera Doña Pili y Don Pedro se convirtió en el centro de aquellos días. Camino del instituto llamábamos a Antonio y hacíamos camino, entre la valla y las casas vacias.

Vallaron el cuartel, pero ya todo había cambiado tanto, que hasta nos dio pena. Era miedo, lógico y triste, los tiempos estaban cambiando, no era por miedo a nosotros. Para entonces, alguno de aquellos que vinieron a vivir al cuartel, como Vicente ya era uno más del Barrio… y tal cual sigue siendo hoy.

PERDIDO

He de terminar ya, cuanto más recientes son los recuerdos, más borroso es todo, y no consigo ver el final, aparece todo a un tiempo, hechos, personas, fechas, ya no logro distinguir la realidad de los días vividos con la claridad necesaria. Pero recuerdo que  un buen día los civiles levantaron la valla, que lejos de separarnos, nos unió, los maestros se fueron para no volver, poco a poco, y también, un mal día llego la muerte, de repente, cuando a mediados de los ochenta, mi abuela y la Moracha se marcharon hacia la cañadilla.

Desde el día en que me asome solo al Barrio o llegue a tocar el timbre apenas habían trascurrido una docena de años, cuando me marche a estudiar a Zaragoza, habían muerto mis abuelos, el Tio Perico, la Moracha… Y no sé muy bien, o quizás no lo quiera saber, si cuando el mundo a mi alrededor comenzó de alguna manera a cambiar,  lo hizo de repente, o fue poco a poco, mientras sigo sumando momentos que recuerdo a otros muchos que ya he olvidado. He de dejarlo. De modo que lo que comenzó como un bonito recuerdo, termina hoy como un dolor terrible a la hora de dejarlo escrito.
Un final.

Aquel día en que me aleje de la ventana y me asome al Barrio, de un lado nosotros, partidos por el callejón de los Condas, y de otro los maestros y civiles, me sentí como el niño dios de Juan Ramón Jiménez. Las casas de Calamocha, me parecían palacios, las iglesias catedrales y todos, absolutamente todos, estaban en su sitio, en la tierra, que no en el cielo… todos aquellos a los que de un modo u otro les debo lo que soy.
Principio.

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