Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

sábado, 1 de julio de 2017

Lo mejor del verano.

Siento frío, apenas he dormido, me he pasado el fin de semana entre recuerdos y fotos. Hoy me encuentro frente al ordenador, no sé muy por qué, aunque tal vez si lo sepa, dispuesto a escribir por miedo a olvidar, rodeado de tristeza.
A veces, los recuerdos, te llegan de un modo amable, y piensas, he de escribirlo, un día de estos, cuando ya lo haya recordado todo, lo escribiré. Otras veces, el recuerdo te llega como un mazazo, de repente, sin esperarlo.
Alguien recibe un mensaje en la otra parte del mundo, te lo reenvía, y tantas veces como lo lees, lo niegas… Tratas de recuperarte, y la única salida que ves es, escribir.
Y escribes lo que hace unos días, habría sido un maravilloso recuerdo a compartir entre nosotros, sus protagonistas, y hoy, ya no es sino un momento en la vida de todos, trágicamente perdido. Calamocha como una sensación, como algo que fue, y ya nunca será, “arreglare la casa y volveré”… La ilusión por volver, la ilusión de todos, de poder sentir lo que nos hizo crecer y vivir.
En realidad, Calamocha, para muchos de nosotros, ya es tan solo una sensación, y con ella el deseo de recuperarla. Una sensación perdida, unos recuerdos a punto de olvidar, y nos empeñamos en buscar lo ya perdido y recordar lo ya casi olvidado, aun sabiendo de su incierto o nulo resultado. Y con miedo, vamos retrasando año a año, prolongando su búsqueda, la vuelta a Calamocha, hasta que ya, todo indica, es demasiado tarde.
Lo mejor del verano comenzaba cada año a la hora de la siesta, nada más comer, cuando se acercaban los días de las fiestas, y alguien, a esa extraña hora en quien absolutamente nadie camina por la calles de un pueblo desolado bajo un calor horrible, retiraba la cortina de una puerta siempre entreabierta, oíamos como terminaba de abrirla a trompicones, hinchado su armazón de hierro a causa del calor, y se oía: “Josemari”.
Llegaba de Zaragoza, donde se había marchado a los seis años, allá por el 72 me recuerda el amigo Pepe, vecino suyo en el pueblo. Su padre se fue a trabajar a la capital, y toda la familia con él, aquel pobre hombre no tardo en enfermar y morir, también joven, en lo mejor de la vida. Pepe recuerda el subir a verlo junto a su madre, ya enfermo al “cascajo”, las tardes de los domingos.
Se fue a la ciudad, el amigo de todos, con su voz ronca y entrecortada tan característica, en cambio tal vez gracias a ello, era el único de entre nosotros, que sabía cantar, le fallaba algo el oído, cosas de cuando era pequeño y el medico no le acertó y “me jodio”, contaba con resignación, con esa eterna melancolía que siempre pareció acompañarle, por momentos tristeza, y hasta alguna que otra lagrima entre amigos.
Llamaba a casa, fuerte como un roble y con unas espaldas imposibles de tumbar, y lo mejor del verano llegaba con él… Pasaba más tiempo en nuestra casa, que en la suya propia. Las mañanas antes de comer, las tardes sentados en la puerta escuchando la música de Radio Calatayud, todo el Barrio a la espera de ver pasar a la chica del Rover rojo, otro de nuestros amores imposibles, los partidos de voleibol en la puerta, los paseos junto a mi hermano y Rafa, llegado como él de Zaragoza y con quien solía salir de vez en cuando por la capital matando la nostalgia de los veranos en Calamocha, los días previos a las fiestas, los carteles de las orquestas, a la peña, llevan unos mariachis, tenemos que ir si o si, y si no saben cantar, saldremos nosotros “Con es lunar que llevas, cielito lindo…” además gratis, aquel año en que fueron los primeros en sacar el bono de la peña…las noches charrando a la fresca, junto a los mayores que lo adoraban y protegían, mimaban, hasta hacerle sentir incomodo más de una vez y dos, y enfadarse con todo y con todos, para al rato darles la razón, y sonreír de nuevo, dejando pasar el tiempo a la espera del 14 de agosto.
¿Y qué te cuentas?...
Nada, todo sigue igual, venía a ser su respuesta, como si nunca se hubiera ido, como si nada hubiera ocurrido, se hacia el silencio. Pero nada más lejos de la realidad.
En aquellos años del despertar a la vida, tener un amigo en la capital, y no un amigo cualquiera, si uno más, uno de los nuestros, alguien nacido y criado allí, alguien que nos conocía y sabía lo que nos gustaba y lo que queríamos oír, era lo mejor que podía pasarnos. Aburridos como estábamos en un pueblo como aquel, ¡bendita Calamocha! en la que vivíamos adormecidos las mañanas por las clases de repaso de Don Juan y su rabiosa, que él ya había podido conocer en sus primeros años de escuela, y las tardes con la tele de un solo canal en blanco y negro, hasta que allá por el 82 llego el UHF, el segundo canal, y la tele en color… a la eterna espera de la FM de Radio Calatayud y su música. Menos mal al cine, que de vez en cuando nos contaba la realidad de las cosas, y lo que ocurría más allá, en la capital, donde campaban a sus anchas, los perros callejeros y supermanes.
Y él llegaba, de todo aquello que a nosotros comenzaba a fascinarnos, de lo que para nosotros era el mismo centro de Zaragoza, un lugar tranquilo aquel en el cual  vivía, donde no paraban de pasar cosas, como bien se encargaba de contarnos año tras año, tras el aburrido saludo inicial…
¿Os acordáis, de aquel tío, que robo el banco aquí en Calamocha?, pues lo cogieron el otro día, en la puerta de mi casa… fue la hostia, todo lleno de zetas y maderos con la metralleta, sirenas, tiros, su madre por allí dando patadas a los municipales… todos tirados por los suelos, un carro estampao, otro ardiendo… en cuanto paro el lio, baje con los colegas a verlo, una pasada tío.., además, unos días antes, vimos al último que mataron, allí en el descampao, una noche lo pillaron al que fuera, a saber lo que les habría hecho, se lo tendría merecido y le ajustaron las cuentas, le dieron una paliza, le pasaron con el coche por encima un montón de veces, y lo remataron con una escopeta recortada …
Ahora mismo trato de recordar la chica por la que suspiraban sus huesos en aquellos lejanos años de prácticamente la infancia, y la cuestión obligada por su parte, ¿qué tal esta?, ¿pregunta por mí? Pero no logro recordar nada, éramos demasiado jóvenes, para eso, en realidad para todo, chicas, bares y música… pilares básicos de la marcha. Aunque el tiempo pasó muy rápido.
Sin duda la música, era su pasión…las canciones de Pablo Abraira con su Gavilán o Paloma, todas de Boney M, Gloria de Humberto Tozzi y Allá en el otro mundo de Albert Hammond. Y también los días de San Roque y aquella primera peña fallida, en su misma casa, en el corral, entre gallineros, cortes y conejeras, en cuyo intento por levantarla, a la hora de limpiarla, terminaron todos intoxicados y debieron, obligados por las circunstancias, olvidarse de seguir adelante. Aquella noche, Don Angel, el médico, la paso en vela, de casa en casa, de tan prematuros peñistas, entre una apocalipsis colectiva de vómitos negros, y ahogos, el fin del mundo mismo a la altura del rabal calamochino a mediados de los setenta. Un vaso leche, y a dormir.
He traído el Rock And Ríos, una copia que compre en el rastro, sacar el loro, vamos a escucharlo… he traído también un cable, y si conseguimos otro loro, podremos copiar la cinta sin ruido de fondo… Yo no puedo traer mi casete, porque seguro que me hacían pagar billete por él en los autobuses, por esa puerta no cabe…
¿Fuiste a verlo, el concierto, debió ser una pasada?, le preguntábamos medio abobados por la expectación, mientras nos sonreía y tarareaba el Año 2000, que milenio traerá… a lo cual, con la cabeza y sin dejar de cantar nos decía que no, ni a conciertos, ni al cine, ni a nada, la calle para correr era el mejor lugar para todo… la música al rastro, y las pelis, en copias piratas en cualquier bar…
Cuando sea gratis, iré, iremos todos, sentenciaba entre más sonrisas y comenzaba a suspirar cantando aquella de “Dame una cita…” sin duda, una de sus canciones, nuestras, preferidas, siempre gracias a él. Al tiempo que lamentaba, sin hacer caso de nuestros ánimos y palabras de consuelo, haberse dejado en casa, la cinta de Los Pecos. Eso era ya, pasarse.
Y es que tras esa apariencia de duro, de chico de ciudad, de macarra pero con clase, que admirábamos, estaba el tío más tierno del mundo, que jamás entre nosotros se metió en problemas, más romántico imposible, y sin miedo a reconocerlo, sin duda todo un ejemplo… Un año llego con gafas de sol, el primero en llevarlas, detrás iríamos todos, y también llego con la cinta de Dyango, ahí ya no podíamos hacer nada, para nosotros era el colmo, que más nos faltaría por ver. Enseguida lo supimos…
Entre medias toda la banda sonora de los Perros Callejeros, le había dado por ahí, y los Chunguitos y los Chichos se le quedaban cortos a la hora de cantar y pedir canciones a las orquestas de las verbenas allá en las piscinas, amenizadas por alguna botella de vermú blanco a palo seco tomado a la fresca sentados bajo la cristalera de la Pitusa allá en el Peiron, hoy lo llamarían, perdiendo todo su romanticismo, botellón, y luego en la plaza, ya con más conocimiento, a base de cervezas y cubatas de Jb con Coca Cola,…Mientras, para descanso de todos, mostraba su amor a los cuatro vientos, por una chica del norte, de la cual se sentía enamorado, una tal Luz Casal, cuya cinta trajo otro de esos veranos para escuchar.


Volvió por fin al redil y  un año se presentó con el doble casete de Joaquín Sabina y Viceversa, también del rastro, pero con portada en color, una pasada de la hostia… y gracias a él, conocimos de cerca al canalla de Sabina,…Vale, dale la vuelta al casete... dale caña Sabina. Adelanta, y pon la de Juana La Loca… y mañana descansamos, cambiamos y escuchamos a Víctor Manuel y Ana Belén… Nos volvíamos mayores a pasos agigantados… Éramos ya todos unos carrozas, que hacíamos del “abre la muralla”, todo un himno, agarrados de la mano y desafinando cuanto nos era posible.
Tras habernos terminado las últimas botellas de Arpón Gin, la ginebra que compramos unas fiestas del Santo Cristo, por cuatro duros, treinta en concreto, en la tienda Carlos el Pipero, deshaciéndose del inventario, ya próxima a su cierre. Llevaros todas maños, no me dejéis aquí nada, os duraran unos años. El domingo, antes de salir de marcha, todos a mi casa, mi madre no estará, ¿os queda Arpón Gin?, comprar Coca Cola y pasaros, y champan de noche vieja, os queda, o eso mejor lo dejamos para otro día, eso otro día, y si no os queda vamos a la Concha a por el Dubois, que por veinte duros, te pones bolinga...
De no habernos bebido aquella docena larga de botellas, que compramos, todas las que había, hoy a buen seguro tendríamos un capital… a 25 euros la botella vacía, llena ya ni imagino lo que hoy valdrían, se venden en la red… que poca vista tuvimos, éramos jóvenes y no pensábamos en que habría un mañana, solo en beber, aunque bien nos duraron un par de años o tres.
Íbamos, todos de la mano, por el guiados,… pioneros de la nada. ¿Este año, haremos peña,  tendremos un garito donde meternos?… Si, pues he pensado que lo mejor sería comprarnos una caja de cerveza de La Zaragozana para cada uno, para mi dos, y otro par de ellas para las visitas, y unos cuantos sacos de cacahuetes y dejarnos de tonterías, con las cosas esas de las ginebras de mierda y el wiski de Dragados Y Construcciones, que no hacen sino joderte el estómago. Lo que tú digas.
Habían pasado los años, y nosotros habíamos ido de las bicis a las motos, y cuando ya estábamos a un paso de los coches, él nos miraba, y maldecía su mala suerte, de tener que ir a todos lados en el coche San Fernando…hasta que finalmente en un día grandioso, se sacó un as de la manga, un conejo de la chistera, una moto del granero.
Aquel fue uno de esos momentos que uno recuerda toda su vida, y que marcan los veranos de aquellos años… Joder aquí todos con moto y yo a pata, en el granero está colgada la moto de mi padre, yo creo que con una bomba de hinchar, una bujía y una lata gasolina, arrancara… Una Honda, si no me engaña la memoria, azul, blanca y con alguna línea roja de cincuenta centímetros cúbicos, que tenía tantos o seguramente más que él. Y una tarde de verano de mediados de los ochenta, arranco sin problemas, para subir a conquistar día tras día Navarrete en fiestas, la libertad más grandiosa.
Cierto que todo era más sencillo que hoy, no era necesario casco, ni aun seguro, tan solo un permiso que con solo un reconocimiento médico te daban y la certeza de que ningún Guardia Civil de Calamocha te iba a echar el alto, se podía conducir sin permiso con toda la tranquilidad que te daba el pueblo en esos momentos… Libre, como el sol cada mañana yo soy libre… Un domingo de esos, “Nino Bravo”, no quiso bajar a Navarrete en taxi, junto a nosotros, prefirió la libertad, volvió a casa y agarro la moto y directo de marcha a Navarrete, una vez allí, no tardo en acercarse al escenario y pedir que le dedicaran aquella de Los Ilegales que decía “soy un macarra, soy un hortera, y voy a toda  hostia por la carretera…” Todo mentira, pero todo un momento épico entre nosotros…A la hora de la vuelta, el taxista le advirtió, están los civiles en el cruce del cementerio, no te vayas ahora, vete a las diez, cuando ellos vuelven al cuartel… no hizo caso, ya no había quien le parara, y se marchó delante de nosotros…Con su moto, el mundo se le quedaba pequeño…
Al llegar al pueblo, vimos a la Guardia Civil en el cruce, la moto aparcada y él hundido tratando de explicar lo inexplicable, gesticulando amargamente, dándose por vencido, hundido…mientras mi hermano que iba de paquete se había bajado en la puerta del cementerio y terminaba de llegar andando, para él también habría lo suyo por parte de la autoridad competente.
Aquello pintaba fatal, el taxista saludo a la autoridad y nos llevó al Peiron, del taxi bajamos los siete, y allí esperamos la vuelta del espíritu libre y su fiel escudero. Sí, he dicho bien, íbamos siete en el taxi, más el conductor, y alguno ya había hecho de la mili… un viaje de setecientas pesetas. José, Miguel Angel, Joaquín, Andres, Javier, el otro Jesús y yo
Al final paso lo peor que podía pasar, no hubo denuncia alguna, una multa habría supuesto un final digno para aquella fugaz aventura de la moto, una medalla de guerra para su protagonista, una muesca en el cinturón, el caso es que la moto ya no volvió  arrancar ni surcar camino alguno en libertad. En fin, una multa habría sido algo de lo que presumir delante de los colegas al acabar el verano ya de vuelta a Zaragoza, “me pillaron y me jodieron”…
Hubo por parte de la benemérita una reprimenda paterno filial, fuera de lugar, de esas que duelen en el alma, sin multa, él bien lo decía, hubiera preferido dos hostias y venga vete a cascala pa tu casa”, venga chaval, que estas de suerte, hoy es tu día, me caes bien y te perdono, además se de quien eres, ya me puedes dar las gracias…márchate y acuérdate de mí.
Corrieron lágrimas y juramentos a partes iguales, y de pronto a todos se nos fue la tontería… Mira que si nos pillara hoy, decía con una sonrisa de oreja a oreja, cuando tiempo después íbamos todos en la Sava de Jose y Miguel Angel, con unas cajas de cerveza como asientos, por el mismo camino en busca de la tan ansiada libertad que parecía no querer encontrarnos, cantando aquello de “Valemos un Montón”.
A las noches de los sábados y sus verbenas se sucedían los domingos de marcha, el guiñote y el futbolín en el Correos, nadie jugaba mejor que él, a eso del futbolín me refiero, curtido en mil batallas en los recreativos de su amado Barrio de Zaragoza, los miles de bares que había entonces en Calamocha, las discos a la espera de las lentas y sacar alguna chica a bailar, no podíamos acabárnoslos… Mientras llegaba el negro final de todo, cuando unos días después de San Roque se marchaba y nos dejaba allí a todos, solos, en lo que nos parecía un pueblo triste, como otro cualquiera, pero sin él, el más triste y aburrido del mundo…
Joder, a ver si ya de una vez, os vais a estudiar a Zaragoza y os saco por allí de marcha, vais a alucinar colegas. Venga, hasta el año que viene, ya os escribiré, y vosotros también, escribirme, no me dejéis solo, no me seáis hijos de puta, acordaros de mí.
Sin embargo, una vez allí, en Zaragoza, apenas hubo tiempo de nada, de quedar alguna vez, y poco más, en aquellos años, todo era tan distinto, había que llamar a su casa, dar el recado, que él lo recibiese a tiempo, y por fin vernos, o bien él debía pasarse por el piso donde estábamos, y tener la suerte de pillarnos. Complicado. Y para un día, que nos encontró en casa, termino en catástrofe:
Apareció una tarde por la Calle Latassa, donde vivíamos, para ver cumplidos todos nuestros sueños por fin, un día cualquiera entre semana y nos dijo, venga vámonos a la feria de muestras toca la Orquesta Mondragón, y es gratis, no sé qué de la radio, hasta agotar aforo, tranquilos, no hay prisa, aquello es muy grande y la gente hoy estará en el futbol… De tan tranquilos que fuimos, charrando, charrando, al llegar, ya no había entradas,…  Y allí nos quedamos, lamentándonos, como casi siempre, en tierra de nadie, a un lado media Zaragoza en la Romareda, y al otro lado, la otra media cantando aquella canción que tanto nos gustó siempre: Hola mi amor, soy yo tu lobo…
Así que lo más fácil era quedar para el Pilar el mismo día en que terminaba el verano, cuando acabado San Roque se marchaba a casa. Nos vemos la víspera del Pilar, a las siete, cuando llegue el autobús con los demás, en el Puente los Gitanos, iré a buscaros.
Siempre acudía solo, parecía no tener amigos, en realidad, era todo lo contrario, quería estar solo con nosotros… y de allí, al Rollo, al paraíso en la tierra…Saldremos hasta los huevos de Los Lobos y La Bamba, pero en todos garitos ponen lo mismo. Allí están mis colegas, luego pasamos, primero vamos aquel otro garito, a ese ni entrar, aquel tampoco, hostias seguras, luego iremos a este otro, luego aquel, echar un bocata, no entraba nunca dentro de los planes… y después nos cruzaremos a Zuma, algo caerá, y a una mala, si no se da bien la noche, nos bajamos a ver a las de la universidad a Doctor Cerrada o a los pijos de León XIII, a los tugurios esos donde no si vas con zapatillas no te dejan entrar, y así acabamos la  noche, echándonos unas risas… En realidad, con él, nunca salimos del Rollo. O, más concretamente, de Calamocha, lo único que nos unía. Allí, estábamos fuera de lugar y pronto cada uno marcharía por su lado.
Creo recordar que se fue a la mili, aunque le habría sido fácil salvarse, ¿estás loco, tu que puedes? “cabrones, me voy a ver mundo, nos diría, a ver si con suerte salgo de Zaragoza”, luego comenzaría a trabajar, y poco a poco a faltar a su cita con los veranos de Calamocha, pasaban los años unas veces venia algún día, otras ni eso, y siempre el catorce, aquel día en que la cuadrilla en sus últimos días unida se marchaba a comer al Mas, a mojarse por dentro y por fuera, camino del chupinazo nos fijábamos en su puerta, con la ilusión de que estuviese abierta y hubiese venido aunque fuese tan solo a saludar, pero ya la persiana, bajada sin atascar con aquella madera gastada, eternamente rota, te decía, que en aquella casa, no había nadie…y lo echábamos de menos, y pensábamos, aún es pronto, aun vendrá… pero dejo de venir y ya no volverá.
Hace un tiempo, a todas luces, ya escaso, retomamos la amistad de la juventud, bendita internet, envuelta ahora entre recuerdos, y nos volvimos a encontrar, en el fondo estaba la llegada de los cincuenta años, “iré, iré, a la fiesta”, pero finalmente no fue, le podría el miedo, esa sensación, que te hace tanto echar de menos el pueblo, como comprender que ya nada de lo que de él recuerdas existe, entonces, para que ir, mejor quedarte en casa, lejos, recordando, en definitiva soñando despierto.
Leía el Blog de los Recuerdos de Calamocha y nos seguíamos en Facebook, le encantaban las historias, todas las leía, se lo conocía de arriba a abajo y le daba al me gusta y yo me acordaba de él una vez más, y yo pensaba le debo un recuerdo, le debo algo, y de vez en cuando le sorprendía con alguna foto, él pacientemente esperaba, sabía que yo guardaba un buen puñado, y que poco a poco las iríamos viendo.
Le habría gustado a rabiar, el recuerdo de hoy, que ya no podrá leer, y lo habría leído una y otra vez, mil veces. Siento muchísimo no haberlo escrito antes y que lo hubieras podido leer, recordar, reírte, me rondaba por la cabeza, y lo fui dejando como tantos otros, sabía que un día lo escribiría y nos reiríamos juntos, y que cruzaríamos cientos, miles de mensajes, y que tú me dirías: te has dejado esto y aquello, y por qué no cuentas eso otro de… ya no tiene remedio, nunca imagine que lo escribiría en un día tan triste como hoy y que tú ya no alcanzarías a leerlo, por mucha prisa que me diera en terminarlo, ya era tarde.
Siempre te recordaremos, y te echaremos de menos, y con toda seguridad, lo haremos cada vez más, y seguiremos, mientras los caprichos de dios nos lo permitan, cada 14 de agosto pasando por tu puerta, con la esperanza de que hayas vuelto a nuestros maravillosos veranos de la niñez y juventud que siempre irán ligados a ti, a la banda sonora de tu vida, la nuestra, gracias, gracias, gracias… Te queremos un montón.   

A Ignacio (1966-2016)

Un día de noviembre del 2016