Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

sábado, 4 de febrero de 2017

El Barrio. Entre maestros y civiles. Capítulo 1


LA PUERTA
Me aleje de la ventana desde la cual, junto a mi abuela, veía la vida pasar por el Barrio y por primera vez, solo, que yo recuerde, me asome a la calle. El día estaba triste, se había oído el camión de mi padre, allá a lo lejos, hacia el cuartel y las escuelas, más allá de la puerta de casa, donde aquel día no se podía aparcar.
Vacío de sacos de pienso el camión, hacia un ruido ensordecedor, las cadenas golpeaban la caja de madera de aquella vieja Avia frutera de Pygasa, que había venido a parar a Calamocha, tras un embargo de Matinsa, por alguno de los muchos almacenes de naranja del Reino de Valencia. Era la hora de comer y estaba a punto de llover, Santa Bárbara no se veía, y se me fue la vista para el otro lado del Barrio, el de la costera.
Estaban encementando la calle, y el suelo aparecía divido en cuadriculas entre maderas y cordeles… llovía y ya no se podía trabajar, la hormigonera dejo de hacer ruido y los albañiles buscaban refugio … mientras a Joaquín y la Pili, y a algún crio más no les importaba que lloviese y se lo pasaban en grande cruzando de un lado a otro de la calle a través de los tablones que ahora servían de guía.
La tentación de pisar el cemento, de agacharte y dejar tu mano en él, era enorme… de la casa de Malaco al horno de la Tía Amparo, la casa del Boto en invierno, pasaban una y otra vez…Y los albañiles, dejando hacer, entre llamadas de atención y ánimo a un tiempo, los miraban divertidos… esperando que alguno se diese de morros en el cemento recién echado, para decirle, “ves, zamacotan, te lo dije”.
Sin darme cuenta, mi padre se presentó en la puerta de casa, me alzo por sorpresa en brazos y toque el timbre, me gustaba tocar el timbre y él lo sabía, aunque sonase y aún suena de un modo horrible. Yo no quería quitar el dedo, pero estaba demasiado alto y si no me aupaban no llegaba. ¿Cuándo llegare a tocarlo?, le pregunte, … Cuando comulgues, me contesto. Y a cotenas, me llevo dentro.
Todavía quedaba mucho para aquel 26 de mayo de 1976, día de la Ascensión, en el que comulgué y pude comprobar como mi padre tenía razón, y alcanzaba por fin a tocar el timbre de casa, me sentía, me creía inmortal.
Aquel día en que me aleje de la ventana y me asome al Barrio, vi que de un lado vivíamos nosotros, partidos por el callejón de los Condas, y por otro lado, vivian los maestros y civiles, y yo en el centro, inmortal, me sentí como el niño dios de Juan Ramón Jiménez. Las casas de mi Barrio, cuando yo aún no conocía Calamocha, me parecían palacios, las iglesias, de haberlas, catedrales y todos, absolutamente todos quienes allí vivian, estaban en su sitio, en la tierra, no en el cielo… Todos aquellos a los que de un modo u otro les debo lo que soy y hoy recuerdo.
LAS TRES MAESTRAS
UNA: Doña Tomasa
Si la médica es la mujer del médico, Doña Tomasa era la Directora, vivía allí mismo junto a nuestra casa, en el primero de los porches, y su marido, Don Vicente, era como es de imaginar, el director, no muy alto, siempre bien vestido, trajeado, con corbata y americana, próximo ya a la jubilación, serio y correcto, parecía inaccesible, como lo eran muchos de los maestros de aquellos años. Ella ama de casa, sus labores, repartir encanto.
Daban ambos la impresión de ser tan viejos como nuestros abuelos, no tenían hijos, o tal vez sí, pero no allí en Calamocha, en cualquier caso, de tenerlos ya serían mayores y harían su vida lejos. Que yo recuerde, eran de por aquí, de por algún pueblo de la Carretera de Valencia entre Teruel y Castellón… y acaban de estrenar por aquellos lejanos años, el coche de momento un Citroën 8 Berlina, de cuatro puertas y color marrón, con el cambio en el salpicadero y con la “H al revés”, había que andar con cuidado, y asomarse solo cuando nadie te podía ver, no apoyarte en él, y jugar a la pelota lejos, abrirlo, los coches entonces no se cerraban, también se podía… Creo que el año en que se inauguraron las escuelas nuevas se jubiló, no llego a darme clase, daba a los mayores…
Quien si me dio clase fue su mujer, aun no siendo maestra… clases de besos, arrumacos, pellizcos en los mofletes rojos del frio, con lo que eso duele en invierno y caramelos a todas horas… Ella era muy alta, o eso me parecía, con gafas, simpática, bien vestida y peinada, y siempre llevaba el bolso lleno de caramelos, esos bolsos de plástico duro y negro, que se cerraban con un clic, y con el cual, mejor no pillarte los dedos.
Hablaba mucho, preguntaba, sonreía, saludaba a todo el mundo… y con su marcha el Barrio quedo un poco triste. Aún la Felisa de vez en cuando nos mandaba recuerdos de ellos, pues tenían algún amigo en común de cuando el jaleo por estas tierras del Reino, o bien se veían por la capital de Valencia, o en el tren… con la Felisa y su don de la ubicuidad nunca se supo muy bien.  
Al marcharse, el porche quedo vacío y ganamos un lugar seguro donde cobijarnos y jugar, dejar pasar el tiempo, y disfrutar, incluso, pudimos ver a las naves espaciales orbitar la luna, y según Manuel, al mismo hombre en la luna. Aquel refugio a un paso de casa, resulto maravilloso, si alguien conseguía algún cigarro, hasta se podía fumar. Ahora bien, había que apostar vigías a uno y otro lado del porche, pues los civiles, no dejaban de pasar por la calle, nuestro Barrio. Civiles que, por aquellos años, aun andaban de dos en dos, a pie, capa y mosquetón. Mientras guardaban el Landrover para las grandes ocasiones y el dos caballos descansaba en la puerta.
CIVILES
Maña, ayer le echo la pareja de civiles el alto al Bicho al entrar al Barrio cuando volvía de trabajar a la hora comer, con la bici… Y fue, el nuevo, ese tan flamenco, de por allá abajo también, chica ya no sé de donde me dijo que le había dicho que era, cuatro hijos le dijo a mi ver que tenía… Y para que te crees que le paro, para decirle que si le podía vender un saco de patatas…
Y aún hay más, que te parece que le dijo el desustanciado del Bicho, que lo que hiciera falta, como si quería todas. Redios con el susto que se llevaría. Conque maña, al cabo del rato se nos presentó en casa, y ya le dimos unas pocas a cuenta, y que le guarde un par de sacos, y que no se quien, porque yo no me fijo ni se quien son, que también quería, así que las vamos a vender todas y nos vais a tener que dar porque yo comprar, ya le he dicho a este, yo no compro, tendré que pedir a quien me quiera dar, y no me digas que me lleve las que tienes en la bodega, que te conozco, las de año pasado te las quedas, porque esas no las quieren ni los tocinos…
Que memoria tengo, redios, ya me iba sin decirte por que he venido,… me dice el Bicho que luego hablara con Jose María para ver qué precio le dais este año a Don Juan, y así él dice que se las venderá más caras al flamenco este de los cuatro hijos, que bien pocas faenas debe tener…
Y es que dice Gargallo, que no es lo mismo un maestro, que un civil, y que lo jodera.

Más le vale que le saque las perras ya que no vamos a comer patatas y que lo joda bien jodido, pero que te crees tú eso…
Dos: DOÑA JULIA
De vez en cuando Doña Julia, la mujer de Don Juan, entraba en casa a por un cesto de patatas, mi abuela le invitaba a bajar a la bodega y que ella misma se sirviese, y ella le decía: “considera voy a bajar, Doña Rosa”, y se quedaba en el patio esperando …
Mientras tanto en su casa, en el último de los porches, haciendo esquina con el fin del mundo, a su marido, a Don Juan, supongo le hervía la sangre y le había dado tiempo a quitarse la bata con la que tan elegantemente vestía en clase, colgarla y plancharla, “los hombres debemos ayudar en casa, una vez conocí a uno, que era alemán, y que debió perderse cuando la guerra que compartía con la mujer las tareas de casa,todos se reían de el, cuando lo veían salir a lavar o tender”…  
A Don Juan le habría dado tiempo a repasar las noticias y ver que se les había ocurrido de nuevo a los americanos, “a esa buena gente, tan mala” que tenía ya por entonces la manía de entrometerse en todo, e igualmente habría podido dar vuelta de las palomas que criaba, y preguntarse si algún día volvería a casa su mujer, pues pasaba el tiempo y allí seguía en el patio de nuestra casa, aquella Doña Julia, que te miraba con ojos dulces charrando sin parar con mi abuela y mi madre. A pesar de su suave voz, todo cuando decía se oía mucho más que cualquier cosa que bien pudiera decir mi abuela…
Otras veces, les llevábamos un saco de patatas a su casa y las dejábamos bajo las escaleras, “a estas casas les falta una bodega”, era la cantinela de siempre. Doña Julia formaba parte del paisaje del Barrio, diríase que cundía lo suyo, calle arriba, calle abajo, en todos los corros hablando… y por supuesto, repartiendo besos y tirones de mofletes entre la chiquillería, cuidando de no llevarse ningún balonazo, o viniese una voleada de aire y se la llevase cara el Ajutar…
Venga, quien se atreve a meter la mano en el capazo… en aquellos años, y con los bolsos que se estilaban, había que pensárselo, pero dado que era una más, como de la familia, a la que solo nos faltaba llamarla Tía, no había problema, y de aquel bolso sin fondo, salía una galleta napolitana, de esas que nos gustaban tanto y vendían La Paca y Rafael en el Rabal.
Tres: DOÑA ENCARNA
Aquel triángulo mágico de mujeres, todas “maestras”, lo completaba justo en el centro de los porches, Doña Encarna, la mujer de Don Jesús… Alta, siempre morena, elegantemente vestida, pasaba por la peluquería todas las semanas, y además se maquillaba y arreglaba tan solo para salir a la puerta del Barrio como si fuese a una boda, estaba tocada por el don de la simpatía, guapa, en realidad no se podía pedir más…
Dicho lo cual puede parecer que para ser aquellos años, aquella gente y aquel Barrio, estaba fuera de lugar, al ser una mujer como se suele decir avanzada a su época. Pero tampoco era si del todo.
Escoba, fregona y trapo en mano, vestida de domingo, su porche relucía como los chorros del oro, cuando no estaba limpiando, estaba de capazo con la Moracha, al vivir una frente a la otra, se les podía ver a todas horas charrando de vete a saber qué, junto a mi abuela y las demás, caminantes incluidas, como la Tía Amelia siempre de paso hacia la casa del Boto, al llegar el buen tiempo, el sol era su pasión, se pasaba las horas tomándolo, bien en la calle, bien en el corral …  
Niña que te crees que hace, despechugarse en el corral, que no hay nada mejor que el sol… que me sentaría bien me dice, redios, pero yo ya soy mayor para todo… ya me dio todo el sol que me tenía que dar en esta en vida, cuando me toco segar, no sé qué hay de bueno en eso, que no me espere que no es mi santo, le tengo dicho… Comentaba la Carmen a mi abuela cada vez que venía el buen tiempo y la una se despechugaba y la otra se llevaba las manos a la cabeza, envidia y asombro a un tiempo.
Al sol de primavera era normal que al marchar a clase por la tarde les dejásemos hablando y al volver, un par de horas después, las encontrásemos igualmente hablando unos metros más allá siguiendo el camino del sol…
Maños, venir aquí, nos decía Doña Encarna y nos daba un montón de pitones que Don Jesús había “requisado” a los mayores en clase esa misma mañana, otras veces era él mismo, quien nos los daba en la puerta de su casa, tenía fama de ser recto y serio en clase, y a buen seguro lo era, pero para nosotros era como un dios, y además daba clase a los mayores y para cuando nosotros lo fuésemos el ya estaría jubilado. Nos faltaba valor, para preguntarle, que hacía con tantos cigarros, como confiscaba entre la chiquillería que jugaba a ser mayor, material que también nos hubiera gustado recibir…

DE LO DE PARDOS A LA CALLE MAYOR
Yo andaba, arrastrado por mi abuela Rosa, cansado, ella en cambio andaba a buen ritmo, y yo agarrado al bolso le seguía como bien podía, aquel bolso de plástico gris y negro, ni grande ni pequeño, con la cremallera rota, parecía ir con mi abuela a todos lados, cuando ella necesitaba llevar algo consigo, lo mismo fuesen unas botellas de leche que un conejo para regalar o llevar a la iglesia para que recibieran la bendición el día de San Antón.
Veníamos de lo de Pardos, familia con quien mi abuela tenía una gran amistad, nos habíamos recorrido toda la inmensa tienda llena de muebles y más muebles que parecía no tener fin, mientras veíamos y saludábamos a través de los cristales de los innumerables escaparates a la gente que pasaba por la calle… Era la primera vez que salía del Barrio, y con ganas de volver a casa mi abuela, dijo, espera, aún hemos de hacer un recado más, tenemos que ir a despedirnos de, quien fuese, pues no recuerdo su nombre
Poco después entrabamos desde el Peiron a la calle Mayor, hacia sol, un día magnifico, luz por todas las partes, y ante mí, una calle de la que no se veía el final. Había charcos, íbamos de un lado a otro, debía ser un día de esos de mayo, aún con frío, y a mitad de calle, mi abuela dijo aquí es, y abrió la puerta, y entró, como se hacía en aquellos años.

“Maña, ande estas soy Rosa, vengo a ver qué hace el hombre”, una voz contesto, y dijo, “pasar, hemos bajado la cama grande al cuarto”, y “como esta”, “bien pero mal”. Mi abuela me ordeno quedarme a los pies de la cama y ella se acercó a la cabecera, había un par de mujeres más, hablaban con normalidad, a través de la ventana entraba el sol y la luz, la colcha era blanca y las paredes azul claro, azulete, había cuadros de santos y vírgenes, como en todas las casas, y hasta un armario y un espejo…y olía a antipolilla ,aquel que ponían las abuelas en las habitaciones, olía a limpio…
El hombre pregunto por mí, quería verme y mi abuela me hizo acercarme, me vio, y nos marchamos al llegar una nueva visita…” Bien pero mal”, aun hoy digo esa frase muchas veces, de tantas como la oiría en adelante, “pronto nos veremos” dijo mi abuela, “pronto Rosa, pronto” contesto la mujer del hombre que estaba en la cama.
Venga, vámonos a casa, aquí no hay nada que hacer, me agarre al bolso y me deje llevar, perdido en aquella calle, seguí a mi abuela que caminó hacia las monjas. Al cabo de un rato dijo para si misma, pobre hombre, lo que ha trabajado y le ha tocado sufrir solo él lo sabe… no tardara en morirse, no llegara al domingo.
Aquello me paralizo, no me sabia aun los dias de la semana, pero eso debía ser muy pronto, el cielo me cayó encima, de pronto todo cambio, se hizo de noche, quería echarme a correr y volver a casa, tenía miedo, y ya no me atreví a preguntar nada, aquella primera vez que salí del Barrio con mi abuela para encontrarnos con la muerte...No me gusto, quizás por eso aún la recuerdo.
Con el paso de los años, al visitar a alguien, el olor ha vuelto a mí y me he acordado de aquella calle, de aquel día, de aquella casa, que jamás he logrado identificar, allí en la Calle Mayor. Aquel hombre.



DON PEDRO Y DOÑA PILI
Estos jovenzanos, corriendo a todos lados, parece hasta que les cueste saludar, ni que fueran civiles.
Buenas tardes. Buenas, era Don Pedro que volvía de clase junto a Doña Pili. Vivian en el mismo porche que Doña Encarna, y mientras ella se metía a preparar la maleta, el sin entrar, se encaminaba hacia la casa de la Tía Antonia, la caminrealera, hoy sede social de la Xurria,donde encerraba el Renault 12 colorao.
Al final en el Barrio faltaran cocheras, con tanto coche y tanta gente, perras para casa… yo si mis hijas no vinieran de vez en cuando a dar faena, bien pronto la alquilaba, que se jodan y paguen, tanto auto por todos lados.

Ya niñas, no se puede ni andar tranquila, y menos una vieja sorda y coja como yo. Ahora que, que no venga ningún civil, que no le alquilare nada… lo que dice el Bicho, si supiera que pegando fuego a mi casa ardía el cuartel, y se lo llevaban a otro lado, ahora mismo le pegaba fuego.. a ellos que no les pasase nada, pero el cuartel hacer leches de aquí… redios es que ni saludan… les voy a vender las patatas bien caras, y ojalá tuviese vacas y leche como tienen en el otro Barrio, para aguársela.
Chica no digas tonterías, se va pensar Doña Encarna, lo que no es… que mal te habrán hecho los civiles. Coño, ninguno. Pues eso… Mediaba mi abuela.

Es que yo no valgo para eso maña, tu si, y el Casimiro también, que tiene amigos en todos lados, y tu bien has sabido sacarles las perras a todos, que bien los has tenido de pensión uno tras otro, y vendiéndoles la leche, pero joder, yo no valgo para eso.
LOS HIJOS DE LOS CIVILES
Hasta nosotros, los críos, vivíamos de espaldas al cuartel, el por qué, ni yo mismo sabría decirlo, tal vez imitábamos a los mayores, pero no creo que fuese así del todo,  mirábamos para otro lado por nada en especial, simplemente porque no merecía la pena, ellos iban y venían, unos pocos años y se marchaban, no parecía merecer la pena perder el tiempo en amistades condenadas al olvido, había tantos críos por todos los lados, tantos amigos, que ni ellos nos necesitaban para nada, ni muchos menos nosotros a ellos…
Ellos jugaban al futbol en su cuartel y nosotros en nuestra calle, ellos no nos dejaban cruzar el cuartel para pasar al otro Barrio, a casa la Tía Matea y llamar a Manuel, y nosotros no les dejábamos poner un pie en nuestra calle. Claramente ellos salían perdiendo, o eso creimos siempre, así para ir al Rabal, debían ir por el Barrio Nuevo. A las ocho cerraban las puertas del cuartel, la principal de la calle y la trasera que daba paso a su tierra, y ellos se quedaban sin lugar donde jugar salvo encerrados entres los muros de ladrillo del patio interior.
Cruzar de una calle a otra a través del cuartel era lo más divertido que jamás uno pudiese imaginar, mientras ellos desde las ventanas nos vigilaban. Toda una provocación.

La rivalidad nos llevó unas cuantas veces a citarnos en las enrunas frente a la Cangrejera debajo de lo que luego serian las Escuelas Nuevas, para librar batalla a pedradas, ellos arriba, nosotros abajo, no les teníamos miedo, éramos más y mejores. Tontos de la cabeza a los pies.
Nunca se nos ocurrió, por ejemplo, limar diferencias jugando al fútbol, valiente tontería. A lo más que llegamos alguna vez, fue a jugar a las chapas o pitones en el cuartel, ya que no se fiaban de la calle del Barrio y su cemento, o asistir previo pago, igualmente de chapas o canicas, a alguna representación teatral y magia que, aburridos, les daba por organizar a resguardo de las dos únicas cocheras que tenían por aquel entonces, contra la pared del corral de Gargallo.
Redios los civiles del copón, no tenían otro lado para construir que pegarse al medianil, si pegando fuego al corral, supiese que ardía el cuartel… En medio de una de aquellas representaciones en las que confraternizábamos como lo hacíamos con toda normalidad en la escuela, nos desalojó la mismísima Guardia Civil, metralleta en mano
Pero no venían a por nosotros como en principio creíamos, pues nos temíamos una encerrona, si no que iban a sacar de la cochera el Landrover y marcharse donde fuera que les hubiera salido algo de la poca faena que en aquellos tranquilos tiempos para todos, debían tener. Verlos subir y salir corriendo fue verdaderamente emocionante.
EN FILA INDIA A LA PLAZA DE LA IGLESIA
Don Pedro y Doña Pili, eran ya otra generación, más jóvenes, por casa de Doña Encarna y Don Jesus, ya había nietos, de Doña Tomasa imagino lo mismo, y los hijos de Don Juan eran ya mayores, el Seat 127 de color verde estaba siempre aparcado en la esquina, casi nada, vivieron allí en el Barrio un montón de años entre nosotros,escapándose los fines de semana, al pueblo, de modo que entrar en el corro para charrar requería un salto demasiado grande para todos, amen de tiempo.
Ella toda sonrisa y ternura me enseñó a leer y escribir, y de Don Pedro recuerdo las clases de ciencias, sus dibujos en la pizarra y las matemáticas, y además una campana que tenía sobre la mesa, de esas que antiguamente había en los mostradores para llamar al dependiente.
Íbamos de la mano por parejas, uno detrás de otro, en fila india, pero no nos dejaban hacer el indio, aquello era muy serio, decían venía la tele, y todos saldríamos por ella. Habíamos estado ensayando, en las horas del patio, que, en párvulos, ya eran las mejores, a la ombría de las viejas escuelas, las tardes previas.
Caminábamos siguiendo a Doña Pili, y detrás venían los mayores, nosotros los primeros, toda la escuela, camino de la plaza de la iglesia, y allí en las gradas nuestras madres aguardaban, y nosotros en el frontón esperando nuestro turno, cogidos de las manos… nada más recuerdo…
Volvimos a casa con nuestras madres, ilusionados, al día siguiente, sábado, saldríamos en la tele, vimos la tele todos los sábados de nuestra vida, que fue la infancia, mientras fuimos inmortales, pero nunca salimos. Tal vez lo echen en el parte, mi abuelo lo veía… pero murió y nunca nos vio. La fama nos fue esquiva.
LA BARBERIA DE SANTIAGO EN LAS CUATRO ESQUINAS
Santiago terminaba de cortarme el pelo, allá junto a las cuatro esquinas, en la Casa de los Marinas tenía su barbería, aquel rincón, a mi parecía un lugar tenebroso, ni aun luz, tenía ese trozo de calle en el que se abría su puerta gris o tal vez azul de madera y viejos cristales, conmigo sentado en el frio sillón blanco y mimbre, Santiago, que parecía ver poco o nada, se daba cuanta prisa podía en aviarme visto el miedo que yo tenía
Cortar el pelo no hacia mal, me decía, pero eso yo ya lo sabía, mi miedo era que me cortase cualquier otra cosa con esa enormes tijeras, las orejas sin ir más lejos, si te portas bien, me decía, al acabar, te dejare abrir el armario y sacar los juguetes.

A los pies del sillón bajo el espejo había un armario donde aseguraba guardar todos los juguetes que uno imaginase… pero nunca los vi, yo estaba deseando acabar y marcharme, si primero le cortaban el pelo a mi hermano, yo en la espera, rezaba a mi manera para morirme allí mismo y evitarme el corte de pelo con el interminable ritual final de recortar el flequillo.
Salí a la calle, de la mano de mi madre para volver al Barrio aquella calle oscura hacia el Rabal se volvía luminosa, era ya medio día, un día frío, la luz cruzaba las esquinas, y las mujeres iban de un lado a otro con los bolsos de la compra corriendo para hacer la comida.

Mira, dijo mi madre, eso debe ser la tele, había aprovechando la luz del cruce de las calles de las Cuatro Esquinas, un hombre con una cámara enorme, y otro con un micrófono rojo y no menos grande, entrevistando a la gente, ven vamos a pasar a ver si nos cogen y salimos en el parte.

Pero yo en aquel momento, además de huir, solo quería saber una cosa, mama, al señor Santiago, ¿quién le corta el pelo?, esperaba que me dijese que el mismo, para hacer yo igual y no volver más, esa sería mi escusa, dado lo mal que lo pasaba y el hecho de que nunca me ensañe los juguetes. En realidad, era el pariente Vicente el Torrijano, el albañil, quien le cortaba el pelo, me dijo mi madre que habían estado juntos en la mili, cortando el pelo a los soldados.
MEDICINA. Jarabe de palo
La tranquilidad de la conversación de nuestras abuelas y las maestras, quedaba rota y con ella se daba por terminada con la llegada a casa, de Francisco, de mis años, el nieto de Don Maicas, eso creo, que ocupaba una casa entre Don Juan y Don Jesús… despidiendo así la charrada hasta la mañana siguiente a la hora de barrer la calle, prácticamente al salir el sol. Y qué habría de nuevo, que tendrían que contarse, para volver a pasar horas y horas charrando escoba en mano. Ya es tarde para saberlo.
Francisco llegaba, miraba a la Moracha, esta le devolvía la mirada, se desafiaban, y en cuanto se descuidaba ya se le había metido en casa, bajado a la bodega en busca del vino, entrado al corral a encorrer las gallinas, rastro tras rastro, mientas la Carmen, al darse cuenta agarraba la escoba y lo sacaba de casa a escobazos, sin piedad alguna…
Mecaguen la madre que te pario, te vas a enterar. Se tenían un cariño inmenso, no en vano, había carta blanca por parte de la familia, para que le diese cuanto fuera menester, con tal de enderezarlo. Lo cual consiguió, muchos destrozos, y escobazos después, haciendo de Francisco un hombre de provecho.
Mi madre lo recuerda muchas veces: “Os acordáis de aquel a quien la Carmen corría a escobazos por el Barrio, si ahora lo viera ella, pobre… es médico, sabéis, quien podía imaginar una cosa así, de alguien que daba más mal que un tocino y era más malo que arrancao, que llegase a ser algo en esta vida, si la Carmen lo viera, estaría orgullosa”.
DOÑA CONCHITA
De entre todos aquellos porches y aquellas casas, de aquellos primeros días, de entre todas aquellas puertas, una en concreto estaba siempre abierta para todos nosotros, y en su umbral, bajo su porche, pasamos tardes y tardes… ¡cuan afortunados éramos!, los días de lluvia, teníamos donde jugar, en el último porche, en la esquina del cuartel, junto a la puerta de Don Juan, estaba la casa de Doña Conchita, su marido no era maestro, si no telegrafista, y también tenía mucho que enseñarnos, Juan Carlos y Conchita, algo mayores que nosotros y finalmente Alberto y Marivi.

Allí merendamos un montón de tardes y pasamos otro montón de ratos muertos y otros no tan muertos, jugando como críos que éramos con los soldaditos, a la guerra, en interminables batallas. Alberto tenía un par de cubos de esos de Ariel de polvos para la lavadora llenos, de los sobres de soldados que comprábamos en lo de Teodoro al salir de misa de doce. Cuando nos aburríamos de la guerra nos quedaban los coches teledirigidos, es un decir, claro, el coche atado a un cable y unas pilas que siempre estaban agotadas, sin ponernos de acuerdo si para recargarlas, o al menos intentarlo, había que meterlas a la nevera o calentarlas en la estufa. También tenía un rifle de fogueo, con el que pacientemente, apostados como francotiradores, esperábamos a que alguien se asomase por alguna de las ventanas que daban al porche. Siempre con cuidado, con miedo a ser descubiertos por la cercana Guardia Civil.
Por la noche, el entretenimiento máximo era jugar a los toros, aunque su padre rara vez le dejaba el capote, que sacaba de fiesta en fiesta del maletero del Renault 12 blanco, para dar pases en la plaza de toros a alguna que otra vaquilla, pero sí que le dejaba unos cuernos que fueron suficiente para aprender a recortar y torrear por parte de todo el Barrio… Su padre, también acabo enseñándonos a escribir a máquina, aporreando viejas máquinas las tardes de los veranos en una de las casas de los maestros que por aquel entonces empezaban a quedar vacías… ASDF JKLÑ, ASDF JKLÑ Aún hoy en casa, la siguiente generación ha aprendido a escribir a máquina gracias a él, al libro que nos vendió en las clases…  
LA TIENDA DE ELIAS EN LA CALLE REAL
Estaba nervioso, había llegado a casa tras terminar la escuela y debía pedir a mi madre dinero para salir corriendo a comprar, antes de que se hiciera de noche, supongo que fui con José, y alguien más, estábamos en primero de EGB y al día siguiente comenzaban los exámenes, el primer examen, y para ello necesitábamos comprar un cuadernillo de folios de cuadricula grande que nos serviría para toda la evaluación, así como un boli de repuesto por si las moscas.
Había que hacerlo en boli, en papel cuadriculado, ya éramos mayores, las gomas, todos lo sabemos, nunca borraron el boli, empezaba a poderme la responsabilidad y la cosa ni siquiera había empezado, salimos del Barrio por la esquina del cuartel y llegamos a las Cuatro Esquinas, camino de lo de Elías, donde vendían los folios. La tienda estaba a tope, todos a lo mismo, gente dentro y fuera, mientras los mayores compraban los folios de cuadricula pequeña y nos miraban con cierta arrogancia, como diciendo no sabéis lo que os espera, aunque vuestros exámenes son fáciles, ya veréis, cuando tengáis que hacerlos en cuadriculas pequeñas.
El camino de vuelta a casa cruzando el Rabal con los folios en una mano cuidando de no estropearlos y el boli en la otra, todos lo sabíamos los bolis, no se podían llevar en el bolsillo pues fácilmente se salía la tinta, adiós a los pantalones y bronca por todo lo alto, por tonto, por que si no, y es que en aquellos días, con dos pantalones pasábamos el año, unos para diario y otros para mudar, y en mi caso, siendo el hermano pequeño, estrenar era algo que ocurrió solo muy de vez en cuando….

El camino lo recuerdo como un suplicio, se hacía de noche y al entrar al Barrio el sol desparecía por Santa Bárbara, y yo, ni quería llegar a casa, ni acostarme, ni ver la luz al día siguiente, el día de mi primer examen, con aquel maestro del cual nunca supimos de donde salía, ni de dónde venía, ni mucho menos donde vivía
RUIDO DE ESCOBAS
Unos años después el Barrio inicio su peculiar transición, una de tantas, y lo hizo de acuerdo a los canones más tradicionales, y es que no podía ser de otra manera, donde fueres haz lo que vieres, la hoy tan traída y llevada transición muy probablemente comenzó allí, en el Barrio una mañana cuando nuestras abuelas aún estaban en la cama y sintieron ruido de escobas en la calle, su calle, y se estremecieron… De fuera vendrán que de tu Barrio te echarán.

Rosa, maña ande estas, has sentido barrer la calle al punto la mañana, quien te crees que ha sido, no te lo vas a creer, joder, ha sido la Hippy, que chica más maja oye, quien lo iba a pensar, que tan joven y de tan lejos, fuese a salir a barrer la calle como una tonta, como hacemos nosotras… Ayer hable con ella un rato grande, y me dijo que le va lo verde, así que a la tarde le pasare acelgas, y tu maña, si tienes algo, pues le pasas también, esta es de las nuestras, total si lo vamos a tirar, se lo damos y aviao, que las putas de las gallinas y los tocinos ya están hartos de tanto forraje, me parece que me dijo que era de por allá de algún pueblo de Valencia, y no sé cuántos años me dijo que tenía, pocos, me dijo que se llama Ascensión, como la virgen.

Continuará

2 comentarios:

Luis Manuel Muñoz Pérez dijo...

Muy buen relato!! Muchas gracias por compartirlo, estoy seguro de que a mi abuela, de Fuentes Claras le gustará mucho leerlo, le gustan las historias de la vida en los pueblos hace tiempo, en la guerra civil, vivencias... De veras, muchas gracias.
Te animo a continuar con los posteriores capítulos (;

Jesus Lechon dijo...

Mil gracias a ti, seguiremos escribiendo y recuerdos a tu abuela. Uno de los protagonistas de este relato, Gargallo, "nació" y vivió en Fuentes Claras.