Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

martes, 1 de noviembre de 2016

El tiempo ya compartido.

Hubo mil y una razones por las que seguir adelante y celebrar tal y como estaba anunciado, Halloween, recorriendo el Convento, a base de sustos que a nadie hicieron mal, salvo a los que como yo, padecemos del corazón, y hacerlo sin pies ni cabeza, como si de una atracción de feria, película de Disney o de Serie B se tratase. Al fin y al cabo, ya se hizo una visita guiada, y lo conocimos todo, o eso creímos, sobre aquellas viejas cuatro paredes.

Sin duda, fue una idea genial, ¡qué lugar mejor!, a la hora de divertirse, pensaron aquellos que por un día, parecieron, perder el alma, y ahora supongo pugnaran por buscarla, en eso que se da en llamar una huida hacia adelante, en este caso camino de la razón, cuando hubiera bastado con detenerse al cobijo del sentido común.

Ellos sin miedo alguno, corrieron, rieron, se divirtieron en una noche como aquella, en la que nuestras abuelas, carentes de nuestra brillante y cómoda educación, pero infinitamente más cultas que uno mismo, antes de acostarse, dejaban una lámpara de aceite encendida por cada muerto a recordar en la familia. Infinitos.

¡Qué lugar mejor que un “convento”!, según parece, abandonado, convento que no es de nadie, o a lo peor, de todos. Escenario increíble, ideal, perfecto, no hay duda, mejor que cualquier cementerio, pues en su interior hubo algún día vida. Había que aprovecharlo.

Finalmente de enhorabuena, la pasada noche, llego el momento, de derribar puertas, aun teniendo la llave, y darle un uso apropiado a los tiempos que corren: Diversión para todos… Al menos por una noche sirvió para algo de provecho.

Para todos diversión, salvo paro los que padecemos del corazón, y esta pasada noche de Todos Los Santos nos ha costado conciliar el sueño, y somos muchos, en términos democráticos, muy probablemente, mayoría.

Razones en contra de tan aterrador paseo como el de la pasada noche, en su momento no se me ocurrió ninguna, hasta pienso que a las monjas que allí descansan, bajo un epitafio escrito por ellas mismas, (cuesta estar frente a ellos, y leerlos, sin sentirte morir), les gustaría la ocurrencia, estarían encantadas, no les importaría.

Por tanto, llegue a creer que fue una idea tan genial, que el único pero que acerté a ver, es que no se me ocurriera a mí.

Sin embargo, no debió hacerse.

Aún era pronto. Habría bastado con dejar pasar unos años, una generación,…para que todo esto se viese con otros ojos… Y una generación, en realidad, no es tanto tiempo. Siempre las prisas nos acompañan.

Cada vez que ocurre algo así, una idea tan genial, tan avanzada, aparentemente brillante, termina por ser tan irrespetuosa con nosotros mismos, de tan moderna que resulta, que sin duda hubiera sido mejor poder volver atrás y rectificar. La calle, en principio, sí que es de todos, la calle para correr, hubiera sido el mejor de los escenarios, Calamocha da miedo, al menos ahora, a mí...

Basta mirar, no tan atrás, y recordar en post de la modernidad, aquel sumo despropósito de la Feria de la Purísima Constitución, que parece, afortunadamente, ha pasado a mejor vida, una juerga para unos pocos, un lamento para una mayoría…

Uno siente, que su pueblo, ya no es tal, y por tanto debe callarse, pero uno, sin su pueblo no es nadie. Me duele Calamocha, y cada vez, más, no por que cambie, eso es inevitable, si no porque, como en todas partes, no se pensara dos veces, o cuantas hubieran sido necesarias, las cosas.

Que no lo hagan en otros lugares, al pensar y hablar me refiero, egoístamente me da lo mismo, no nací en esos otros lugares. Que es lo que trae el tiempo, bueno, el tiempo trae afortunadamente otras muchas cosas, no solo Halloween. Que todo aquello sucediese en lo que queda de mi pueblo, me dolió, me duele, y me dolerá por un tiempo, y por encima de todo, me sigue entristeciendo el hecho de que a la hora de divertirnos, parece que no pensemos ni siquiera por un instante, en los demás, en el que dirán, de nuestras cultas abuelas y su saber estar.

Se dio el paso, debió ser divertido, otros pasos ya dados, otros por llegar, y el momento en el cual dejamos de respetarnos a nosotros mismos se acerca cada vez un poco más, y a uno se le para el corazón, a la altura del torno por el que nos daban los recortes, y piensa que algún día, ya no merecerá la pena volver a Calamocha, ni siquiera para gozar del descanso eterno.

En casa se celebró Halloween, y ¿por qué no?,…  ya todo el mundo parece hacerlo, dicen que tiene su razón de ser divertida, la risa, frente al miedo que nos sugiere la muerte, la vida en el más allá. Bueno, todo vale, o casi, esa misma noche al acostarnos, no nos olvidamos de lo más importante, y encendimos en la cocina, las velas, que ahora son a pilas, por los infinitos muertos de la familia, y también este año lo hicimos por las monjas que allí en el convento descansan, también por los que la noche pasada, corrieron y se divirtieron en la que fue su casa, aquellas mismas monjas que nos daban recortes o nos dejaban entrar a los niños, al llegar la Semana Santa para poder curiosear, a tiempo que guardábamos allí todas las imágenes que salían en procesión, encendimos velas por aquel convento donde muchas de nuestras madres, hoy abuelas, aprendieron a leer y escribir, y velas por la plaza que retumba cada viernes santo con la salida del Ecce Homo, velas por las misas en las que como monaguillo acudí y velas por sus cánticos, pero sobre todo, por su pasado que es el mío y no puedo pisarlo…

Todas aquellas monjas, son tan calamochinas o más que los vivos que disfrutaron de la suerte de pasear aquella noche de Todos los Santos, entre aquellos muros sin el encanto exterior de los grandes monumentos, o tan calamochinas como quienes en el cementerio descansan. Hay más calamochinos muertos, que vivos, y a veces se nos olvida.

Ellas, allí enterradas en el convento, siguen estando con el alma en el lugar donde vivieron, rezaron y murieron, y mucho me temo que caprichosamente, pasaron un miedo atroz, aquella noche de Todos Los Santos, que ya es historia, noche en la que me aleje un poco más de mi pueblo.

Me hubiera gustado que alguna monja de aquellas, con gran sentido del humor, se hubiera manifestado… eso sí que habría dado miedo. Pero a buen seguro, ellas son incapaces, de hacer algo así.

Castellón 1 de noviembre de 2016. Me duele Calamocha