Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

lunes, 14 de septiembre de 2015

La guerra del fin del mundo.

HUBO un tiempo, en realidad, no hace de ello tanto, en el cual los bancos y en especial las cajas de ahorro, estaban de nuestra parte, eran como nosotros, uña y carne nuestra, navegábamos todos en el mismo barco. 

Queda todo ya tan lejos de la cruel realidad actual, sin embargo, no fuimos capaces de darnos cuenta, fue toda una pena,  nosotros los humildes siempre tan altivos, acostumbramos a mirar para otro lado, como si la cosa no fuese con nosotros, como si oler mejor o peor nos diese lo mismo, saber más o menos, siempre desconfiando de todo el mundo, especialmente si viste de uniforme o tiene dinero, nosotros nunca hemos tenido bastante por mucho que nos hayan dado de este último, nunca nos dejamos “gobernar”, ni aún mucho menos enseñar. Siempre lo supimos todo.


De la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza Aragón y Rioja, llegaban en aquellos años, calendarios y bolígrafos a mansalva, a cualquier hora, a cualquier gestión, nuestros padres y abuelos volvían a casa con un detalle u otro, así, sin más, toma, coge lo que quieras decía el cajero, el dueño de todo. 

Los bancos, aseguraban los mayores, en cambio nunca daban nada, si bien, “daban mas intereses por las perras”, pero ¿ quien tenia perras? en aquellos años, nadie. Los bancos solo daban a quien ya tenia dinero, intereses del doce, quince por ciento,una barbaridad, hoy que prácticamente ya no te dan ni los buenos días,y hasta les molesta que le lleves dinero... De prestamos no se hablaba, en aquellos tranquilos años, por que nadie en su sano juicio oso jamas ir a un banco a pedir dinero.

Lotería por Navidad, para el Niño, colonia, jabón, libros de temática aragonesa, soperas, cubiertos,era lo que había que pedir en las cajas, mucho mejor que los intereses, algo que se podía tocar... pero sobre todo colonia y  jabón, parecía se habían propuesto limpiar  España recién llegada la democracia a base de Heno de Pravia, y a fe que lo consiguieron. No habría dinero, pero olíamos muy bien.

Era maravilloso, todos los años, cada dos por tres, a la caja a por los regalos, y ya, ni siquiera hacia falta guardar las cinco, luego diez mil pesetas que había que meter para tener tu regalo, bastaba finalmente con acercarse sin un duro en el bolsillo y hacer el paripe en el cajero, que me das que te doy, y pastilla de jabón al bolso. 

Hasta lo bueno cansa, tanto Heno de Pravia, hizo que su olor se encontrase en todos los lados, en todas las sabanas, en todos los armarios como ambientador, en todos nosotros. Todo hay que decirlo, aun están en casa, los armarios llenos, y aun siguen oliendo a Ibercaja de antaño, a Heno de Pravia, más tarde, creo llego el Azur de Puig.

Y los bancos fíjate tu, no daban nada, o solo le daban al que ya tenia... quizás por eso solo recuerdo dos atracos en aquello años, uno al Zaragozano y otro al Hispano, de haber tenido colonia a mano, quizás no les hubiesen entrado, allí, olía a dinero, solo con entrar a esos bancos se veía, su caja acorazada, blindada de película. ¿Quien iba a robar en una caja donde solo tenían jabón?

Pero no hay mal que cien años dure, los regalos se acabaron, y ya si querías algo de colonia, o algún libro, enciclopedia, había que comprarlo, financiarlo... 

Si bien antes, llego la Caja de Ahorros de la Inmaculada al pueblo, habíamos oído hablar de ella, la habíamos visto en Zaragoza, tenían un equipo de baloncesto, eran simpáticos, y  aunque no sabíamos muy bien quienes eran o si eran de fiar, nos daba lo mismo pues igualmente daban regalos en las fechas señaladas, y tener un calendario de la Inmaculada en la cocina de casa, en lugar del eterno y triste de la CAZAR, te daba un prestigio fuera de lo común, así que no tardamos en hacer la de todos, abrir una cuenta, simple y llanamente para llegado el día volver a casa con los regalos de las dos cajas. Las colas eran impresionantes, sobre todo para hacerte con las diez o quince pesetas de lotería que regalaban a cambio de ingresar mil duros como poco. La cosa estaba se nos estaba yendo de las manos a todos.¿Pero por diez pesetas y semejante cola, si toca el gordo, que nos queda?

Y si la CAZAR y la CAI nos hicieron oler y leer bien, en cualquier caso, no ganar dinero, llego también la Caja Rural, para olvidándose de los abuelos y crios fijarse en los pobres agricultores a los cuales, empezaban a vigilarlos con un cariño excesivo,declaraciones de la renta, luego el iva,...la cosa se ponía fea para todos, bueno, no para todos, solo para los de siempre, los que no teníamos dinero y habíamos de conformarnos con oler bien, el año de su llegada, las patatas se cobraban en la Rural, y era “obligado” hacerte una cartilla, pues ingresando allí el dinero, te daban sin mas una bandeja de plata, que paso a presidir el comedor de todos los calamochinos de campo, y allí sigue, brillante y reluciente como el primer día, de modo que años hace ya, que nos tenemos no sea de plata.

Fue en el año 1982, a finales cuando, según siempre dijeron, se acabo lo bueno y empezó lo mejor, cuando, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza Aragón y Rioja, reacciono antes que nadie y nos aviso de los tiempos que entonces llegaban, en realidad se nos vendrían encima, y para ello regalo, "tiro" la casa por la ventana, ni mas ni menos que una edición propia, de La Guerra del Fin del Mundo, de Mario Vargas Llosa, Ed Plaza y Janés. 

Un tocho infernal, en un blanco pálido y en un papel áspero, como la vida misma y el futuro que amanecía. Fíjate tu lo que nos han dado en la caja, habrá que mandarlos a cascala a Luco. Supongo que poco mas o menos serian las palabras que se podrían sentir en cada casa calamcochina al llegar con el regalo, ni colonia, ni jabón, ni perolas, ni si quiera un libro de Rodriguez de la Fuente, con muchos Santos y pocas letras,aquello se acabó, y en su lugar un libro conforme dios manda, de esos que todos colocaban en la libreria del comedor. Seran sinvergüenzas, fíjate lo que dan los de la caja, pues aunque sea por joderlos, para algo que dan, yo iré a por otro con la otra cartilla.



En nuestro caso, con gran criterio el libro fue directamente a parar al granero, a una vieja cómoda donde se apiñaban libros similares, sin fotos, sin nada que ver, ni leer. Y allí, en el granero, el libro vio pasar mondongos, hielos y zarrios hasta nuestros días. Cual condena, allí paso el libro treinta años, toda una perpetua, hasta que un buen día, cortando jamón, me fije en el, y me pregunte, que hacia ahí, como había llegado hasta allí, cierto es que sabia de su existencia y que estaba en su sitio desde hace años, pero poco más, decidido a leerlo me lo traje a casa, y su olor a granero aún permanece. 

Cuando vi que era un regalo de la Caja, no me lo podía creer, no daba "crédito", ... ¿como era posible que la banca regalase un libro así?, ¿lo habían leído ellos antes?, ¿Sabían realmente lo que regalaban?...

Y uno que siente una extraña debilidad por Mario Vargas Llosa comenzó a leerlo. Maldito sector bancario, bien sabían lo que hacían, bien sabían lo que regalaban, pues nuestros abuelos a penas sabían leer, y nuestros padres, aun sabiendo, nunca necesitaron leer, pues lo sabían todo. Así que lo regalaron, para que nosotros, los hijos de quienes todo lo sabían, y nietos de Heno de Pravia, para que décadas después nos lo leyéramos, con la esperanza, vana por otra parte lo uno como lo otro, de leer y poner en practica lo que en el se cuenta. La Revolución.

Por dios, leer para creer, a nuestros abuelos la banca les regalo todo un manual revolucionario, monarquía versus república, prensa tergiversadora y real, intrigas, ejércitos derrotados, guerrillas triunfadoras, curas, predicadores, agitadores profesionales, uniones de conveniencia, país frente autonomía, trueque por dinero, anarquía, caos ...

Dado que la banca nunca ha sido tonta, ni ha dado duros a cuatro pesetas, escribo esto a falta de unas paginas para concluir su lectura. Cuyo fin supongo...

De Los Años de la Cazalla Los Nietos de la Revolución Heno de Pravia


PD Acabada la lectura volveré a Calamocha y leer el Anillo de Lisa de Beatriz Falomir, que compre estos días del Santo Cristo.