Recuerdos de Calamocha

Recuerdos de Calamocha

jueves, 2 de octubre de 2014

El Amigo del Poyo.

Los franceses, y mi Tío Blas estaba entre ellos, eran la parte de la familia que además de perder la guerra, lo había perdido todo, exiliándose a Francia, a la cuna de la libertad, igualdad y fraternidad, a la república de La Marsellesa, himno que tanto y tanto cantaron cuando no sabían francés. Luego tras cruzar los Pirineos, se les fueron las ganas de cantar y finalmente hasta de bailar. Aquel país resulto no ser el paraíso que soñaron. La utopía nunca fue tal ni aquí ni allí. Si acaso, los días de la infancia en Torrijo.

En aquel verano ni Tío Blas, todo él era la revolución, campechano, trabajador, cachondo, mejor persona imposible, caminaba con paso firme hacia los ochenta años, y al llegar de vacaciones a Calamocha dijo “esta navidad, le escribí una misiva con cuatro letras a mi amigo el del Poyo y le dije que una tarde antes de San Roque iría a verlo y charrar un rato, a ver como esta, recordar aquellos años, y despedirnos por si faltamos ya uno u otro, un día de estos”.

A mitad de camino entre Calamocha y el Poyo a donde nos dirigíamos en pleno mes de agosto, una tarde después del guiñote a eso de las cinco, justo antes de las fiestas de San Roque, andando bajo el sol, allá por los primeros años ochenta, por fin me quedo claro, de qué iba toda esa trápala.

Estaba, muy equivocado, mi Tío y yo no íbamos hasta allí con al intención de reorganizar  él, por segunda vez, el III Escuadrón de la XXVI División de Caballería de la extinta Columna Durruti, y terminar así lo que por una u otra cosa, los mayores, dejaron sin acabar en el jaleo del 36, reorganizarla en una calurosa tarde de agosto con el consabido fin de lanzarnos a la conquista y revolución de Aragón, a terminar lo que empezaron en sus años de juventud. Nada más lejos de la realidad.

Y así andando, nos fuimos al Poyo, un par de gorras, una cantimplora y a caminar. En cuanto veía un campo de panizo se metía dentro, mal asunto decía, yo siempre fui más alto que el panizo, será cosa de la tierra, esta es mejor, en Francia no hay mata de panizo a la que no le saque un palmo.

Y seguíamos camino, saludaba a todo el mundo, y no dejaba de asombrarse por todo, el campo era su pasión, de vez en cuando, en realidad a todas horas, daba con alguien que en aquellos años había estado como él en el jaleo,… y ¿dónde estuviste?, y ¿cómo te fue?, que vaya todo bien… ¿eres francés no?, de papeles solo.

Y si después de ir no está su amigo, le decía yo con todo el pesimismo posible dado el calor reinante, no digas tonterías, le dije que iría y me estará esperando. Ni siquiera quiso llamar por teléfono para avisar de que íbamos esa tarde, para él aquello era perder tiempo y dinero, sobre todo dinero, además paseando aunque fuese bajo el sol, siempre aparecía alguien interesante con quien charrar un rato y miles de cosas que ver.

Para mí, lo más asombroso de todo era que todas  y cada una de las personas con las que charraba habían combatido en el Bando Nacional, frente a él que lo hizo en el Bando Republicano, y se hablaban de uno a otro con un cariño inmenso, como si ambos hubiesen luchado por lo mismo.

Quien aquí se quedo a pesar de estar en el bando de los vencedores, también perdió la guerra trataba de explicarme, si bien no hubo de pasar por todas aquellas tragedias, que nos llevo el cruzar a Francia.

Ambas partes, a mis ojos de crio, nunca se reprocharon nada ni menos aún rivalizaron en torno a quien lo había pasado peor, ni si habías hecho esto o dejado de hacer aquello.

Tus abuelos, me decía y todos estos compañeros, no pudieron elegir donde luchar, pero todos pensábamos igual. Quien más perdió, fue quien murió. Pasó lo que paso, y aquello jamás tiene que volver a repetirse.

Sin embargo, íbamos al Poyo a reencontrase con su amigo de la guerra, yo estaba hecho un lio, el contaba lo mismo que contaban nuestros abuelos, y sin embargo a veces veías documentales en la tele donde se oía todo lo contrario, odio, rencor, buenos y malos, tan diferente a lo que oías con ellos… hasta me había comprado meses antes en lo de Agudo, el libro de Gabriel Jackson “La República Española y la Guerra civil”… del cual salvo los números, no entendía nada.

Así que estaba deseando llegar al Poyo para ver y oír la realidad de todo aquello, allí, los dos amigos, pondrían las cosas en su sitio y siendo los dos del mismo bando, todo cambiaría, volvería al discurso que siempre estaba presente en casa cuando los Franceses eran mayoría, “la guerra la perdimos nosotros, y el que gano hizo lo mismo que habríamos hecho nosotros. Lo que le dio la gana”.

Llegando a nuestro destino, me debió ver tan perdido, que de un modo sencillo lo aclaro todo: No hombre, el amigo que vamos a ver, el mejor amigo que hice en la guerra, con quien pase los últimos meses, combatió en el Bando Nacional.
Aquellos años de Jaleo

Y entonces empezamos a oír Blas, Blas,… allí a la entrada del Poyo sentados a la sombra un montón de abuelos y entre ellos su amigo esperándolo. Nos recibieron, lo recibieron, con la mayor de las emociones y el cariño posible. Habían pasado más de cuarenta años.

Y allí, mi Tío recordó como se habían conocido:

A nosotros allá en Barcelona, el jaleo se nos acabo pronto, en el 36 enseguida nos echamos para adelante y fuimos los primeros en venir por aquí, por toda esa parte del Bajo Aragón con la Columna Durruti, hasta Herrera de los Navarros llegue a estar alugn día de aquellos, yo casi me veía entrando a caballo en Torrijo,… pero en cuanto se torció un poco la cosa, ya no hubo nada que hacer, de vuelta a Barcelona, los rojos se adueñaron de todo, mandaban los comunistas, y nosotros nos negamos a entrar a filas y ya no salimos de allí mientras  duro el jaleo. A mi cuñao lo hicieron preso los comunistas y me costó el oro y el moro que lo soltasen del barco aquel en el que lo metieron, y a mí, allí en Barcelona, lejos ya del Frente, no me quedo más remedio que hacer lo que me mandaban, como a todos, así que como en aquellos años estaba fuerte como un toro y media casi los dos metros, me pusieron a recibir y cuidar de los presos que llegaban del Frente, y así fue como nos conocimos.
Cada vez que venía un tren o un camión con presos del bando nacional allí donde yo estaba, el encargado de asomarse a ver el percal que venía era yo, llevando detrás de mí a media docena de tíos como yo, pero bestias de carga por lo que pudiera pasar. El simpático y el que hablaba, siempre era yo. Conmigo nadie pasaba miedo.

El caso es que yo iba siempre de camión en camión o de vagón en vagón, preguntando ¿hay alguien de Teruel?, ¿alguien de Teruel por ahí?. Y yo pensaba, aquí venga a entrar gente y más gente y no voy a dar con ningún paisano.

Había miedo, mucho miedo, luego yo también estuve en el lado contrario, en el de los presos, y la verdad no se sabe cómo acertar, cuando a uno le preguntan, lo mejor callar por si acaso, pero este, que tenéis aquí, no se calló, fue el único que encontré y fíjate que pasarían unos cuantos.

Y entonces dijo, “yo soy del Poyo”, y yo le pregunte, ¿y más arriba del Poyo que esta?, y el dijo “Fuentes Claras”, y ¿luego? “Caminreal”, y ¿después? “Torrijo”,… Y me acerque a él y le dije, pues de allí soy yo, ahora cuando bajéis al patio, me formas a todos los compañeros y te quedas fuera de la formación.

Había que andarse con ojo, si no buen pelo nos hubiera corrido a él y a mí, si hubieran notado algo, buena estaba la cosa ya, pero para eso estábamos los amigos del pueblo, así que en cuanto podía le llevaba algún chusco o si me enteraba de cualquier cosa, se la hacía llegar.

Oye, pedirán voluntarios para esto o para lo otro, procura que no te cojan que os llevaran a picar, oye, pedirán gente, tu allí el primero, que os llevaran a vendimiar y podrás comer todo lo que quieras, oye, esto, lo otro, toma ropa de abrigo, unas botas, un chusco, unas nueces, almendras… y un cigarro cuando se podía.

La cosa ya se veía que iba a acabar como acabo, pero allí estábamos el uno y el otro  aguantando, hasta el final casi, cuando ya nos despedimos: Oye de madrugada pedirán gente y os harán recoger todo con la excusa de llevaros a otro puesto, tu deja que salgan cuatro o cinco y sales también, con un poco de suerte os cruzaran al otro lado, os van a cambiar por presos de los nuestros, y en nada esto se acaba y vuelves a casa, acuérdate de pasar por Calamocha a ver a mi hermana o si subes a Torrijo a mis padres y mi otra hermana, diles que estamos bien, pero que no nos esperen, que de la familia no falta nadie, y hacemos cuenta de marchar a Francia, mi hermana y yo.

Aquella tarde el tiempo entre recuerdos se me paso volando, no tengas prisa, cuando nos echen de menos ya vendrán a buscarnos, era ya de noche, habíamos dado cuenta de jamón y conserva y la conversación continuo hasta que oímos a mi padre pitar con el coche en la calle. Y una vez más obligados por las circunstancias se despidieron. Yo no tenía prisa alguna, de hecho aún estaría allí escuchando.

Por su parte, el amigo del Poyo, conto como llego hasta allí, como fue hecho prisionero, a paso agigantados uno dejaba de creer en todas y cada una de la películas de guerra que había visto, los sábados por la tarde, tiros, heroísmo, buenos y malos… Teníamos preparada una emboscada a los rojos, y estábamos apostados a dos alturas en una ladera, nosotros abajo listos para asaltar los camiones y los compañeros de arriba preparados para empezar a disparar y cubrimos, … y a lo que nos dimos cuenta, el comboy se nos vino encima, nos habían dicho que eran cuatro gatos y resulto ser medio ejercito republicano, mirases anden mirases, una barbaridad de camiones y soldados, eran muchos más que nosotros, tiramos la vista para arriba y los que nos debían cubrir, cogieron y se joparon, ellos que podían, hicieron bien, pero nosotros, si tirábamos para arriba malo, nos verían y nos matarían, y si tirábamos para abajo peor, así que agarro el que nos mandaba que era de los nuestros y dijo, ¿qué hacemos aquí?, pegamos cuatro tiros y nos llevamos a otros tantos por delante, antes de que nos maten a todos, o salimos con los brazos en alto y que sea lo que dios quiera, si nos dan matarile mala suerte y si no, pues lo que venga, si pudiéramos irnos como los de arriba nos iríamos, pero no podemos. 

Así que nada, sacamos un trapo blanco, de ande pudimos y salimos con las manos en alto y la guerra para nosotros se acabó. Ojala lo hubiésemos hecho el primer día. Tuvimos suerte, y yo mas de dar con tu.

Los Años de la Cazalla. Compañeros de Guerra

5 comentarios:

Jesús Blasco Lopez dijo...

Precioso relato del que destaco la siguiente frase "...y se hablaban de uno a otro con un cariño inmenso, como si ambos hubiesen luchado por lo mismo."
Efectivamente luchaban por lo mismo, por España, pero con visiones diferentes.
Y todos perdieron/perdimos.

JESUS dijo...

Supongo que como tantos otros, permanecía el recuerdo “olvidado”, en algún rincón de la memoria, hasta que el abuelo dijo al nieto “ y si te parece mal agarras el montante y te vas andado al Poyo”,… “¿Andando?” contesto, extrañado… “Si andando como se ha ido siempre”, le dijo el abuelo, y entonces recordé que hasta yo había ido una vez andando al Poyo… ¡Y qué vez!

Gracias y Recuerdos

Pedro López dijo...

Bonita historia , ay que ver que cosas empatizar en plena guerra

JESUS dijo...

Lo que "ay" que ver y veremos.

Mismo caso que el nuestro, no quiero ni pensar cuando nos ven juntos por la calle, el que diran, ... Pero este como puede ser amigo de este, ...

Recuerdos a la Colla del Grao

Pedro López dijo...

gracias por lo de amigo jajajaja