miércoles, 16 de noviembre de 2011

La Buena Educación.

Dedicado a Sole. 
Muchas gracias por todo.

Hace un montón de años, por estas mismas fechas, una buena mañana, todo se torció, por contarlo de alguna manera, nada del otro mundo ocurrió. El vespino rojo de Don Ángel, el médico, rompió el silencio del barrio, y concluyo lo inevitable, nos teníamos que marchar a Teruel, “aprisa y corriendo”. 

En casa llamaron al taxi de Pascual el Figura, mi padre ya se había marchado a trabajar y fue él quien nos subió al Residencia, en aquel 132 de color claro, el viaje se me hizo eterno, aún recuerdo que costó 700 pesetas, creo, y como la urgencia estaba justificada, se podía reclamar el importe. El bueno de Pascual ejerció de padre y prácticamente me dejo en la puerta del quirófano, yo diría, que hasta fue el quien empujo la camilla, y su gorra lo último que vi… “Bueno, os dejo, hoy dormiréis aquí, voy a dar una vuelta, alguien habrá para bajar. Que vaya todo bien”.

La cosa se fue alargando, léase complicando y entre unas cosas y otras se no fue un mes en pleno curso escolar, una culecada larga, en aquellas habitaciones enormes, compartidas, de ocho o diez camas, de niños y adultos,… durmiendo nuestras madres junto a nosotros en destartaladas sillas de cocina. 

Una mañana, una de las madres, derrotada tras días y días al pie de la cama de su hija, operación tras operación, se recostó rendida en la cama de al lado que estaba libre, durmió unos minutos, hubo que despertarla y dejar la cama tal y como estaba, no se podían tocar, pero no basto, cuando llego el grupo de mujeres que hacían la limpieza, una de ellas, la más joven, vio algo que nuestras madres no vieron al despertarla y estirar las sabanas y mantas y  se cebo con la pobre mujer quien agotada se había quedado dormida a caballo entre al cama y la silla.

Paso de preguntar quien había dormido allí, al insulto y la amenaza, armando un follón descomunal de los que nunca vienen a cuento, sus veteranas compañeras se limitaban hacer el trabajo pero ella seguía en sus trece, la madre empezó a llorar y en eso la Señora Orbea, una mujer del norte que estaba al pie de la cama de su sobrino y que ni siquiera había pasado allí la noche, dijo, sin levantarse, ni apartar la vista de la revista que leía,  “he sido yo”, pero no le creyó y siguió a lo suyo, luego fue mi madre la que hablo, luego la señora de Albarracin…Nada basto. 

Finalmente la Señorita Polanco al dejar la habitación aviso, bajaba a comentar lo ocurrido con dirección, por ser una falta grave, muy grave, advertía, aquello no era un hotel y allí abajo no se andaban con tonterías, subirían a pedir explicaciones … Nos metió un miedo terrible a todos y un escalofrio recorrio la habitación, pero fue la Señora Orbea quien dijo la última palabra, “señorita, haga lo que deba, más tenga en cuenta una sola cosa, mañana no será usted la que venga arreglar la habitación, no hasta que le entre la educación” Y así fue. 

Jesús el Gigante del Poyo nos llevaba a toda la chiquillería al comedor y se aseguraba de que no dejásemos nada en el plato…  Eran otros tiempos, buenos ya lo creo, desayunábamos café con leche, y podíamos repetir. Tebeos, juegos, cartas y charrar, no se podía hacer otra cosa, … salvo ir de vez en cuando a visitar a la gente de Calamocha que había por allí, como aquel hombre del Salobral, cuyo nombre ya no recuerdo, que me sonreía y contaba historias reclinado en la cama, … “ya veras, cuando salgamos de aquí”.

En el colmo de nuestras desdichas, el día que me daban el alta, cayó la primera nevada de aquel invierno, tantos días después, ya no me quedaban lagrimas,… todo era mirar por la ventana, y ver la nieve. Finalmente, el sábado al medio día pudimos regresar.



Conto mi abuela, como la casa había sido un continuo trajín, un ir y venir de gente preguntando por mí, como aquel que dice, todo el pueblo había pasado por allí a lo largo del último mes, bueno casi todo, porque mi abuela echo en falta a unos pocos.

“Si por mi fuera, no volvías a la escuela, fíjate lo que te digo, te quieres creer maña, que viviendo puerta con puerta en el mismo Barrio, los maestros no han venido a preguntar por él, ha estado un mes sin ir a clase y no han tenido tiempo de entrar a preguntar qué pasaba o cómo estaba, han pasado por la puerta de casa y me han vuelto la cara, desustanciaos mal nacidos, que se creerán que son, ya vendrán a pedir favores, ya,  que les daré con la puerta en las narices, y una patada en los cojones, se ha terminao lo que se daba, cuando haya acelgas y no nos las podamos comer, se las echare a las gallinas, y a los tocinos o las llevare al Cuartel, pues hasta los civiles cuando han pasao por la puerta y me han visto han preguntao por ti, hasta el mala sombra de la cara del revés, ese que no le da ni los buenos días a su madre, paro el coche y pregunto, y el andaluz ese tan guapo, ese moceton de las gafas que lleva cuatro días por aquí, pregunto…. Pero de los maestros, de los que te dan la letra este año, ninguno ha preguntado… luego dicen que en los tiempos que corren ahora todo es un libertinaje y se les esta perdiendo el respeto de antaño… que respeto les vas a tener,  ninguno, que se jodan y se lo ganen… Bueno, Doña Julia si que ha preguntado por ti, y Doña Conchita, pero esas no cuentan por que son del Barrio, como la Gitana y Doña Pilar y la Pura ya sabes que están a todas horas aquí metidas, … pero de los demás, ni uno, salvo la Jipi, que va a resultar que es la única que sabe estar, la unica que tiene educación, aun siendo la más joven”.

Aún tarde una semana en volver a la escuela, como queriendo darles otra oportunidad cristiana, pero no, aquellos que mi abuela, aún sin saber escribir,  había puesto en la lista negra, no pasaron. Regrese por fin a clase y lo dicho por ella se hacía patente, … ninguno pregunto, tan solo se acerco el tutor, precisamente con el que más dolido se mostraba, para decirme lo que no quería oír, al día siguiente, uno tras otros haría todos los exámenes de la primera evaluación para ponerme al día, pues había tenido tiempo más que suficiente para haber estudiado. Lo recuerdo como uno de los momentos más crueles del paso por las aulas, pensaba volver a casa con los deberes y apuntes retrasados y volvi con los examenes. Para mi fue algo terrible. Lo días posteriores no lo fueron menos,… las notas tardaron en llegar un par de semanas, justo al marchar de vacaciones de Navidad, y yo que jamás había suspendido nada, temía volver a casa con todas las asignaturas cateadas, irremediablemente camino de repetir curso en aquello que los maestros de antaño devenidos repentinamente en “progres”, presumiendo de haber corrido delante de los “grises”, daban en llamar “evaluación continua”. Costaba creerles en todo.  

En el colmo de la indecencia, aun debí de darles las gracias, pues me fui de vacaciones con todo aprobado, con un puñado de suficientes, los primeros que “sacaba”… lo mismo en religión o dibujo que en matemáticas o historia. Me tomaron el pelo, no sabía que me dolía más, si lo que contaba mi abuela, o la gran mentira de no haber suspendido nada, y tener tan solo un suficiente en dibujo, o no haber hecho el examen de religión… los tiempos estaban cambiando.

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